viernes, 22 de octubre de 2021

Otra caída

Ya les he contado a ustedes alguna vez que me caigo con frecuencia. Un problema del oído interno me impide llevarme del todo bien con el sentido de la verticalidad y de vez en cuando el suelo no está donde debería estar y me desequilibro. He sufrido caídas memorables. Quizás la más aparatosa fue en la escalera mecánica de la estación de Sants. La más dolorosa tuvo lugar un día de lluvia intensa en Madrid, que dí con mis huesos sobre un charco y con mi frente en una alcantarilla. Esto lo tengo bien asumido. Es lo que hay y no pienso encerrarme en casa para evitar caídas porque también me caigo por casa.
 
Ayer por la mañana me caí con cierto dramatismo subiendo al tren en Ocata. Me atendió inmediatamente un mendigo a cuyo lado no había querido sentarme en el banco de la estación. Una vez repuesto, me entregó algo que se me había caído del bolsillo de la chaqueta: el libro La risa, de Bergson.

No tuve ni un rasguño, aunque el ego se me magulló un poco, pero no pude apartar de mí en todo el día fue  la reacción del mendigo ni a Bergson. No me sentía culpable por no haber querido sentarme al lado del mendigo y, sin embargo, tampoco me sentía inocente.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Conversadores

Ayer se presentó en el casino de El Masnou el Club Conservador, que quiere ser un club conversador de política y literatura. Para el acto inaugural me invitaron a decir alguna cosa solemne y comprensible. Critiqué a los conservadores que son tan celosos de conservar lo suyo que se olvidan de la importancia de conservar lo común; defendí que es el mismo derecho de propiedad el que legitima la huelga de los obreros y divagué sobre lo que me pareció adecuado al momento. Pero no es esto lo que guardaré en mi memoria. Lo que me impactó fue el pequeño diálogo que mantuve al final con un asistente de unos 50 años:

- Mi argumento para ser conservador -me comenzó diciendo- no tiene nada que ver con ninguno de los que ha dicho usted.

- ¿Y cuál es su argumento? -le pregunté, muy interesado en su respuesta.

- ¡El amor a la belleza! -mo soltó inmediatamente.

- ¿Ha leído usted a Scruton? -le volví a preguntar, pedante de mí.

- ¿Y quién es ese? -me respondió. 

Y me rendí de admiración.

Reincidente

Para que quede clara mi condición, he de confesar que hoy he vuelto a acompañar a mi mujer de compras a un centro comercial de Barcelona, Diagonal Mar. 
 
Un centrro comercial es como el Hades. 
 
Ya la entrada con el coche por el parquing tiene algo de tenebroso y lo que viene después es un continuo volver la cabeza en busca de Eurídice, que nunca está donde la buscas. 
 
Al final, uno siente su cabeza poblada de melodías incomprensibles mientras desciende, como la cabeza de Orfeo, pero no por el Hebros, sino por la escalera mecánica que lo conduce hacia el Leteo.

lunes, 18 de octubre de 2021

De compras con la señora

¿Por qué me resulta tan agotador acompañar a mi mujer a comprar, especialmente si se trata de un centro comercial o, sobre todo de Ikea? A Dios pongo por testigo que intento hacerlo bien, portarme como un hombre adulto y sereno que sabe tratar con su señora en tono dialogal sobre el color adecuado de la manta para la cama del nieto o sobre si es mejor este bol de cristal con un borde azulado que este otro con un fondo anaranjado. No lo logro, pero diré, en mi descargo, que nunca acierto con la respuesta adecuada. "¿A o B?", me pregunta mi mujer. "A", digo yo esperando acertar. "¿Cómo puedes decir A si a la legua se ve que es mucho mejor B?" Pero lo que me deja vaciado de mí mismo es el cansancio. Un kilómetro en una gran superficie equivale, psicológicamente, a un par de maratones. A los diez minutos ya parece que llevas arrastrando cada una de las cosas que no has comprado.

domingo, 17 de octubre de 2021

Lo vero es severo

Entiendo que los matemáticos han de dar a cada cosa su nombre preciso, exacto, bien delimitado, porque el suyo es un lenguaje formal. Pero no entiendo a los científicos sociales que inflan el lenguaje hasta la pomposidad retórica y creen ofrecer conceptos cuando sólo nos lanzan rosarios de bombas de jabón que explotan sin dejar ningún rastro en la memoria. No me sorprenden. Hace tiempo descubrí que cuanto más ampuloso es el lenguaje de un científico social, más vacío es su contenido. Un discurso sobre las cosas humanas que olvida las cosas humanas, es un abalorio.

En ciencias sociales, lo vero es severo.

Por eso me gusta la cena de planeta, un evento sin demasiadas pretensiones académicas, frívolo y educado, en el que se cotillea con humor, pero sin despellejar a nadie, se come y se bebe bien, al pan se lo llama pan y al vino "costers del Segre" y te encuentras cada año con personas con las que no te volverás a ver en los siguientes 364 días. Memorable el largo aplauso al rey, con los invitados, en su inmensa mayoría, puestos en pie. Me dio la sensación de que en aquel aplauso había más desahogo que entudiasmo, pero era un desahogo necesario.

Sí, el farero de la isla de Ons es el farero de Occidente.

sábado, 16 de octubre de 2021

Otro magnífico sábado trivial

Otro magnífico sábado trivial. Despertarse despacio, demorarse un poco en cada cosa, mirarse la cara en el espejo como comprobando que aún no está emergiendo el rostro de otra persona en el tuyo, disfrutar de la luz que entra a raudales por la ventana, perder tiempo generosamente, ir a la plaza de Ocata a tomar un café, tener la suerte de compartir mesa con tu mujer, tu hijo y tu nieto, comentar cosas irrelevantes, leer un poco a Dalí, ir a hacer la compra, hacer albóndigas, elegir la fruta, comer juntos, disfrutar de la pereza de las primeras horas de la tarde, decidir no dar ni un paso fuera de casa y hacer lo menos posible, rendirse a la placidez vegetal, dejarse llevar por la mansa corriente de la luz de la tarde, cenar un poco, mirar si es ya hora de ir a la cama, protestar como siempre de lo mala que es la programación de televisión, comprobar con pena que aún son las 10, sentir que todo va bien y que todo es efímero y por eso tan valioso, no echar en falta la prensa. Posiblemente no recordaré este día, pero sé que añoraré días como este.

El santo cansancio

Hay un cansancio que parece surgir, como radiación, de algún punto indefinido de tu alma y adueñarse de todos tus músculos y colgar su peso de tus párpados. Es un cansancio dulce y tentador que te permite disfrutar de lo que has estado haciendo y te empuja a la cama como al paraíso. No cambiarías esa sensación de cubrirte con las sábanas para entregar tu levedad ingrávida a Morfeo, como una crisálida de paz y bienestar, por nada del mundo. Te entregas al sueño como a una disolución de ti mismo en la placidez y al dia siguiente despiertas, después de haber dormido 10 horas, como si fueras un niño que estrena el mundo. Sí, hay una felicidad honda y generosa en el cansancio.

Me voy a Vic