jueves, 18 de octubre de 2012

Sylvia y nosotros, que la quisimos tanto


Recordaba yo el domingo pasado en el ARA a Emmanuelle y va y hoy se nos muere Sylvia Kristel. Descanse en paz. Me imagino que hay que tener de cincuenta años para arriba para entender lo que supuso para nosotros esta mujer.

En los tiempos de Emmanuelle yo compartía un piso minúsculo -tan minúsculo que no tendría ni veinte metros cuadrados- con un sevillano, Antonio Maartín, que era militante de CCOO y del PSUC. Pero no era un militante cualquiera, sino un activista de primera línea. Estaba en todos los fregados del momento y vivía su actividad política con una emoción intensamente heroica. Andaba liado con la mujer del secretario de su célula comunista. Más de una tarde al llegar al piso me encontraba con la señal que indicaba que tenía que dar unas cuantas vueltas, Rambla arriba, Rambla abajo, antes de poder entrar. Antonio y el marido de su amante eran amigos. Lo cual no evitaba que le pusiera frecuentemente los cuernos. Esta extraña relación duró varios meses. Un día, al llegar a casa me encontré a los dos sentados, uno frente al otro, en las dos únicas sillas que teníamos. Los dos estaban llorando. La mujer -amante había abandonado a los dos. La razón era sencilla: había ido a ver Emmanuelle con una amiga y a la salida había decidido que quería ser libre como la protagonista de aquella película, porque tener un marido y un amante era la perfecta expresión de un comportamiento hipócrita pequeño-burgués y ella no quería ser una pequeñoburguesa, sino una mujer revolucionaria y vivir su sexualidad a plena luz. A su marido se lo contó todo cara a cara y a Antonio lo llamó por teléfono para decirle lo que había pasado. El marido tenía, por supuesto, reparos que hacerle al amigo, pero más que los reparos pesaba el dolor del abandono, que era el dolor que los mantenía a los dos llorando.

Los dos hombres se hicieron inseparables. Al poco tiempo a Antonio lo despidieron de la empresa en que trabajaba, por rojo, y como yo no tenía un céntimo, tuvimos que separarnos porque no podíamos pagar ni la mensualidad de aquel cuchitril que compartíamos. Nos volvimos a ver un año después. Yo ya vivía en Ocata y vinieron a casa los dos amigos. Recuerdo vividamente la visita porque puse en el tocadiscos el Adagio de Albinoni para recibirlos, pensando hacer una broma, y ellos, que no lo habían oído antes, se quedaron escuchando aquella música entusiasmados. "¿Sabes por qué soy comunista?", le preguntó el uno al otro, "¡Pues para que el pueblo pueda disfrutar de esta música!". Otros tiempos, otros ámbitos...

Después Antonio se casó con Juana, se fueron a vivir a Triana y ya no lo volví  a ver. Quizás hoy al enterarse de la muerte de Sylvia Kristel se haya acordado de mi.

9 comentarios:

  1. Cuantos recuerdos, ahora le dedicaré una entrada 'también'.

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  2. Con cuarenta también lo entendemos, don Gregorio. Piense que si usted la vio en el cine, nosotros pudimos verla, siendo adolescentes y quizás a hurtadillas de los padres, en la tele con los dos rombos y el volumen del televisor al mínimo.
    ¡Ah, esos primeros años ochenta españoles! Esa tele en plena pubertad intentando quitarse complejos, tan moderna ella con sus conciertos de punk, rock urbano o incluso británico, sus entrevistas a intelectuales rojos, a músicos "modernos", a maricas de terciopelo y a artistas yonkis. Y por supuesto también con sus películas prohibidas, emitidas todas bajo la mirada inquisidora de los dos rombos, tales que "El último tango en París", "El imperio de los sentidos", "Portero de noche", "Historia de O" y por supuesto "Emmanuelle".

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    1. Acompañémonos, pues, mútuamente en el sentimiento.

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    2. ¿De verdad que llegaron a existir los 80?

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    3. Mire si llegaron a existir que se han extendido como una mancha de aceite hasta nuestros días: Mark Knopfler viene de gira.
      Aunque, bien pensado, no deberíamos ser tan crueles: ni que sea por los Madness, los Smiths, Indiana Jones, Kim Bassinger y porque en esa década tomamos Manhattan.

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    4. Melancolía de lluvia tras los cristales...

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  3. Qué post más entrañable!!... y qué mayores nos hemos hecho...en 4 días. Gracias por traernos el recuerdo

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  4. No, si ya es verdad que a veces son mejores los cuentos reales que los inventados. Una narración perfecta. Y con el Adagio de Albinoni de fondo, mare meva! No sé cómo no se echaron a llorar otra vez.
    Una pena la muerte de Kristel tan joven (porque lo era, carai).

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