lunes, 30 de septiembre de 2019

El hombre fragmentado

Me he ido alejando de la televisión. Cada vez me interesa menos lo que veo y no creo que sea tanto un problema de los programadores como mío, que todo me suena a visto y revisto. Me pasa casi lo mismo con el cine. Y con buena parte de las novelas que empiezo y que no consigo acabar (hago una excepción notable con las recomendaciones de mi amiga B., que siempre son certeras). Cada vez leo menos libros nuevos y más libros viejos, porque encuentro en ellos posibilidades de pensamiento que han quedado sin desarrollar en el ogulloso presente. Cada vez me interesa más la historia, especialmente tal como la cuentan sus protagonistas porque todos sabemos que es inevitablemente parcial y, por eso mismo, es más honesta. 

Cada vez tengo más ideas para desarrollar, más libros en proyecto. Así que he de ordenarlos bien en fila. Sin embargo, los proyectos son caprichosos y se mueven por la fila un poco a su antojo, de manera que siempre acabo escribiendo el que no era el primero. Y eso está bien.

Cada vez creo comprender mejor a Kant, hoy tan denigrado. Me parece que a él no le importaba tanto encontrar un imperativo moral categórico como responder a la pregunta de cómo ser moral de forma no fragmentaria. El imperativo categórico es la respuesta que encuentra a esta pregunta. A su parecer, sólo el deber puede mantenernos unidos a nosotros mismos. Su pregunta es la mía, su respuesta, si hago caso a mis actos, no. Pero pudiera ser que eso que llamamos prudencia sea el intento de ser moral fragmentariamente sin por ello sentir mucha vergüenza.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Deseo que lo paséis mal

Encuentro en el más que interesante libro que ha escrito Jonathan Haidt con Greg Lukianoff, La transformación de la mente moderna (título de claras resonancias bloomianas), un fragmento del discurso que en junio de 2017, John Roberts, presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos, pronunció en la ceremonia de graduación de la escuela de secundaria de su hijo. Lo traigo hasta aquí porque es un magnífico ejemplo de resistencia contra el papanatismo de cierta educación emocional:

“Espero que, de vez en cuando, en los próximos años, os traten injustamente, para que así lleguéis a conocer el valor de la justicia. Espero que sufráis la traición, porque eso os enseñará la importancia de la lealtad. Lamento decirlo, pero espero que os sintáis solos de vez en cuando, para que no deis por seguros a vuestros amigos. De nuevo, os deseo mala suerte de vez en cuando, porque así seréis conscientes del papel que desempeña el azar en la vida y que el fracaso de los demás tampoco es completamente merecido. Y cuando perdáis, como os ocurrirá en algunas ocasiones, que de tanto en tanto vuestro adversario se regodee en vuestro fracaso. Es una forma de que entendáis la importancia de la deportividad. Espero que os ignoren, para que sepáis qué importante es escuchar a los demás, y espero que sufráis el suficiente dolor para aprender a ser compasivos. Desee o no estas cosas, van a ocurrir. Y que saquéis provecho de ellas dependerá de vuestra capacidad de ver un mensaje en vuestras desgracias.”

sábado, 28 de septiembre de 2019

El círculo

Suelen comenzar las reuniones hablando de nuestras cosas: qué hemos hecho, con quién, por dónde… Es una introducción frívola a lo serio. Porque, así como la justicia puede ser el fruto de la injusticia, lo serio puede surgir de lo frívolo. Llevamos tiempo reuniéndonos y ha ido cuajando la amistad que nos permite alegrarnos sinceramente de las alegrías de los demás. Ayer faltaba uno que excusó su ausencia y otro que anda estos días contemplando desde la orilla china del río Yalu el paisaje, geográfico y humano, de Corea del Norte.

Tras los prolegómenos, nos ponemos serios y vamos al tajo. Ayer nos esperaba la Res publica de Cicerón tal como es leída por Leo Strauss.

A veces se oyen decir cosas un poco lastimosas sobre la filosofía: que es una intensidad, que lo importante para ella son las preguntas, que es un pensamiento de segundo grado…

Marx, con el humor corrosivo que lo caracteriza, aseguraba que entre la filosofía y el estudio del mundo real media la misma relación que entre la masturbación y el amor sexual.

Kierkegaard, con el humor melancólico del pato domesticado que ve volar en primavera a los patos salvajes, defiende que lo que los filósofos dicen de la realidad es a menudo tan decepcionante como el cartel que puso en su tienda un mercader: "Aquí se plancha". El que llevaba su ropa a planchar, se llevaba un chasco: el cartel estaba en venta.

Y Oscar Wilde, con su humor lapidario, entre cínico y resentido, dejó escrito que la filosofía nos enseña a soportar con ecuanimidad las desgracias ajenas.

Pero nosotros, rodeados de los pinos y encinas de Collserola y, de vez en cuando, del gruñido de algún jabalí, sabemos que la filosofía es otra cosa o, al menos, que es, sobre todo, otra cosa: es la conquista de una perspectiva sobre el mundo en la que Platón, Aristóteles, Jenofonte, Cicerón, Lucrecio, Maquiavelo, Nietzsche… encajan: es la sensación de poder del teórico que ningún hombre práctico comprenderá nunca cuando lo ve tropezar y dar de narices contra el suelo por andar mirando las estrellas. Es lo que decía Pierre Bayle:
 "Podría compararse a la filosofía con unos polvos tan corrosivos que, tras haber consumido las carnes purulentas de una llaga, roerían la carne viva y corroerían los huesos, horadándolos hasta los tuétanos. La filosofía refuta, de entrada, los errores, mas, si no se la detiene en ese punto, ataca las verdades, y, cuando se la deja campar a sus aires, llega tan lejos que uno no sabe ya hasta dónde ha llegado, ni sabe ya cómo detenerse".

En realidad, nosotros sí sabemos cómo detenernos. Nos detiene el anfitrión cuando se levanta, se retira a la cocina y aparece poco después con una bandeja de escones, una tetera a rebosar, mermelada y crema. Así, mientras el atardecer se desploma sobre Collserola, nosotros volvemos a hablar, con la boca poblada de sabores caligráficos, del mundo en que vivimos, que es el mundo en el que pensamos más el mundo en el que aprietan los zapatos.

jueves, 26 de septiembre de 2019

La mortaja de sol

Durante unos meses tuve estos versos de Miguel Torga clavados en la pared, delante de mi mesa de trabajo:
Esperanza.
Quiero que seas
la última palabra
de mi boca.
La mortaja de sol
que me cubra y resuma.
Como en la despedida sólo hay bruma
en el entendimiento
y hasta el aliento traiciona a la voluntad,
grito ahora tu nombre a los cuatro vientos.
Te juro, mientras puedo, lealtad
por toda la vida y en todos los momentos
Ya no están en la pared. Ahora los guardo en mi memoria.

Mi memoria... ¡Si fuera mía…! ¡Si fuera, de verdad, su propietario…! ¡Otro gallo me cantaría! Pero a la memoria, como a la inteligencia y a la salud, se la tiene de inquilina y hay que tratarla bien, para que no se canse de nosotros.

He llegado hace un par de horas de Valladolid. Me gusta Castilla y me gusta la gente de Castilla. Me parece generosa y afable y aún utiliza como la cosa más normal expresiones como "al filo de la medianoche". Cené, de entrada, sopas de ajo. Y, después, todo fue exceso.

Castilla es ese mesón en el que uno siempre encuentra lo que lleva consigo. De ahí la importancia de llegar con el firme propósito de dejar puertas abiertas al partir.

Hablé, entre otras cosas, de la escuela de Villablino, quizás la primera experiencia de renovación pedagógica que se hizo en España. Pero me sorprendió que no la conocieran los profesores que me escuchaban. Por la noche, en los estudios de la televisión de Castilla y León, Lucía Rodil, subdiretora de informativos, me dijo que buscaría documentación para dedicarle un reportaje o un documental.
 
Me temo que nada nuestro es del todo nuestro (salvo, quizás, la mala conciencia), pero la esperanza es de lo más nuestro.

Esta mañana he salido temprano del hotel para dar un paseo por las calles de Valladolid. El sol iluminaba en diagonal las fachadas de poniente arrancándole luces destelleantes al ladrillo y sombras compactas a los balcones, y al fondo, la torre de alguna iglesia se fundía en el contraluz. He respirado, goloso, el aire fresco de la mañana y con eso ha sido suficiente.
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martes, 24 de septiembre de 2019

Paseo con Bruno

Largo paseo con Bruno, 9 años. La tarde era cálida, de cielos de un azul ligeramente enharinado, casi -sólo casi- bochornosa. Ya que nos habíamos quedado los dos en casa, he pensado que lo mejor sería ir a dar una vuelta. Le ha apetecido ir al cementerio y he creído que era una decisión magnífica. Hemos recorrido, cogidos de la mano, las calles flanqueadas de nichos y tumbas modernistas del cementerio del pueblo mientras él me iba comentando todo lo que le pasaba por la cabeza a un ritmo de música de feria. ¡Y válgame Dios, cuánto ha sido! Estaba especialmente dicharachero, extrovertido y se lo veía alegre y confiado, como si estuviera convencido de que el mundo es un lugar que sólo nos puede deparar sorpresas agradables. 

Cada vez que saltaba de un tema a otro comenzaba por un "¡Yayo...!" No sé cuántos yayos habré oído, pero difícilmente habrán bajado de los quinientos. Un auténtico bombardeo de escenas desordenadas de su vida. Me ha hablado de las películas que le gustan y de las que no; de los amigos del cole y de las cosas que hacen algunos más valientes que él-"más temerarios", le he puntualizado yo. De cómo los miedos acaban haciéndote ver sombras extrañas cuando te levantas por la noche. De lo que le gusta comer y de que teniendo un purificador de agua en casa se ahora mucho dinero; de su padre, de su madre... me ha explicado con detalle por qué todos los seres vivos somos hermanos y cómo la primera célula llegó a la tierra en un meteorito, de la vida de las tortugas, de que ya no sé lo que te iba da decir, de por qué me gusta enfadar a mi primo... que no le puede mentir a su madre... 

Y yo iba feliz, a su lado, aunque me resultaba imposible seguir el ritmo frenético de sus imágenes. Mi velocidad mental no da para tanto.
 
Uno quisiera preservar a los suyos de todo mal, hacerles de parachoques, de escudo, de blindaje existencial... de trinchera, si hace falta. Pero sólo ellos estan en la primera línea de sus vidas.

Uno querría detener el tiempo o, en todo caso, volver a vivir lo vivido; uno querría... empapada el alma de palabras bajo esta borrasca de comentarios, voy dejando un rastro de bienestar por donde paso. 

Pero al volver a casa me entero de que otro amigo ha muerto y de que, al final, parece que Franco acabará donde él quería, en El Pardo.


lunes, 23 de septiembre de 2019

La retirada

Comienzo a comprender a aquellos ancianos de mi pueblo que se llevaban las manos a la cabeza al ver que la juventud estaba poniendo todo su mundo patas arriba. 
 
Comienzo a comprenderlos porque comienzo a sentirme... aún esporádicamente, es cierto, identificado con ellos.
 
Si en los sistemas naturales los animales que estorban son expulsados del ecosistema con violencia, en los sistemas culturales el viejo es viejo cuando no espera a ser expulsado para comenzar a irse. Poco a poco se le va retirando aquella admiración con que contemplaba el mundo, ya que cada vez se le antoja más incomprensible. No cabe en las nuevas costuras. Así que se se refugia en el cuartel de. invierno de sus recuerdos, donde se ha refugiado también la lógica ausente del mundo circundante. Se siente, en cierta forma, más próximo a los muertos que a los vivos, porque a aquéllos los comprende más.

Los jóvenes hacen lo que tienen que hacer, vivir su vida, porque además de ser hijos de sus padres, son hijos de su tiempo y su tiempo es suyo. Los ha acogido y les proporciona el sentido que necesitan para vivir acomodados entre las cosas. Entre sus cosas.

El viejo, mientras se retira, mira de reojo al niño que va de la mano del joven y no pude dejar de sentir una cierta solidaridad con los jóvenes a los que no comprende.

Es el retorno de lo mismo.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Las paloma muerta

Hemos roto la sagrada rutina dominguera para dar una vuelta a medio día por el Born y el Pla de Palau. Sí, Barcelona está muy bien, pero demasiada gente yendo de aquí para allá como ovejas descarriadas. En mi plaza de Ocata tengo mi mesa, mi café -exquisito- con un trocito de coca, mis libros y mis viejos conocidos de las mesas adyacentes. Hasta las palomas nos están tomando confianza. Ahora se suben a las mesas y no hay manera de asustarlas. Al menor descuido, te quedas sin coca.

El otro día mi nieto G., de 5 años, vio morir una paloma. Estaba inmóvil en una rama y de repente cayó al suelo sin vida. Entre varios niños le hicieron un digno funeral. 

Cuando eres joven ves la rutina como una condena. Necesitas hacer lo diferente simplemente para no hacer lo mismo. Con la edad vas cobrando gusto a la repetición, esa cosa sacramental de los trabajos y los días. La previsibilidad, precisamente porque la sabes inevitablemente provisional, te parece un milagro y que el mismo camarero te sirva en la misma mesa, con los mismos gestos, el mismo café con leche, algo fantástico, extraordinario, homérico. Una gesta de la existencia remontando a contracorriente el tiempo.

Uno vive -entre otras cosas- para ganarse el derecho de tener rutinas y creerse propietario definitivo de una ramita en el gran árbol de la vida.

La escuela que enseña

Artículo publicado en el diario ARA: Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba la escuela a la que me hubiera gustado ir. La pregunta es pe...