sábado, 26 de septiembre de 2026

La escuela que enseña

Artículo publicado en el diario ARA:

Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba la escuela a la que me hubiera gustado ir. La pregunta es pertinente como divertimento pedagógico y con ese espíritu ofrezco mi respuesta.

Sería, en primer lugar, una escuela que enseña (pone hitos y educa la atención).

Daría a los alumnos al máximo posible tiempo de calidad. Un alumno vulnerable necesita que la escuela compense las carencias cognitivas que lleva de casa. ¿Quién, si no, lo hará? Perder el tiempo es privarle de oportunidades.

Trabajaría a fondo el vínculo entre comprensión lectora y conocimientos previos. Quien sabe más, comprende mejor y acumula más bagaje, ampliando sus conocimientos previos. Enseñar contenidos es también enseñar a leer.

Cuidaría de la alfabetización disciplinar. Dado que cada materia tiene su propio léxico, todo maestro es un maestro de lengua. No existe actividad escolar que no pueda enriquecer el lenguaje de los alumnos.

Dispondría de un rico currículum en contenidos: acumulativo, secuencial y coherente. Basado en el conocimiento, impulsado por el conocimiento y articulado en unidades didácticas, de acuerdo con el principio "de lo simple a lo complejo ".

Cada actividad evaluaría la carga cognitiva asequible, porque es necesario dar a los alumnos lo que la IA elimina, el esfuerzo.

Daría valor al saber, porque sólo nos esforzamos por conseguir lo que consideramos valioso. Sin conocimiento no existe pensamiento de orden superior. El conocimiento es aquello con lo que pensamos

No confiaría demasiado en la existencia de competencias genéricas. Los neurólogos, por ejemplo, no son particularmente buenos diagnosticando casos de cardiología.

Como nos tomaríamos en serio la equidad, apostaríamos por un currículo secuencial, con una progresión controlada y una enseñanza explícita (la más eficaz).

Habría un currículum para todo el centro, no tantos currículum como alumnos con problemas de aprendizaje. Un currículo bien secuenciado no deja a nadie atrás.

Defendería que el conocimiento no tiene ninguna propiedad que le impida ser transmitido y no confundiría epistemología y pedagogía.

Su principio básico: Ningún alumno puede hacer lo que no ha aprendido. Por eso se enseñaría para recordar. Sin modificaciones en la memoria a largo plazo, no hay aprendizaje. No menospreciaríamos la memoria y veríamos el olvido como un reto pedagógico (como nos recuerda la curva de Ebbinghaus).

Lo primero que haríamos con un niño con problemas de aprendizaje es preguntarnos por sus posibles causas pedagógicas.

Nuestra escuela se vería como una institución republicana comprometida con el fomento de la cultura común.

La relación pedagógica clave sería el cara a cara. No tiene sustituto, aunque siempre ha requerido complementos (desde las tabletas de arcilla hasta las digitales).

El error del alumno se vería como una oportunidad de aprendizaje, partiendo de la base de que el estudiante suele dar la respuesta correcta a la pregunta que él mismo se hace. Por eso hay que hacerle explícita la lógica de su error.

Dedicaríamos todos los recursos disponibles a los momentos en los que se manifiestan trayectorias divergentes en los alumnos (cuando se pasa de aprender a leer a aprender leyendo, por ejemplo).

La escuela sería inclusiva, pero no necesariamente lo sería cada aula de forma permanente. Los niños neurodivergentes, por ejemplo, necesitan una atención continuada y a medida.

Practicaríamos las palabras mágicas que facilitan la convivencia: gracias, por favor, perdón, confío…

En nuestras aulas no habría sitio para la ansiedad matemática. No existe humanismo sin matemáticas.

Nos gustaría todo lo que permite dejar las diferencias sociales en la puerta del centro. Se celebraría la excelencia ajena y se estimularía su emulación,

Amaríamos mucho más el pensamiento riguroso que el pensamiento crítico, y el razonamiento mucho más que la opinión,

Tomaríamos con pinzas la educación emocional, no sea que sea el mal del que ella se cree cura.

A las familias les pediríamos tres cosas: garantizar la higiene del sueño de sus hijos, permitir les gozar del juego libre y arriesgado, y diez minutos de lectura diaria (alrededor de 730.000 palabras al año).

El resumen de todo es la convicción de que escribir es hacer visible el propio pensamiento. Una vez visualizado, puede ser cuestionado, refinado o fortalecido. Escribir bien es practicar el pensamiento riguroso porque, lejos de reducirse a ser un medio de transmisión de ideas, la escritura es la mejor forma de hacernos con ideas claras y distintas. Claridad es empatía. Como dice mi admirado Nick Gibb, la lectoescritura no es parte de la educación, es lo que hace posible la educación, porque clarifica metas y fortalece la atención.

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