Slavoj Zizek, el nuevo referente del pensamiento de izquierda, ha tenido su última
Debemos interpretar, pues, que en el presente hay cosas que merecen nuestras lágrimas de manera más legítima. ¿Cuáles pueden ser? Zizek recoge, para orientarnos, el criterio de autoridad de Muhammed Saïd al-Sahaf, “aquel desafortunado ministro iraquí de Información que en las conferencias de prensa diarias negaba heroicamente incluso los hechos más evidentes, sin salirse nunca de la línea oficial (...) a veces incluso soltaba alguna extraña verdad: enfrentado, por ejemplo, a la afirmación de que los americanos controlaban una zona de Bagdad, espetó: "Los americanos no controlan nada; ni siquiera se controlan a sí mismos"”.
Al leer esto he pensado en lo que su abuela solía decirle a Leo Strauss: “Te quedarías sorprendido, hijo mío, si supieras con qué escasa sabiduría este mundo nuestro es gobernado”. ¿Iría Zizek a proponer que dedicásemos nuestras lágrimas a la escasez de sabiduría de los que nos gobiernan? Eso sería interesante. Quizás hasta nos aclarase si los que nos gobiernan son una panda de memos –lo cual sería más digno de un pataleo que de una lágrima- o si el gobierno de los hombres sobre sí mismos está, por la propia naturaleza de la cosa política, siempre falto de sabiduría. Claro que, en este último caso, nuestras lágrimas no aumentarían la sabiduría política.
¿A qué hay que dedicar nuestras lágrimas? Pues a la maldad de los americanos, que es una maldad que, siguiendo el razonamiento de Zizek, va acompañada de estulticia, con lo cual, habría que deducir que es una maldad irresponsable. Pero no es esto lo que el sabio Zizek concluye, puesto que al final del artículo se pregunta: “¿Quién ahorcará a George W. Bush?”
Zizek es, supuestamente, un europeo inteligente. Y, sin embargo, parece incapaz de comprender cómo siendo tan fácil gobernar bien y con justicia, los americanos se empeñan en gobernar mal y con injusticia. A Zizek le falta, para ser coherente, proponer que los americanos consulten a los sabios europeos para diseñar su política exterior.
Una muestra de la ignorancia malvada de los americanos la encuentra Zizek en la diferencia que Jeanne Kirkpatrick estableció -¡en 1979!- entre regímenes "autoritarios" y "totalitarios".
“Esta distinción –escribe Zizek- sirvió de justificación para la política colaboracionista de Estados Unidos con ciertos dictadores de derechas, mientras que trataba con mucha mayor dureza a los regímenes comunistas: los dictadores autoritarios son gobernantes pragmáticos a quienes les preocupa su poder y su riqueza y les traen sin cuidado las cuestiones ideológicas (...); en comparación con ellos, los líderes totalitarios son unos fanáticos desinteresados que creen en sus ideologías y están dispuestos a quemarlo todo por sus ideales. De modo que uno puede tratar con los gobernantes autoritarios, pues reaccionan de una manera racional y predecible a las amenazas materiales y militares, mientras que los líderes totalitarios son mucho más peligrosos y hay que enfrentarse a ellos directamente”.
A continuación pone Zizek sobre la mesa la prueba del nueve de la estulticia americana: “Lo irónico del asunto es que esta distinción es la síntesis perfecta de los errores cometidos por Estados Unidos en la ocupación de Irak: Sadam era un dictador autoritario.”
Cuando Kirkpatrick diferenciaba entre “autoritario” y “totalitario” tenía, sin duda, razón. Si ambas son formas despreciables de la tiranía, la tiranía totalitaria moderna ha demostrado su enorme capacidad destructiva al justificarse a sí misma con argumentos supuestamente científicos a cuyo servicio ha puesto todo el potencial de la moderna tecnología. La dictadura totalitaria controla todos los ámbitos de la vida, pública y privada, con el convencimiento de que está preservando el bien común no sólo de su país, sino mundial. Si la dictadura autoritaria es una plaga para los ciudadanos de un país, la totalitaria es un cáncer en la política internacional.
El totalitarismo moderno ha demostrado -y continúa demostrando- hasta qué punto la política internacional está guiada por parámetros hobbesianos.
La característica esencial del totalitarismo moderno es que es el enemigo existencial de las democracias. El enemigo existencial es aquel con el que no hay posibilidad de negociar porque la afirmación de su existencia significa la negación de la nuestra.
Claro está que podemos discutir si Sadam era un enemigo existencial o no de los Estados Unidos. Incluso podemos discutir si Estados Unidos es un enemigo existencial de Europa o si el diálogo es más poderoso que cualquier enemigo existencial. Todo puede ser discutido. Lo que no está nada claro es que la realidad política, y especialmente, la realidad de la política internacional, que es la Política con mayúscula, esté dispuesta a conmoverse con nuestros argumentos.
Que quede claro: No he derramado ninguna lágrima por Zizek.




