Me preguntáis si me pasa algo, ya que desde el día 15 ando ausente de este café. A mí no me pasa nada, pero al tiempo sí. Va más deprisa. Va tan deprisa que no me queda tiempo para nada. Un sabio musulmán dijo un día que el sonido armonioso de una flauta que traía el viento no era más que el llanto de Satán, que quería retener el tiempo y no podía. Esta condenado a constatar que todas las cosas pasan y solo Dios permanece. Pues así estoy yo, sofocado de tanto correr tras del tiempo para enjaularlo y él, intempestivo, se me escabulle. Me levanto y echo una mirada al correo, y me cae un alud de mensajes encima. Suena el teléfono y me piden que concrete esto o aquello y mientras me pongo a concretar me echo encima los fardos de tres o cuatro compromisos más. A veces pienso -y, de hecho, lo soñé hace tres días- que este acelerón es el final, el que reúne las últimas fuerza para arañarle unas décimas al cronómetro antes de aplastarme contra la pared. Comienzo a tener un poco de miedo de mí mismo. No llego a lo que hago y aun así me comprometo a más. Me digo, para justificarme, que son los últimos cartuchos y que hay que meter ruido. ¡Y ya estamos otra vez en San Juan! ¡Ya comienza a menguar el día!
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.