miércoles, 2 de marzo de 2022

La praxis

Tras una serie de llamadas telefónicas de gente con altas responsabilidades en el mundo educativo, cada una más estrafalaria que la anterior, he llegado a la conclusión de que nuestra educación se sostiene gracias a que en realidad nadie hace lo que le mandan y la mayor parte de los que mandan, lo saben.

Miradas

A veces se necesita la contundencia de un enemigo para saber quiénes somos y, sobre todo, quiénes tenemos que ser. La mirada de enemistad, como la mirada erótica, tiene la capacidad de dotarnos de una figura concreta. Son acicates del autoconocimiento, porque nos fuerzan a preguntarnos qué tengo yo que me hace objeto de semejante mirada.

En ambos casos me pregunto también qué tengo en mí para corresponder a quien me mira y, sobre todo, qué debo tener para o merecer el amor o protegerme contra la enemistad. 

Sí, efectivamente, estoy pensando en la Unión Europea, Ucrania y Rusia.

martes, 1 de marzo de 2022

Los getas

 En El Subjetivo

Competencias e incompetentes

Uno de los fenómenos más curiosos de nuestro tiempo es el de los muchos notarios que han viajado al futuro y han vuelto para decirnos qué competencias se necesitarán en el 2030, en el 2050 o no importa en qué año. El caso más notable de estos viajeros del tiempo es el de la Agenda 2030.

En educación, las llamadas competencias son cajas de muñecas en las que debemos encajar la escuela presente para que dé de sí, bien moldeados, a los alumnos del futuro. Lo que no cabe en esas cajas, se considera irrelevante, porque los futurólogos no es que hayan visto el futuro, sino que han visto, sobre todo, lo que realmente importará en el futuro. La LOMLOE es, fundamentalmente, la obra de estos visionarios. Por supueesto, los argumentos que usan para convencernos de la inmaculada bondad de las competencias que ellos han seleccionado como pertinentes, no es que sean buenas en sí mismas, sino que si no nos amoldamos a ellas, nos quedaremos anticuados.

El caso es que los viajeros al futuro muy perspicaces no se mostraron con respecto a la Covid, y no se puede decir que haya sido un acontecimiento menor. Y ni tan siquiera han sido capaces de prever la chulería guerrera de Putin, que parece estar a punto de introducir la competencia ofensiva como competencia elemental del siglo XXI.

No me molestan las nuevas tecnologías. Al contrario, me gustan. Y me gusta también que mis nietos se familiaricen con ellas. Al fin y al cabo son solo cacharros que nos sirven como prótesis antropológicas. Lo que me inquieta es la mentalidad tecnológica que se cree capaz de derivar de una determinada y muy sesgada visión del futuro, el orden geométrico que debe regular nuestra educación presente.

lunes, 28 de febrero de 2022

Volviendo a la vida

Volviendo de Madrid, Nuria Azancot me pidió un texto de 524 palabras sobre los derechos de los animales para el Cultural del Mundo. Hoy se lo he enviado, con el orgullo de haber escrito exactamente 524 palabras. Mañana tengo que envíar mi colaboración para The Objective y tengo pendientes un artículo largo sobre la amistad para un diario de Barcelona y dos prólogos, uno para el último libro de Alain Minc, que publicará Herder, en el que reivindica la ambición teórica de Marx y otro para la editorial Siltolá, de mi amigo Javier Sánchez Menéndez, que ha decidido publicar un libro memorable de nuestro siglo XVIII, del que en su momento daré más detalles.

Hoy, comiendo, le contaba a mi familia que Carlos Fernández Liria se sorprendió, en Madrid, de que yo leyese a autores con los que no coincido ideológicamente. Le contesté que eso, exactamente, era para mí ser conservador. Acabo de releer El sentido humanista del socialismo, de Fernando de los Ríos y he dejado los márgenes repletos de notas, en muchos casos laudatorias.

sábado, 26 de febrero de 2022

De vuelta a casa

En estado de descompresión.

Mi hábitat es el sofá, mi querido sofá, tan hecho a mi cuerpo, y mi estado vital, el de la modorra y el sueño.

Vegeto felizmente en el duermevela de mis cosas, sin hacer otra cosa que pasar la vista por ellas, disfrutando de la levedad de nuestra copresencia.

Me han pedido de El Mundo 525 palabras, pero no me apetece escribir nada. Hoy 525 palabras se me antojan más extensas que la Iliada. Mañana tendré que despertar de este dulce limbo de calma y pereza y ponerme a recuperar el pulso de los días.

Putin sigue haciendo de las suyas. Mi amigo K. me informa diaramente de la situación en Moscú. Y ese es mi único contacto con la deprimente realidad exterior.

viernes, 25 de febrero de 2022

Llueve en Madrid

Dejo a mis espaldas un Madrid lluvioso y gris, un Madrid para verlo desde la ventanilla del tren que me lleva a Ocata. Para despedirme como el día requería, me he levantado temprano y he ido a desayunar a la Chocolatería San Ginés, chocolate y churros, naturalmente. A las 9:00 está a rebosar. Hay una mezcla un tanto pintoresca de obreros de la construcción, un grupo de sindicalistas rollizos (me ha parecido entender que eran camioneros), turistas de mediana edad que cumplen religiosamente con los rituales de la guía, como hemos hecho todos algua vez, y jóvenes parejas enternecidas por su copresencia.

Voy a Atocha bordeando -cuando puedo- los charcos de las aceras.

Cuando eres joven, si vas a la cama cansado te levantas con sueño (si eres joven siempre te apetece dormir un poco más) y descansado. Cuando tienes mi edad, para las 6 de la mañana ya tienes los ojos como platos buscando entre las rendijas de luz que se cuela por la ventana una excusa para levantarte. Ya no tienes sueño, pero estás cansado, porque el cansancio cotidiano es acumulativo.


Comencé el día ayer hablando de empresas con empresarios navarros que saben de esto muchísimo más que yo y que viven con normalidad el tobogán de los negocios. A las 13:30, comida con un personaje que me tiene fascinado, Javier Cañete, de la Fundación Botín. Cada vez que nos encontramos reanudamos los hilos de las conversaciones interrumpidas, porque la ausencia los mantiene vivos. Hablamos de todo, hasta del perro Betún de Ana Palacio. La llamé para decirle que estábamos hablando de su perro mientras Putín hacía de las suyas. 
- ¿Te das cuenta, Javier, que hemos hablado de muchísima gente y de todos hemos hablado bien? -le pregunté al despedirnos.
Eso es comer bien, traer imaginariamente a la mesa a las personas que apreciamos y llenarla con su presencia cordial.
A las 17:30 me esperaba un coche en la puerta del hotel para llevarme a la Universidad Francisco de Vitoria. El conductor, un ecuatoriano simpático y atento, me contó la mitad de su procelosa vida a la ida y la otra mitad se la reservó para la vuelta.  Esta segunda fue la más sabrosa, porque incluía anécdotas de su experiencia como taxista nocturno en Madrid. Están a punto de operarlo de algo del corazón. Le deseo lo mejor. Es un gran tipo. Después, una entrevista y una charla a los padres de alumnos con este título: "¿Se ha cansado el hombre de sí mismos?" Más cordialidad, una larga despedida, promesas de rencuentro y cena en calma y soledad en un rincón de un restaurante cercano al hotel.

Volveré pronto.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...