¿Ha llegado el tiempo en que cada uno tendrá que decidir, a la sombra de la IA, si quiere seguir siendo humano?
No voy a entrar a considerar qué significa ser humano, pero sí quiero realzar que sin la palabra, no somos humanos. No hay rasgo más deshumanizador que la pobreza lingüística.
Al poner énfasis en la palabra estoy pensando en sus dimensiones: hablar, leer, escribir y pensar.
Nadie duda de la importancia de saber hablar con precisión, lo que significa disponer de alternativas a la hora de decir algo. Wittgenstein sostenía, con razón, que la extensión de mi lenguaje es la extensión de mi mundo. Un vocabulario pobre es expresión de un mundo disminuido. Pero si hablar bien es saber elegir entre diferentes alternativas expresivas (o mundos posibles), entonces (seguimos con Wittgenstein), el significado de una palabra es, ni más ni menos, la extensión de su uso. Mi competencia lingüística es la del perímetro de mi mundo. La principal tarea de la escuela es la ampliación de este perímetro para permitir al alumno moverse con normalidad en diferentes contextos, por lo cual todo profesor es profesor de lengua. No existe palabra de su disciplina que no pueda servir para expandir el mundo del alumno. La alfabetización disciplinar forma parte de la labor de cualquier profesor. Es muy deprimente escuchar a algunos profesores que todo está en internet.
El vocabulario de un niño nos indica la extensión de su mundo y, como sabemos, no hay factor en el aprendizaje que sea más relevante que el de los conocimientos previos. Son como los ganchillos de nylon de una tira de velcro. Lo que hay que aprender es como los filamentos de nylon de la otra tira. No cuesta mucho entender que cuantos más ganchitos se tengan, más fácil y duradero será el aprendizaje nuevo. No hay, pues, ninguna palabra inútil en la escuela.
Podríamos seguir hablando de la importancia de las canciones infantiles, de los maestros que son buenos narradores, del uso cotidiano de los diferentes tiempos verbales para poder afinar los matices del tiempo y de lo posible, de la necesidad de controlar la impaciencia de la opinión, de cómo el diálogo es un medio insustituible para clarificar nuestras diferencias, algo que, a mi modo de ver, es más importante que ponernos de acuerdo. Todo es importante porque la mejora de la competencia lingüística ralentiza su crecimiento con la edad.
La comprensión de un texto sólo es posible si sabemos situarlo en su contexto (poniéndolo como la forma sobre el fondo de los conocimientos previos relativos al tema de ese texto). Cuanto mayor sea el vocabulario, más fácil será encontrar el contexto adecuado para un texto.
No podemos pasar de largo de la prosodia (la entonación, los silencios retóricos, los énfasis...) que se experimenta con una buena lectura en voz alta.
Es triste comprobar que la literatura infantil ha ido reduciendo la extensión de las frases, quizás por la misma razón que en las pruebas de PISA cuanto más largo sesun enunciado, más difícil resulta la resolución de un problema.
En cuanto a la escritura, cabe insistir en que no se trata sólo de un medio de transmisión de ideas. Es sobre todo una forma de tenerlas y, sobre todo, de conseguir que estas ideas sean, cartesianamente, claras y distintas. Decía Flaubert que el arte de escribir es el arte de descubrir lo que crees.
Aprender a escribir bien es una tarea titánica (quizás no hay otra más difícil en la escuela), que comienza con el aprendizaje de las técnicas de expansión de la frase con las herramientas de las conjunciones (“porque”, “pero”, “aunque”, “sin embargo”, “en consecuencia”, etc.). Es interesante resaltar que los alumnos que tienen mayores dificultades en la escritura suelen ser también los que tienen mayores dificultades en la expresión oral.
Cuando enseñamos el uso de las subordinadas estamos enseñando a pensar y si no hay pensamiento, no hay pensamiento riguroso (prefiero hablar de pensamiento riguroso que de pensamiento crítico, puesto que acostumbramos a considerar crítico el pensamiento que coincide con el nuestro). Si en algún dominio deberíamos animar a los alumnos a arriesgarse, incluso a ser imprudentes, es en el ejercicio del pensar. La prudencia no es una virtud intelectual, pero sí una virtud política fundamental. Por eso hay -o debería haber- un hiato entre la libertad de pensamiento y la de expresión. Es el hiato de la oportunidad.
Cada vez tengo más claro que, como todo padre y toda madre saben, educar es hacer lo que se pueda y que el mayor enemigo de la educación es la dejadez (la negligencia, es decir el “nec-lego”), la falta de ambición sobre uno mismo.