El otorrino me dio cita para el martes por la tarde, o sea, para ayer. Como había estado lloviendo todo el día, intenté ser previsor y me puse unas botas que me permitieran atravesar la ciudad a pie enjuto, que se decía antes. Pero no caí en la cuenta de que las suelas de cuero y las aceras mojadas no son una buena combinación. Mientras iba danzando sobre la lluvia Rambla arriba, pensaba que si me caía y me rompía algo y me ingresaban en un hospital seguro, seguro que ampliaría mis relaciones sociales. Nada une más que un compañero de dolor en una habitación anónima de un hospital público. Tengo alguna experiencia interesante al respecto que quizás un día más insensato que este me atreva a confesar.
No me caí, pero tuve la fortuna de encontrarme con una antigua conocida, que se empeñó en relatarme de manera minuciosa su experiencia en los hospitales de no sé qué país centroafricano, porque se había roto la cadera mientras colaboraba con una ONG.
En la consulta las cosas fueron de maravilla. En la sala de espera había un matrimonio de Vic con muchas ganas de hablar y el otorrino tuvo la amabilidad de recordarme que lo mío no tiene cura, que no me haga ilusiones y que vaya haciéndome a la idea de que los acúfenos y la laberintitis, muy probablemente, irán a más. ¿Puede haber mayor prueba de amistad que una sinceridad descarnada?
Después de vuelta a casa me encontré por casualidad con Pep Bernades, el alma, corazón y vida de Altaïr, que apenas puede andar. Como camina despacio nos dio tiempo para hablar de los viajes que ya no haremos. Por ejemplo no es nada probable que pueda recorrer el camino de Juan Mosco y de su discípulo Sofronio por los antiguos dominios de Bizancio. Como consuelo, Pep me regaló un libro de un inglés que ya ha realizado mi sueño: William Dalrymple, “Desde el Monte Santo. Viaje a la sombra de Bizancio”.
Y esta mañana ha tocado psiquiatra. No tiene sala de espera, que soy su único paciente. Vive en piso minúsculo de la parte vieja de Barcelona, rodeado de documentos de su pasado, porque padece un singular “Síndrome de Diógenes” biográfico. Lo acumula todo, lo guarda todo, lo conserva todo; pero sin clasificar nada. Así que uno tiene que ir abriéndose paso por el pasillo y el cuarto de estar entre montones de papeles inestables que al menor roce se vienen al suelo. Me ha invitado a un café y me ha estado contando su vida con tantas ganas que no me ha parecido bien interrumpirlo para hablarle de la mía.
Mientras cogía el tren para volver a casa he sentido un ligero ataque de impotencia: “¡Lástima que no me haya visto