He vuelto a “Gigantes y enanos”, de Allan Bloom, a repasar lo que dice de Raymond Aron. Me apetecía darme una vuelta por sus páginas tras el revuelo electoral francés.
Bloom traza un retrato muy preciso de Aron, al que califica de “el último de los liberales”, resaltando las dificultades de ser, cabalmente, liberal. Ser liberal es una de las cosas más difíciles que hay. Aunque sea de buen tono proclamarse públicamente como tal, vivir con coherencia de manera liberal requiere, además de firmes convicciones, una voluntad inmune a la decepción.
“[Aron] Vivió –y probablemente habrá muerto animado por él- en ese extraño ascetismo espiritual, uno de los más arduos ascetismos, que consiste en creer en el derecho que los demás tienen de pensar como les plazca. Una cosa es morir por el dios o el país de uno y otra cosa es morir por proteger las opiniones de otros que uno no comparte. El mutuo respeto de los derechos, una curiosa clase secundaria de respeto, es la esencia de la convicción liberal. Y ese respeto, como un valor absoluto de la sociedad civil, es en realidad muy raro y se hace cada vez más raro. Aron realmente lo sentía.”
La realidad política, en cualquier caso, no se aviene con ningún tipo de beatería liberal. En la democracia las cosas políticas se dan siempre mezcladas.
“Las democracias liberales –escribe Bloom- son delicadas mezclas de elementos elevados y bajos y, así como es meramente edificante reconocer sólo los elevados, es una perversión hablar solamente de los bajos”.
Ser liberal significa ser consciente de que ninguna democracia es inmune a una epidemia de misticismo, a la desgana o al derrotismo. La primera democracia de la historia, la ateniense, votó democráticamente su disolución y su sustitución por una tiranía.
Según Bloom, Aron “tenía plena conciencia de que en las democracias se daban momentos de extremada demencia, pero nunca dudó del derecho de las democracias a la demencia”.
¡Menudo problema! ¿Verdad? ¿Tienen las democracias derecho a la demencia? Y, si lo tienen, ¿habría que preservarlo? Yo dudo que de Aron asintiese a esas rotundas palabras de Bloom. Precisamente porque sabía muy bien que la democracia estaba amenazada por diferentes peligros, Aron vigilaba con toda atención la salud democrática de las instituciones que deberían servir de sostén de la propia salud de la democracia y en primer lugar, de la universidad.
“Como la universidad era algo que quería entrañablemente y como sabía que la universidad es la institución central de la sociedad democrática, asumió una posición muy firme contra la oleada destructiva que pasó por las universidades occidentales en la década de los sesenta. La universidad significa, o mejor dicho significaba, la presencia sustancial de la razón en que reposa la democracia liberal. Si no se cuenta con la universidad, el respeto por la razón desapasionada y por los derechos racionales, que son la esencia de la democracia moderna, desaparecerá. Le disgustaba que golfillos se instalaran en los vestíbulos de la universidad. La pérdida de la tradición, que era una fuente de vitalidad, lo entristecía. El giro demagógico de la única institución dedicada a la objetividad lo aterraba. Si la democracia no puede tolerar la presencia de los supremos criterios de la enseñanza, la democracia misma se hace cuestionable. (…). El mayor signo de la decadencia del liberalismo era la aquiescencia de mucha gente que llamándose liberales contribuían al proceso de hacer salvaje la universidad.”
Allan BLOOM, “Raymond Aron: el último de los liberales, en Gigantes y enanos. La tradición ética y política de Sócrates a Rawls, Gedisa, 1999, pp333-347.