martes, 10 de noviembre de 2015

El fin del hombre rojo

Artículo aparecido al ARA el domingo día 7

"Nadie nos enseñó la libertad. Nos enseñaron sólo a morir por ella". No se pueden olvidar estas palabras así como así una vez que se han leído en El fin del hombre rojo, de Svetlana Aleksievich.

No soy experto en la última premio Nobel de literatura, pero me había leído con tanta intensidad este libro inmenso y tristísimo que me vi obligado a hacerme una pregunta inquietante: ¿qué demonios hemos entendido por libertad a lo largo del siglo XX? Precisamente por eso he seguido con atención las reacciones de los críticos ante este Nobel inesperado. En un primer momento fueron de sorpresa y hasta de indignación: como se le había ocurrido a la Academia sueca premiar alguien tan desconocido? Algunos vieron en el Nobel una maniobra política atlantista. Poco a poco han ido modulando su tono y han pasado a defender que, en realidad, el premio no se lo habrían otorgado a una escritora, sino a una reportera, es decir, a un género literario, el periodismo narrativo. El Nobel, en última instancia, según algunos críticos estaría reivindicando John Reed. El inconveniente es que Svetlana Aleksievitch siempre ha negado que haga periodismo. Los críticos internacionales, más generosos y mejor informados, resaltan sin subterfugios el valor literario de sus libros y, utilizando términos cinematográficos, valoran su excepcional trabajo de montaje. Pierre Assouline, en La République des Livres, recordaba que está traducida a una veintena de lenguas y que había recibido premios internacionales muy relevantes con anterioridad al Nobel.

Si, como decía Pla, ante la realidad siempre nos encontramos en primera línea, Aleksievich ha recogido los efectos de la exposición a la realidad de un hombre que debía ser nuevo y sólo llegó a Homo sovieticus. Para sacar adelante este ambicioso proyecto se dedica básicamente a escuchar. Aleksievich ha dedicado su vida a afinar el oído. Por eso cada libro le requiere entre siete y diez años de trabajo. Visita una y otra vez una misma persona hasta que considera que ya está escuchando su voz genuina y bien afinada, liberada de la banalidad -que a todos nos acompaña- de los estereotipos que acostumbramos a utilizar a la hora de explicarnos lo que nos pasa. Su reto es a la vez literario y ético: quiere conseguir que cada persona conquiste su propia voz para explicarse sus propias experiencias: que movilice todo lo que es para mirarse frente a frente a sí misma.

Si de algo nos habla Aleksievich es del arte dificilísimo de la escucha atenta, el único capaz de reconocer lo que hay nuestro bajo lo que llevamos prestado. Lyotard decía que podemos transformar este mundo sólo con oírlo. De la posibilidad o imposibilidad de esta transformación trata también El fin del hombre rojo.

Abrir los archivos de la intimidad del hombre postsoviético ordinario no es poca cosa. La mera pretensión de hacerlo ya impugna el régimen sonoro que moldeó al hombre soviético. Lo más característico del totalitarismo no es lo que obliga a decir, sino lo que prohíbe callar. Todo hombre reacio a expresar su entusiasmo ideológico públicamente es culpable.

El hombre que toma la palabra ante Aleksievich es el residuo histórico de la gran empresa soviética de transformación de la humanidad del hombre. El prodigio de su escritura nos hace sentir el dolor incluso de las lágrimas derramadas anónimamente en silencio y hace tiempo ya olvidadas.

El régimen de la domesticación del silencio comenzó a ser vencido a partir de los años 60, a medida que se iban vaciando los apartamentos comunitarios y se generalizaban las cocinas privadas. Entonces fue posible gestionar autónomamente las tonalidades de la propia voz. En el seno de aquellas cocinas comenzó a desarrollarse una idea teórica y sublimada de la libertad, que es la única por la que estamos dispuestos a entregar la vida.

"Mis libros no hablan de nuestro pasado, sino de nuestros fundamentos", asegura Aleksievich. Leyéndola descubrí que la Biblia concede al hombre más dignidad que El capital porque, si bien lo considera hecho de barro, este barro es el del Paraíso. Para la Biblia siempre hay en el hombre algo que preservar, mientras que el experimento de creación del hombre soviético iba justo en la dirección contraria: el hombre viejo era algo a superar, a dejar atrás.

Una vez liberado del sueño totalitario, el hombre postsoviético ha descubierto que la libertad real es mucho más mediocre que la libertad ideal y que es más fácil olvidarse de las colas y de las tiendas vacías que de la bandera roja ondeando sobre el Reichstag. Esta es la moraleja que Putin parece haber sacado de todo esto.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Jordan Raditchkov. Tcherkaski


Jordan Raditchkov ama a las gentes de Tcherkaski como a nosotros nos gustaría que nos amara Dios, cediéndonos el paso, pero evitándonos cualquier tropiezo. Casi como las amaría yo, si fuese Dios. En Tcherkaski viven hombres y verbludos (sobre lo que sean estos últimos hay diferentes versiones poco coincidentes entre sí), zorros que cazan gallinas haciéndose los muertos y un servidor, cuando va de visita. Me han contado que el año pasado un escandinavo se perdió en Tcherkaski. Bajó del coche para fotografiar alguna cosa y ya no volvió. Su mujer, más luminosa que un cuento de Andersen (Señor, ¿dónde encuentran los escandinavos estas mujeres tan hermosas?), comenzó a llorar, mientras los campesinos la rodeaban intentando tranquilizarla. Un guardia forestal -al que su padre le había dejado en herencia una gran casa con una gran chimenea, un lobo y una oveja- se fue a buscar al escandinavo y lo encontró cogiendo coles en un campo. Cuando volvió con él al pueblo, descubrió que todos los hombres habían desaparecido... con la escandinava. Mientras el guardia forestal buscaba a la escandinava y a los hombres, el escandinavo inflaba las ruedas de su coche, que los niños del pueblo, negros como el hollín de tan sucios, le habían desinflado. Cuando un padre tiene la suerte de tener un hijo así de sucio, lo llama "mi pequeño cisne". En Tcherkaski no hay escandinavas, pero sí unas cuantas mujeres malcaradas a las que, desde siempre, se conoce como "filoxeras" y que cuando pelean entre sí se insultan mutuamente llamándose "filoxeras". Tcherkaski está en la ribera derecha del Danubio, que es un río por el que bajan muchas ideas que los europeos tiran al agua, pero ninguna de estas ideas se adapta al clima y latitud de Tcherkaski, posiblemente porque cuando la corriente las arrastra hasta el pueblo o bien están ya muertas o bien ya se han asilvestrado. Durante la noche, si se presta atención, se puede oír desde la cama el chapoteo de las cosas que arrastra el río. Una vez, en invierno, en el pueblo de Bregovo, un vecino descubrió en la nieve las huellas de alguien que para beber agua se había acercado descalzo hasta la fuente que se encuentra en medio de la plaza. Es de mármol y está formada solamente por dos pechos de mujer esculpidos que lanzan cada uno un chorro de agua. Aquel individuo descalzo llegó durante la noche a beber y es posible que hubiera acariciado también los pechos. Cuando los curiosos siguieron las huellas, acabaron en el Danubio. El individuo había salido del río y después regresó para esconderse. En realidad se trataba de un vampiro acuático. Vivía en el río, pero el agua del río no era suficiente para apagar su sed y necesitaba beber de la fuente de mármol. Antes el agua del Danubio era potable. De vez en cuando se veía flotar alguna mina rumana, pero una pequeña mina rumana, ¿qué mal le puede hacer a un río tan grande? Hoy transporta los tristes desechos industriales de Europa y los deposita en el Mar Negro. Así que los turistas centroeuropeos que vienen al Mar Negro con frecuencia se encuentra en la playa uno de sus viejos zapatos.

Debo añadir, porque lo acabo de comprobar, que en las mañanas de los sábados los músicos callejeros de Tcherkaski interpretan a Shestokovich y lo hacen para un perro desganado tumbado al sol y para mí, que sentado en un banco veo crecer mi propia sombra. No se me ocurre nada mejor que hacer.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Hablando de Jacob Klein


"Nothing affected [Klein and me] as profoundly in the years in which our minds took their lasting directions as the thought of Heidegger. This is not the place for speaking of that thought and its effects in general. Only this much must be said: Heidegger, who surpasses in speculative intelligence all his contemporaries and is at the same time intellectually the counterpart to what Hitler was politically, attempts to go a way not trodden by anyone or rather to think in a way in which philosophers at any rate have never thought before. Certain it is that one has questioned the premise of philosophy as radically as Heidegger. While everyone else in the young generation who had ears to hear was either completely overwhelmed by Heidegger, or else, having been almost completely overwhelmed by him, engaged in well-intentioned but ineffective rearguard actions against him, Klein alone saw why Heidegger is truly important: by uprooting and not simply rejecting the tradition of philosophy, he made it possible for the first time after many centuries—one hesitates to say how many—to see the roots of the tradition as they are and thus perhaps to know, what so many merely believe, that those roots are the only natural and healthy roots. (...) Klein was the first to understand the possibility which Heidegger had opened without intending it: the possibility of a genuine return to classical philosophy, to the philosophy of Aristotle and Plato, a return with open eyes and in full clarity about the infinite difficulties which it entails". (Leo Strauss, “An Unspoken Prologue”)

jueves, 5 de noviembre de 2015

Sois invraisemblable

Esta noche, cenando en Sofia, he regalado a la Universidad Nueva de Bulgaria una de las joyas de mi biblioteca:


Pero, ¡demonios!, en la mesa estábamos Vesselina Vassileva, Lidia Dimitrova, Anelia Iankova, Elena Tarasheva, Lachezar Rachev, Gilles Rouet y un servidor y, además, me acababa de decir una de las presentes que estaba utilizando la traducción búlgara de mi Introducción al vocabulario de Platón en sus clases en una universidad norteamericana. Aún así me ha costado desprenderme del libro, pero ¿qué regalas cuando das algo de lo que no te cuesta desprenderte?

El caso es que el buen Dios, como recompensa, ha querido que al pasar por una librería de viejo encontrara esto:


"Les récits de Tcherkaski", del gran Jordan Raditchkov, que decía que "la bida es una ermosa frase yena de fartas de hortografia". El libro comienza con este consejo: "Sois invraisemblable".


martes, 3 de noviembre de 2015

La metáforas las carga el diablo

"A mí me hace sospechar el que Marina acuda a ejemplos como el de la alumna negra que no podía hablar de los artrópodos porque su vida era un infierno. Puestos a referir anécdotas apócrifas, me gusta más la de la madre, también negra (todo sucede en la Norteamérica afro, por lo que parece) que le espetó a un profesor excesivamente comprehensivo: “A mi hija le enseña usted lo mismo que al blanco. Ni más ni menos.” 


Mira que yo soy poco gramsciano, pero a Dios, lo que es de Dios.

La escuela que enseña

Artículo publicado en el diario ARA: Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba la escuela a la que me hubiera gustado ir. La pregunta es pe...