domingo, 9 de julio de 2006

Los puercoespines

Verán ustedes: estoy de Rodríguez y me voy a limitar a recoger un pequeño cuento de Schopenhauer titulado "Los puercospines" (Parerga y Paralipomena II, 393). Y quien tenga oídos...

“Un grupo de puercoespines quisieron acercarse mucho unos a otros un gélido día de invierno con el fin de no helarse de frío infundiéndose mutuamente calor. Sin embargo, sintiendo enseguida los pinchazos recíprocos de sus respectivas púas se vieron obligados a separarse. Ahora bien, cuando el deseo de calor los llevó a acercarse de nuevo, se repitió este segundo mal; de modo que fueron pasan de un sufrimiento a otro hasta que hubieron logrado encontrar una distancia adecuada desde la cual pudieron soportarse mejor. Del mismo modo impulsa a los hombres el deseo de compañía a buscarse los unos a los otros, pero sus muchos defectos vuelve a separarlos de nuevo”

Misha Gordin

sábado, 8 de julio de 2006

Mi amigo Muhhamad y Adam Smith

Joshua Rubin

I

Mi amigo Mohhamad vino un día, todo ufano, a enseñarme su DNI, porque ya era español, y a decirme que lo primero que había hecho había sido sacar a sus hijos de la escuela pública, que está llena de moros y paquistaníes, y llevarlos a las monjas.
-
Pero Muhammad –le pregunté- ¿y la religión?
-
¡Si Dios es el mismo en todas las religiones! –me contestó, completamente seguro de lo que me decía.

II

De esto hace ya varios años, porque desde que es español Muhhamad ya no aparece por casa. Pero cuando era marroquí me quería tanto que hasta se empeñó en regalarme una casa que tenía en el campo, allá en su pueblo, cerca de Larache.

III

He hablado de Mohhamad esta noche a propósito de lo que dice Adam Smith sobre las dos necesidades básicas del ser humano: el reconocimiento de nuestra existencia y la confirmación de nuestro valor.

IV

Dicen que el drama de la vejez es comprobar que los demás ya no nos necesitan porque hemos dejado de ser valiosos. La falta de reconocimiento tiene un nombre: soledad. Tanto es así que para Smith los pobres -los pobres auténticos: los pobres más pobres de entre los pobres- son aquellos a los que nadie observa, los que no llegan a existir ante los ojos de sus conciudadanos. El pobre entra y sale sin que se lo note, y en medio de la muchedumbre se encuentra en la misma oscuridad que enclaustrado en una choza.

V

La necesidad de ser visto es una necesidad de consideración, porque necesitamos a los otros para forjarnos una identidad.

VI

La conciencia no es otra cosa que el otro generalizado, la mirada de los otros en el interior de uno mismo.

VII

“Para mi –decía Goethe- no habría castigo más grande que habitar solo en el Paraíso.”

VIII

Y ahora una recomendación morbosa para aquellos a los que les guste mirar a los que les gusta ser mirados:
Completely Naked

jueves, 6 de julio de 2006

¿Pasajeros del Titanic?

I
Con frecuencia he pensado que el siglo XX comenzó en 1912, con el hundimiento del Titanic, metáfora de la confianza y del optimismo con que se encaraba el siglo y del posterior despertar a la sospecha de que en el corazón de toda innovación, incluso de las más bienintencionadas, se puede estar incubando una catástrofe.

II

¿Podríamos cerrarlo, entonces, con el hundimiento de ese otro monumento al titanismo que fueron las Torres Gemelas?

III

El Titanic era el caballo de Troya que la idea de progreso recibió con los brazos abiertos. La literatura la había aventurado. En 1905 Edmée Delebec publicó La mort de Prométhée. En 1901 Pierre Louÿs escribió L’homme de pourpre, donde se imagina que la última obra de un pintor, y al mismo tiempo la más perfecta, sería la que representase la agonía de Prometeo. Y Prometeo era un titán. El Golem de Gustav Meyrink es de 1915.

IV

Tras el Titanic estalla el fenómeno de la literatura antiutopista, propio del siglo XX, una de cuyas cumbres es Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.

V

Los hombres del siglo XX fueron los primeros en imaginarse de manera verosímil el futuro como degradación progresiva del presente. “Si la verdad –escribe Virilio- es aquello que se puede comprobar, la verdad de la ciencia contemporánea es menos la amplitud de su progreso que la de las catástrofes técnicas que provoca” (La bomba informática)

VI

El 19 de agosto de 1999 se representó en Salzburgo La condenación de Fausto (1848), obra compuesta por Héctor Berlioz siguiendo la traducción francesa de Gérard de Nerval del Fausto de Goethe. Las críticas, unánimemente elogiosas, resaltaron la dirección de Jaume Plensa, la producción de la Fura dels Baus y los coros del Orfeón Donostiarra. Mario Vargas Llosa escribió una crónica (El País, 5 de septiembre) realzando la modernidad de los motivos faustianos: “Berlioz acertó a adivinar una de las más angustiosas interrogantes que se plantea la civilización siglo y medio más tarde: ¿por qué el formidable desarrollo del conocimiento y de las técnicas, que ha sido capaz de llevar al hombre a las estrellas, que ha dado victorias definitivas contra la enfermedad, que ha creado instrumentos suficientes para acabar con la pobreza y el atraso en que viven tres cuartas partes de los seres humanos, es todavía incapaz de ganar batallas equivalentes en el dominio de la justicia, de la moral, de los derechos humanos, de la paz, de la solidaridad?”.

VII

Jünger ha sido el intelectual del siglo XX que más ha resaltado la simbología del hundimiento del Titanic: "En esta fecha chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras del progreso y del pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe" (La emboscadura).

VIII

¿Seremos todos pasajeros de un Titanic lanzado a toda máquina hacia la repetición insaciable de novedades? En ese caso, más temible que el iceberg que nos espera en medio de la noche, es lo que pudiera ocurrir si parásemos las máquinas.

10 tesis sobre la postmodernidad

“La densidad de nuestra vida es más decisiva que los gritos de nuestras proclamas o la racanería o generosidad de los reconocimientos ajenos”. Esta frase está extraída del programa del “XXV Curs d’Estiu” de la Fundació Relleu que se celebra estos días en el Institut Químic de Sarriá. He sido invitado por Manfred Díez y Jordi Sales a participar con una ponencia que he cerrado con las siguientes tesis:

1. La modernidad, en su núcleo ontológico es una toma de partido por el tiempo, relegando el espacio a una condición subsidiaria. Ser moderno significa tener voluntad de vivir en la vanguardia del tiempo y entender las diferencias entre los hombres como relativas a su posición en el tiempo.

2. La opción por el tiempo es una opción por el derecho a alejarse y superar cualquier límite. En este sentido es moderno quien considera que Epimeteo o Penélope son heroica y moralmente inferiores a Prometeo o Ulises. Pero alguien tiene que quedarse en casa cuidando del fuego por si regresan a destiempo los héroes.

3. En la modernidad los fundamentos de las cosas han de ser superficiales, para poder reformarlos (reactualizarlos) continuamente. Un buen ejemplo: la sustitución en las escuelas de la oración por la lectura de la prensa: no valoro el cambio, sólo constato el hecho de la sustitución de una relación con algo intemporal en la oración por un trato diario con lo efímero.

4. El desprecio del espacio implica el del concepto de frontera: las fronteras sólo sirven en tanto que horizontes que han de ser superados. Los límites se justifican como mojones en el camino de la vanguardia.

5. La modernidad mide la norma desde la excepción. Si la filosofía antigua investigaba el límite del ser, la posmodernidad busca el ser del límite. El olvido del límite significa también el del concepto de inmunidad.

6. Necesitamos reevaluar radicalmente la categoría de víctima. Es posible incluso repensar el campo político en términos de una crítica de la razón victimológica. El victimismo fomenta el narcisismo inocente i el resentimiento.

7. Es un adolescente político quien busca respuestas simples para problemas complejos, quien confunde la política y la moral, y la moral con un combate frontal contra el mal absoluto.

8. Salir de la adolescencia –y por tanto de la minoría de edad- significa no tener necesidad de un malo para explicarse la maldad de la historia.

9. Salir de la adolescencia con anticuerpos contra el fanatismo significa comprender que hemos de decidirnos por causas imperfectas. Es la conciencia de su imperfección la que preservará nuestra fidelidad en las horas bajas.

10. El radicalismo no es el sistema nervioso central de ninguna moralidad superior. Más bien el radicalismo tiende a manifestarse como una mitología del perdedor. Las dos señas de identidad del radical: (1) acostumbra a tener más razón cuanto más pierde, (2) consume dosis masivas de entusiasmo (y si la religión es el opio del pueblo, el entusiasmo es el opio de la razón).

He vuelto a casa con dos libros editados (magníficamente) por Barcelonesa d’Edicions. El primero es “Teologia política de Pau”, de Jacob Taubes. Aún tengo frescas en la memoria las puyas envenenadas que Leo Strauss y Gershom Sholem le dedican a Taubes en “Cabale et philosophie” ( Éditions de l’Éclat, 2006). Me interesan, especialmente, el prólogo, de Jordi Sales, y los apéndices, dedicados a la historia de las relaciones entre Jacob Taubes y Carl Schmitt. Veremos qué da de sí. El segundo libro: “Les ganes d’aprendre”, de Jordi Galí.

El artista: John Kissic; las obras: "A beatifying lie"

martes, 4 de julio de 2006

Alexander Fol (in memoriam)

Me ha llegado el número 1 de esa magnífica aventura que codirigen Javier Alcoriza y Antonio Lastra con el título de La Torre del Virrey. Recoge un texto que para mí tiene una enorme importancia: un artículo que escribí en memoria de mi añorado amigo Alexander Fol y que paso a resumir.
Alexander Fol junto a Valeria, en su casa. Aquella noche memorable
se empeñó en que teníamos que acabar entre los dos
una excelsa botella de vodka. No estuve en condiciones de negarme.


El día 1 de marzo moría Alexander Fol en Sofía, la capital de Bulgaria, vencido por un cáncer contra el que estuvo luchando sin descanso los últimos años de su vida. Nacido el 3 de julio de 1933, en el seno de una
familia de larga y noble tradición intelectual, se dedicó con tanta pasión a la historia y a la filología clásica que acabó descubriendo un mundo nuevo, el de los tracios. Fue el principal impulsor del Instituto de Tracologia (del que fue director de 1972 a 1991) y el gran dinamizador de los estudios universitarios sobre Tracia desde su puesto de director del Departamento de Historia Antigua de la Universidad de Sofía. Como ministro de cultura impulsó los congresos internacionales de Tracologia, fundó el centro de arqueología submarina de Sozopol, promovió el Museo Nacional de Historia de Sofia, etc.

Antes de que Alexander Fol iniciara su revolución historiográfica, de los tracios apenas sabíamos cuatro cosas, aprendidas sobre todo de Homero y Herodoto. Sabíamos, por ejemplo, que eran tracias muchas islas del norte del Egeo, como Lemnos o Samotracia (que lleva inscrito en su nombre la huella de su origen); sabíamos también que existía alguna tribu tracia, como la de los bitinios, en el interior de la península anatólica y sospechábamos que desde Samotracia al Danubio se extendían las principales tribus tracias.

Herodoto se sorprende de la bravura de esas tribus, así como, sobre todo, de la fortaleza de sus convicciones sobre la inmortalidad. En la tribu de los getas, “la más valerosa y más justa” estaban convencidos de que “a la hora de morir van a reunirse con Zalmoxis”. Esta fe tiene muy poco que ver con la imagen que tenían los griegos homéricos sobre el más allá. En la tradición religiosa griega anterior al siglo V, no cabía esperar tras la muerte nada positivo. A lo máximo que podía aspirar un héroe era a dejar memoria imperecedera de sus obras entre las generaciones futuras. El más allá era un lugar lúgubre y oscuro, sin la más mínima comodidad, donde las almas vagaban sin rumbo, como sombras perdidas –uno se las imagina como almas pordioseras, desarrapadas y un poco contrahechas-, añorando lastimosamente lo que en vida habían sido. A su llegada eran recibidas por un adusto barquero, el intratable Caronte, que las conducía hasta el Hades, lugar terrible y desesperanzado en el que no existía, estrictamente hablando, ni conciencia, ni personalidad, ni otro tiempo que la repetición eterna de la añoranza del pasado. Sólo un tracio consiguió llegar al Hades y convencer a los dioses infernales para que le permitieran regresar de nuevo al mundo de los vivos. Fue Orfeo. Y fue la expansión de la religión órfica entre los griegos, predicada por sus sacerdotes exaltados, la que extendió la idea de que era posible aspirar a una existencia gozosa en el más allá. Bastaba para ello haber sido iniciado en los sagrados misterios órficos. El tracio Orfeo democratizó el Más Allá. Pero Herodoto no nos habla de Orfeo, sino de Zalmoxis, que posiblemente era una de los nombres del Orfeo tracio.

Según Herodoto los getas estaban convencidos de que no morían, y que en este mundo eran algo así como existencias en tránsito hacia su inmortal encuentro con Zalmoxis. Los tracios son los primeros europeos que se sintieron extranjeros de este mundo. Algunos le aseguraron a Herodoto que Zalmoxis había sido un esclavo de Pitágoras en Samos –cosa que a él le parece muy poco verosímil- que, tras ser liberado ganó una gran fortuna y regresó a su país. Los tracios llevaban una vida miserable y Zalmoxis, conocedor del estilo de vida de los griegos, se hizo construir una casa espaciosa en la que recibía con toda atención y lujo a sus conciudadanos más ilustres, ofreciéndoles banquetes. En el transcurso de estos banquetes los iba adoctrinando, diciéndoles que ninguno de los presentes moriría, sino que irían a un lugar en el que vivirían eternamente, gozando de toda clase de bienes. Mientras tanto se fue haciendo a escondidas una vivienda subterránea y cuando la tuvo lista, descendió a ella, bajo tierra, y desapareció de la vista de todos. Allí permaneció tres años. Los tracios lo añoraban y lamentaban su muerte. Pero al cabo de este tiempo aparentó resucitar para que fuera creíble lo que había profetizado.

Alexander Fol interpretaba alegóricamente esta conducta de Zalmoxis. Con ella pretendía mostrar a los tracios la posibilidad de renacer para conseguir la inmortalidad. Para ello era necesario seguir unos determinados ritos relacionados con prácticas incubatorias, es decir, de introducción dentro de una cueva para pasar en soledad un tiempo determinado. Zalmoxis, con su ejemplo, se presentó como nacido a una nueva vida. La incubación, por lo tanto, era algo más que una inmersión en el subsuelo. Simbólicamente representaba el regreso al vientre materno y, en este caso, al vientre de la gran diosa madre (que, entre los tracios, es Bendis). La salida al exterior significaba que la diosa había “dado a luz” al iniciado a una nueva vida. Se entraba, pues, a la tierra para volver a nacer, pero esta vez no de madre mortal, sino de madre divina, de la misma madre que alumbró a los dioses. Había que hundirse en el barro para poder ver con más claridad el cielo.

Herodoto insiste en el desprecio de los tracios por la vida corporal. Cuenta que las familias de la tribu de los trausos se sientan alrededor de un recién nacido y se lamentan por todos los males que le esperan, enumerándolos todos. Sin embargo entierran con bromas y alegrías a los que han muerto, pues se dirigen a una nueva vida, a una felicidad eterna libre de los males de este mundo.

Podemos completar la información de Herodoto sobre Zalmoxis con la que nos proporciona Platón. Entre los años 432 y 429, mientras Sitalces reinaba entre la tribu tracia de los odrisios, los atenienses sometieron a un duro cerco a la ciudad tracia de Potidea. Uno de los sitiadores fue Sócrates, que al regresar a Atenas contó, según leemos en el diálogo Cármides, que en su ejército había un médico tracio, “uno de esos discípulos de Zalmoxis que saben hacer inmortales a la gente”. De él oyó que Zalmoxis había sido un rey tracio y también un dios que defendía que el alma es la fuente de donde emanan para el cuerpo y para el hombre entero todos los bienes y todos los males y que, en consecuencia, para curar cualquier mal era imprescindible dirigirse a su fuente. El alma se cura con ciertos conjuros saludables que hacen nacer en ella la sabiduría. Por lo tanto, si queremos curarnos, debemos librarnos a los conjuros del tracio Zalmoxis. No habría que descartar que vistas las dificultades históricas para aceptar la historia que Platón cuenta en la Apología de Sócrates sobre la interrogación de Querefonte a la pitia de Delfos, la gran experiencia apolínea de este filósofo hubiese tenido lugar no en el corazón de la Hélade, sino en las tierras tracias.

Tras la retirada de los persas, una vez derrotados en las guerras médicas, una de las tribus tracias, la de los odrisios, se impuso a sus vecinas y creó un importante reino cuya alianza fue codiciada por todas las ciudades griegas. Creo que podemos suponer sin excesivo riesgo a equivocarnos que si a un ateniense culto del siglo V se le hubiese preguntado qué tribu bárbara estaba destinada a dominar el mundo, ni se le hubiese ocurrido pensar en los macedonios, sino que hubiese señalado a los tracios o, más en concreto, a los odrisios, cuyo reino llegó a extenderse del Egeo hasta el Danubio, siendo borrado por el huracán histórico levantado por Alejandro Magno. Pero más allá de estos límites hoy sabemos que también había tracios. Ocupaban las zonas costeras del Mar Negro desde Bizancio (“Bizas” es un nombre tracio) hasta Olbia Póntica y sospechamos que se extendían también por el curso del Danubio, tal como indican los objetos tracios del Narodni Museo de Praga.

Cuando Alexander Fol inicio sus estudios sobre los tracios nadie podía imaginarse el gran número de yacimientos existentes. Hay más de quince mil túmulos en la actual Bulgaria en cuyo interior se guardan restos de antiguas tumbas tracias. Se ha localizado Seutópolis, la capital de los odrisios. En las tumbas de Alexandrovo y Kazanluk se han hallado sorprendentes pinturas murales con escenas de la vida cotidiana de los tracios. En la espectacular tumba de Sveshtari apareció una bóveda de cañón que, irónicamente, es varios siglos anterior a la fecha en la que, según los entendidos, fuera inventada por los romanos. Junto a las tumbas llaman poderosamente la atención los riquísimos tesoros. La mayoría nos muestran imágenes que no somos capaces de descifrar, porque carecemos de la información necesaria a cerca de sus mitos, pero en su simbolismo es fácilmente perceptible la insistencia en las divinidades femeninas y en los signos de inmortalidad.

Las imágenes son, con toda probabilidad, objetos de culto del dios tracio Sabazios.
Han aparecido en diferentes lugares de Bulgaria, pero la cuarta se encontró en Pompeya.

Donde no puedas amar, pasa de largo.

I

Percy B. Shelley aprendió, traduciendo el Banquete de Platón, que el amor, lejos de ser ciego, es clarividente. Hay aspectos de las personas que sólo se muestran si son iluminados por la luz del amor. El amor afina la atención. Coincidía así, sin saberlo, con los filósofos neoplatónicos que hablaban de la sabiduría de la mirada erótica. "El amor -decía Shelley- hace a los hombres perspicaces, y si alguien dice que el amor es ciego, eso sólo significa que no comprende que la mirada erótica percibe la existencia de relaciones invisibles para los espíritus menos refinados.”

II

Cuando arreció la tormenta que ocasionaría su muerte, Shelley abrazó su traducción del Banquete. Se ahogó sin soltarla.

III

El Banquete es una de las obras fundamentales de la literatura universal. Platón describe el encuentro de un grupo de amigos en torno a la llama del vino y el amor. Son muchas las cosas interesantes que cuentan, pero me limitaré a recordar algunas palabras de Aristófanes, el gran comediógrafo: “A mi me parece que los hombres no son conscientes, en absoluto, de la fuerza del amor, porque si lo fuera, ya le habrían erigido los templos y altares más magníficos, pues es el dios que más los aprecia, siendo su protector y el médico de sus males. Hace mucho tiempo nuestra naturaleza no era como la de ahora. Los hombres eran completamente redondos, como pelotas, y se movían girando. Se creían tan poderosos que un día intentaron escalar el cielo para atacar a los dioses. Zeus, como castigo por su insolencia, decidió partir a cada hombre en dos. Pero cuando los hombre perdieron su mitad original comenzaron a añorar lo que les faltaba y buscaban el complemento que habían perdido. Cada uno de nosotros lleva consigo la señal de una añoranza. Cuando por azar encontramos a nuestra mitad congénita, experimentamos un sentimiento maravilloso y no queremos separarnos de ella ni un instante. Querríamos fundirnos en un abrazo para no separarnos ya ni de día ni de noche, siendo para siempre de nuevo una unidad completa. A este deseo de unidad es a lo que damos el nombre de amor".

IV

Mary Shelley, Frankenstein o el Modern Prometeu: “Mi soledad –dice el monstruo creado por el doctor Frankenstein- es absoluta, y todos me desprecian. Solamente una mujer tan monstruosa y deforme como yo podría estar dispuesta a concederme su amor. Una mujer que fuera semejante a mi y que tuviera, incluso, mis defectos.”

V

En el prefacio de la Collected Edition de los poemas de su marido, Mary Shelley escribió: “Shelley se parecía a Platón: a ambos les complacía más lo abstracto y lo ideal que lo particular y tangible”.

VI

Se han contado mil veces los detalles del nacimiento de Frankenstein, un atardecer de junio de 1816, en Villa Diodati, a orillas del lago Léman, en Suiza, donde se habían reunido Mary W. Goodwin, que entonces tenía 18 años, su amante y posterior marido, Percy B. Shelley, Lord Byron, la hermanastra de Mary, Claire Vlairmont y John William Polidori. Sólo añadiré que cuando don Emilio Castelar visitó estos lugares, escribió: “He visitado la casa habitada por Byron cerca de Ginebra, como visito siempre, oscuro peregrino de la libertad, los sitios ilustrados por el heroísmo y por el genio (…) Por aquellas orillas se refugiaron muchos genios que han dejado en la humanidad inextinguibles huellas. Cada piedra habla allí de Rousseau, de ese escritor melancólico y sombrío que prestaba a la realidad sus propias tristezas (…) Allí Voltaire trabajó varios años (…). Por allí concluyó Gibbon su historia de la decadencia de Roma”, Vida de Lord Byron, 147-8.

VII

L. E. Fournier pintó, en 1889, la incineración de su cadáver en Viareggio, en presencia de Edward John Trelawny y Lord Byron (Walker Art Gallery, Liverpool), frente a las islas de Gorgona y Elba. La pintura plasma el momento más grave del rito, pero no el más trágico. Éste tuvo lugar cuando Trelawny rescató de entre las llamas el corazón de Shelley, para impedir que se calcinase. Según se dijo, Mary conservó hasta el final el corazón de su marido envuelto en un paño de lino y cuando sintió próxima su muerte, exigió ser enterrada con él.

VIII

Cuenta Trelawny: “Una vez avivado el fuego, rociamos el cuerpo de Shelley con más vino del que él habia consumido durante toda su vida. El vino, sumado al aceite y a la sal, hacía que las llamas temblaran y crepitaran. El calor del sol y el fuego era tan intenso que el aire se torno trémulo. El cadáver se abrió por la mitad, dejando el corazón al descubierto”.

IX

Meses más tarde escribió Mary en su diario: “¡Un corazón frío! ¿Es frío mi corazón? ¡Dios sabrá! / Pero nada ha de envidiar la helada región que este / corazón rodea. Y al menos las lágrimas son cálidas…”.

X

Nietzsche: “Allá donde no puedas amar, pasa de largo”.

Más información sobre Frankenstein en Alzanar 3.

Nick Koudis

Un día extraño el que ya ha pasado. Por la mañana he ido a Vilanova, a participar en el curso que organiza Noemí Cusiné y a verme con Toni Bosch, Pedro Azara y Jaume Mascaró. En mi intervención he estado hablando de la "noble mentira" platónica. Es decir de la defensa de la fabulación política por el mismo filósofo que expulsa a los poetas de su República. Siempre he pensado que Platón es mucho más grande que todos los platónicos y platonistas juntos. Después he estado callejeando parsimoniosamente con mi mujer. Todo perfecto. Incluso, para completar la dicha, ha llamado la Maga anunciando que durante una semana no volvería a llamar, lo cual ha contribuido de manera notable al sosiego de nuestras almas. Y sin más suena el teléfono. Hay que llevar a Guillem a urgencias. Nada grave, finalmente. He llegado a casa pasadas la una y media. Al lado del ordenador tengo escrita una observación de Nietzsche: "El camino mas corto no es el más directo, sino aquel en que hinchan nuestras velas los vientos más propicios."


Hoy pensaba hablar de Nick Koudis, pero tengo sueño. Me conformo con mostrar tres fotografías suyas:
Nick Koudis

Me voy a Vic