martes, 9 de septiembre de 2008

Mir Damad nuestro, que estás en los cielos

Cuando el filósofo neoplatónico persa Mir Damad murió, fue, como todo ser humano, interrogado por los ángeles Nâkir y Monkir, que le hicieron las preguntas de rigor: "¿Cuál es tu fe?", "¿En que Dios has creído?”. Mir Damad no respondió de la manera esperada. Confesó que sólo había tenido un dios, Ostoqos-al ostoqsât, es decir, «El elemento de los elementos». Los dos ángeles quedaron estupefactos. Una respuesta así no tenía precedentes en los anales celestiales, así que decidieron consultar del caso directamente con Dios. Éste, que estaba perfectamente al tanto de lo ocurrido, les dijo: “Toda su vida ha tenido ideas tan raras que ni yo mismo las he entendido. Pero es un hombre justo y bueno. Es digno de entrar en el Paraíso".

Vigencia de Santayana


Estoy leyendo los Diálogos en el limbo de Santayana y me vuelvo a encontrar con su escritura elegante y precisa y con la plena vigencia de su pensamiento. Con la necesidad que tenemos de maestros, ¿cómo es que despreciamos con olímpica ignorancia a los que de verdad pueden enseñarnos? No lo sé. Y tampoco me propongo adivinarlo. Me conformo con disfrutar de la inteligencia de este filósofo cabal, de la que os ofrezco una muestra a continuación.

Una vez el mundo entero era un jardín en que un niño tierno y rubio, que se llamaba Autólogos, jugaba y parloteaba a solas. Había por cierto una anciana que cuidaba el jardín, una diosa disfrazada; pero vivía en una cueva y sólo salía de noche, cuando el niño estaba dormido, porque, como el murciélago y el astrónomo, veía mejor en la oscuridad. Tenía una afilada podadera puesta en una larguísima pértiga, con la cual podaba silenciosamente todos los árboles y arbustos del jardín, hasta las ramas más altas, cortando los vástagos muertos y haciendo caer nubes de hojas secas; y muchas veces, murmurando para sí misma agrias palabras ininteligibles, cortaba una flor, o bien un capullo, de suerte que el niño al despertar los echaba de menos y no podía imaginar qué había sido de ellos. Ahora bien, el niño, jugando, ponía nombre a todas las cosas que le agradaban o desagradaban; y a la rosa la llamaba Belleza, y al jazmín Placer, y al jacinto Dulzura, y a la violeta Tristeza, y al cardo Dolor, y al olivo Mérito y al laurel Triunfo, y a la vid Inspiración. Gran contento le daban todos estos nombres, y tanto aumentaba su interés hacia esas flores y plantas, que pensaba que tales nombres eran sus almas. Pero un día, habiéndose herido con las espinas de una rosa, le cambió el nombre por el de Amor; y esto lo movió a pensar por qué había puesto aquellos nombres determinados a cada cosa más bien que otros totalmente distintos; y el niño empezó a sentirse más viejo. Estaba rumiando este problema, y había dejado de jugar, cuando entró en el jardín un hombre envuelto en un manto negro. Era un botánico y dijo: “Poco importa qué nombres les des a las flores, porque ya tienen nombres científicos que indican sus verdaderos género y especies; la rosa no es más que una rosa, y no es Belleza ni Amor; y así todas las otras flores. Son simplemente flores y plantas, y no tienen alma”. Al oír esto el niño empezó a llorar, con gran fastidio del botánico, a quien, como era hombre ocupado, le disgustaba la emoción. “Al fin y al cabo”, agregó, “ess nombres tuyos no harán daño alguno, y puedes seguir usándolos si quieres, pues son más hermosos que los que describen verdaderamente las flores, y mucho más cortos; y si la palabra alma te es particularmente preciosa, hasta puedes decir que las plantas y flores tienen alma: sólo que, si deseas ser un hombre y no siempre un niño, debes comprender que el alma de cada flor no es más que un nombre para su modo de vida, que indica cómo despliega sus pétalos por la mañana y los cierra acaso por la noche, como tú los ojos. Nunca debes suponer que, porque la flor tenga alma, esta alma haga otra cosa que lo que veas hacer efectivamente a la flor”. Pero el niño no se consoló, y cuando el viento hubo secado sus lágrimas, contestó: “Si no puedo dar a las plantas y flores hermosas nombres que sean en realidad sus almas, y si no puedo contarme a mí mismo cuentos verdaderos acerca de ellos, no jugaré más en el jardín. Y puedes quedarte con todo él y ponerte a herborizar, pero te odio”. Y el niño se fue a dormir esa noche muy acalorado y enfadado. Entonces, tan silenciosa como la reptante luz de la luna, la vieja salió de su cueva y fue derechamente al lugar en que el niño dormía y dándole un gran tajo con su podadera le cortó la cabeza; y se lo llevó a la cueva y lo enterró bajo las hojas que habían caído esa misma noche, que eran muchas. Cuando a la mañana siguiente volvió el botánico y vio que el niño se había ido, se quedó muy perplejo, “¿A quién –se decía- le voy a enseñar ahora botánica? Ahora no hay nadie a quien le interesen las flores, pues yo no soy más que un profesor, y si no puedo enseñar a nadie los nombres exactos de las flores, ¿para qué me sirven las flores a mi?”. Tanto le agobió al pobre esta idea, que perdió el conocimiento por completo, y como, ante todo, estaba muy marchito, pronto quedó reducido a unos duros tendones y huesos, como los nervios de una hoja seca; y aun esos restos no tardaron en desmenuzarse, y así se evaporó del todo. Sólo quedó su manto negro, para delicia del trapero. Pero la diosa en forma de vieja siguió podando el jardín y no pareció que cambiara en nada sus costumbres por la muerte del niño y el botánico.

lunes, 8 de septiembre de 2008

La realidad y el deseo


Vía: The Cellar Image of the Day

El link anterior no conduce a donde debería, pero como lo hecho, hecho está, y alguna razón habrá para que así sea, lo dejo tal cual, advierto, pero, que el camino para llegar a The Cellar Image of the Day es ESTE

domingo, 7 de septiembre de 2008

El perro de Descartes

Tras la perra de Malebranche, toca hablar ahora del perro de Descartes.

Descartes tuvo un perro al que llamaba “Monsieur Grat”. Como “gratter” significa en francés rascar o arrascar, quizás pudiéramos traducir su nombre por “Señor Malaspulgas”. No sé. Lo que si sé es que se desprendió de él en febrero de 1648, cediéndoselo a una amiga parisina, Claude Picot.

Sospecho que hay que ver este gesto de desprendimiento como una muestra de aprecio, ya que a Descartes le gustaba practicar la vivisección con perros, como se puede ver en el siguiente pasaje de su “Descripción del cuerpo humano”:
“Si seccionamos el extremo del corazón de un perro viviente, y a través de la incisión insertamos el dedo en una de las concavidades, sentiremos claramente que el corazón presiona el dedo cada vez que se contrae, y deja de presionarlo cada vez que se dilata”.

De ahí que sospeche que Descartes estaba alejando la tentación de sí cuando se despidió del “Señor Malaspulgas”.

Descartes habla de perros en dos ocasiones más. En el “Tratado de las pasiones del alma” sugiere que si es posible adiestrar a los perros de caza para que no teman el estruendo de las armas de fuego, también se podría hacer lo mismo con los seres humanos. En la segunda referencia encontramos la primera descripción conocida del fenómeno del reflejo condicionado. Se encuentra en una carta a Mersenne de 18 de noviembre de 1630, donde explica que si se azota varias veces a un perro mientras se interpreta una pieza musical con un violín, al poco tiempo bastará el sonido del violín para que el animal tiemble de miedo.

A Descartes le gustaba hablar de lo que había experimentado directamente. Sabemos que acostumbraba a ir de caza con su amigo Van Zurk. Por lo tanto es probable que también experimentara el castigo del violín.

sábado, 6 de septiembre de 2008

El milagro que la ciencia estaba esperando

Finalmente los ateos pueden realizar su propia peregrinación con la cabeza bien alta, porque la imagen de Darwin -nada más ni nada menos- se ha aparecido en una pared del Palacio de Justicia de Dayton, en Tennessee. Los partidarios del evolucionismo y del método científico pueden llevar a sus bebés a tocar la “Verónica” evolucionista y pedir, por ejemplo, que se purifiquen sus rasgos heredados más indeseables. Frente a la piedra caliza pigmentada con la imagen del autor de "El origen de las especies", más de uno ha experimentado el milagro de la conversión al percibir directamente el poder y la gloria del método científico.


Los peregrinos acuden desde todos los puntos geográficos. Por ejemplo el departamento de paleoantropologia de Berkeley ha dado muestras palpables de su fe empírica poniendo guirnaldas y velas encendidas a los pies de Darwin, pero también es cierto que comienzan a pulular los vendedores callejeros de todo tipo de reliquias de dudoso recurso "ad hoc".


Como siempre ocurre ante fenómenos de este tipo, no han tardado en dejar oír su voz los disidentes. (hay quien dicen que la imagen representa realmente a Carl Sagan) y los escépticos que dudan del milagro y se atreven a insinuar que “se trata de una mancha en una pared, y nada más”. Pero en este último caso se trata de adversarios del evolucionismo. Pero lo cierto es que la mayoría de los evolucionistas tienen la mancha de Dayton por la prueba definitiva que han estado esperando durante décadas. “¡Es un milagro”, sostienen.


Para más información: AQUÍ

viernes, 5 de septiembre de 2008

Malebranche y el dolor de las máquinas

Recupero la casi olvidada zoosofía, que es un intento de aproximarse a la historia de la filosofía a través del trato de los filósofos con los animales, con una curiosa y cruel anécdota que tiene como protagonista al padre Nicolás Malebranche.


Hay que decir en primer lugar que Malebranche era un seguidor entusiasta de Descartes. Y no un seguidor cualquiera. No hubo otro más famoso que él en todo el siglo XVII. Se cuenta que cuando leyó el “Tratado del hombre” sufrió una taquicardia tan intensa que tuvo que acostarse para apaciguar la agitación que le provocaba la lectura. En esta obra Descartes desarrolla la teoría de que los seres vivos son maquinarias complejas, relojes delicados y precisos en los que cada elemento está relacionado por un sistema de engranajes biológicos con otros elementos, en una cadena precisa de estímulos y respuestas.


Y ahora vamos al grano.


Estaba Malebranche paseando por la Rue Saint Jacques de París con un grupo de amigos, entre los que se incluía el fabulista La Fontaine, cuando una perra preñada se les acercó meneando el rabo. Malebranche se arrodilló y la acarició e, inmediatamente después, para sorpesa de todos los presentes, se levantó y recogiéndose la sotana le arreó un tremendo patadón al pobre animal en todo el vientre. Mientras la perra se alejaba aullando con el rabo entre las piernas, los compañeros de Malebranche manifestaron su más que comprensible extrañeza por esta conducta. Malebranche les resprochó su ignorancia, porque aquella perra era solamente una máquina. Ni más ni menos. Si se la toca en un lugar, se rasca; si se la silba, se acerca y si se la patea huye. Y todo lo hace mecánicamente. Harían más bien en guardar su misericordia para las almas humanas.


Más cosas sobre Descartes:

Descartes y (el) yo

Descartes y (el) yo II

Descartes y (el) yo III

Descartes y nosotros


jueves, 4 de septiembre de 2008

Una conversación intrascendente

- ¡Qué alegría verte! ¿Cómo estás?

- Bien, hoy incluso muy bien.

- ¿Has comenzado ya a trabajar?

- No, ya no trabajo.

- ¿Cómo que no trabajas?

- Mi mujer, que me ha retirado.

- ¿Qué quiere decir eso?

- Pues eso.

- ¡No me lo creo!

- ¿Y qué quieres que haga? Para hacerme feliz ha decidido mantenerme, a la sopa boba, aunque tenga que meter unas horas extras para poder pagar las facturas.

- ¡Eso sí que no!

- ¿Por qué no?

- ¡Porque eso no lo hace ninguna mujer!

- ¡Pero la mía es feminista y no le importa tener un marido florero!

- ¡Me estás tomando el pelo!


Y no ha habido manera de hacérselo creer.

No es cierto que mi mujer me haya retirado, pero si lo fuera, ¿por qué nadie se lo creería?


La conversación tuvo lugar ayer por la tarde, en el puerto de Masnou. Venía de dar un largo paseo por la playa y me encontré a la Macu, vieja compañera de fatigas académicas, sentada en una mesa con tres mujeres más.

No hubo manera de convencer a ninguna.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...