miércoles, 19 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Se ha generado un bonito debate sobre el fin del mundo esta mañana en la carnicería. Todo ha comenzado cuando una clienta ha dicho que hasta pasado el fin de mundo, no se pensaba gastar un euro para navidad. El comentario ha sido muy ben recibido por los que estábamos allí. Alguien ha añadido que sería bien triste que nos pillara el fin del mundo con el frigorífico lleno, tras lo cual hemos pasado a considerar cuál sería la hora más conveniente para el postrer evento de la humanidad. Ha habido unanimidad en que la mejor sería la primera de la mañana, antes de ir al trabajo, porque maldita la gracia que se te caiga el cielo encima al acabar la jornada laboral A partir de aquí se han creado dos grupos. El de mi derecha ha desmenuzado los inconvenientes del final de la historia humana. Lo peor de lo peor del fin del mundo, ha dicho una mujer, es que no se salve ni un hijo y otra ha añadido con vehemencia que, si de su familia tiene que salvarse alguien, que sea su hijo, antes que su marido, claro está, porque no es que su marido le haya salido mal, pero un hijo es un hijo. Al pasar a atender al grupo de mi izquierda, me he costado entender que ya no estaba interesado en el fin del mundo, sino en  una vecina que, por lo visto, se ha quedó sentada de repente, sin moverse y sin hablar con nadie. "Ahora está mejor -ha dicho una mujer que parecía ser pariente de la enferma- pero se ha puesto de gorda...". Otra ha puntualizado que eso de las depresiones es lo peor, "porque una no puede tirar de su alma". Me he quedado con esta frase, claro.  

Me voy a Jaén