Definitivamente, no soy progre. Entiendo por progresismo la convicción de que es posible liberar al hombre de sus condicionantes naturales y crear una vida determinada “progresivamente” sólo por factores culturales. Se tiende a identificar así lo cultural con la acción creadora del hombre; mientras que lo natural sería aquello que está a disposición de la cultura. En cierta forma el progresismo es la ideología que cree posible (obviamente con las mejores intenciones) romper el nexo causal existente entre las acciones humanas y sus consecuencias naturales. Posiblemente en ningún otro lugar se ve esto más claro que en el caso del aborto.
El del aborto me ha parecido siempre un tema muy serio. El concepto de “nasciturus” como ser que carece aún de personalidad jurídica pero que por eso mismo es capaz de tenerla, le otorga al feto una entidad diferente al de un mero agregado de células. Un feto no es un callo. Me parece que hay argumentos sobrados para entenderlo como un ser humano en potencia y, en cuanto tal, necesitado de tutela jurídica.
En tiempos de nuestros abuelos, cuando la naturaleza estaba inmediatamente presente en la conducta humana, era evidente para todos que las relaciones sexuales podían tener consecuencias naturales y, por lo tanto, se asumía que un ser inteligente y responsable debía asumir las consecuencias de sus actos libres.
Hoy, cuando la naturaleza es lo que está a nuestra disposición (y no nos engañemos, es por esto mismo por lo que somos ecologistas) la sexualidad se ha convertido en una acción que no debería tener ninguna consecuencia más allá del disfrute que pueda ocasionar su práctica. A no ser que voluntariamente uno quiera someterse a la cadena natural de actos y consecuencias, o sea, a lo que se ha dado en llamar "paternidad responsable".
Todo esto estaría muy bien si no fuera porque la realidad se empeña en importunarnos con sus datos, recordándonos que en la gozosa experiencia de la sexualidad, precisamente por ser tan laminera, conviene no olvidarse de la prudencia, especialmente cuando se practica con el fin exclusivo de gozar de ella (cosa a la que no tengo absolutamente nada que objetar, sino al contrario). Me refiero a la realidad la que nos enseñaba sus orejas ayer mismo en los datos que recogía El País de las estadísticas del Ministerio de Sanidad. Los resumo:
- En el año 2006 (¡el 2006!) el número de abortos realizados en España superó la barrera de los 100.000 (exactamente 101.592).
- Una de cada 100 mujeres de 15 a 44 años aborta en España cada año.
- Casi el 40% son menores de 25 años.
- El 14% no llegan a los 19.
- Cada vez se interrumpen más embarazos y a una edad más temprana.
- Aumenta el número de las mujeres que abortan por segunda, tercera o cuarta vez. En un 31% de los casos, la mujer ya se había sometido al menos a un aborto con anterioridad. Y en 1.240 ocasiones se trataba al menos de la quinta interrupción. En el caso de las menores de 20 años, el 12% ya había abortado previamente.
Las conclusiones que me parecen desprenderse tanto de estos datos como de los comentarios que he ido leyendo en diferentes lugares son las siguientes:
- Progresivamente se está utilizando el aborto como un método anticonceptivo más. La despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo ha dado lugar entonces a un fomento de su práctica (y esto ya es harina de otro costal).
- Los analistas oficiales están perplejos. No entienden por qué los jóvenes de la sociedad de la información no usan anticonceptivos.
- Estos analistas recurren a la explicación que menos explica nada: La culpa es la falta de educación. El presidente de la Federación de Asociaciones de Planificación Familiar lo tiene claro: “Un aborto es un fracaso educativo y asistencial". Es decir, nada tiene que ver en ello la voluntad de quien tiene relaciones sexuales. La sexualidad parece haberse convertido en la conducta más inocente, tanto que en ella se está autorizado a ser irresponsable. No hace mucho que se pretendía poner en los institutos máquinas expendedoras de preservativos. Pero si es tan bueno garantizar el uso de preservativos para los adolescentes, ¿por qué no animamos a las familias que les entreguen cada mañana uno a sus hijos junto con el almuerzo?
- Como falla la educación, hay que facilitar al máximo el acceso a métodos anticonceptivos, que se deberían vender sin receta, comenzando por la píldora poscoital.
Lo de la educación sexual para adolescentes siempre me ha hecho mucha gracia. ¿Cómo se lleva a cabo? Para empezar sería una educación en la que estaría muy mal visto poner deberes o hacer prácticas de laboratorio o intercambiar experiencias sobre técnicas y procedimientos gozosos. ¿Formarían el sadismo y el masoquismo una unidad didáctica? Si decimos que no, es que creemos que los contenidos de la educación sexual deberían estar determinados por algún criterio moral y no solamente por criterios fisiológicos y eróticos. Pero si la moralidad entra en juego de una manera tan determinante, es que entre la educación sexual y la enseñanza de la geografía hay alguna diferencia considerable.
"No hay que tener miedo a hablar de sexo", dice el presidente de la Federación de Asociaciones de Planificación Familiar, ignorando que nunca se ha hablado de sexo más que en la actualidad.