sábado, 10 de marzo de 2007

Estos no son aforismos cavernarios

En lugar de ir a manifestarme, me he refugiado en la Galeria d'Art Aimara, de Premià de Mar, a escuchar a Jordi Jané recitar sus poemas. Pero mientras lo escuchaba, mi daimon me ha ido susurrando al oído:

1. La ciudad es la caverna.
2. La caverna es el reino del simulacro (esto es de Platón, no de Baudrillard).
3. En política eres lo que tu elector potencial cree que representas.
4. Ningún político controla las consecuencias imprevistas de sus buenas intenciones.
5. Las buenas intenciones también producen perjudicados.
6. La política es el arte de elegir perjudicados por tus buenas intenciones.
7. El elector demócrata es un ciudadano narcisista que necesita identificarse con una causa noble y sobre todo, ascendente.
8. En política quien juega a la defensiva, pierde, porque representa una causa acorralada.
9. Quien define su razón de ser por su identificación con el progreso (progresismo) no puede, sin contradecirse a sí mismo, jugar a la defensiva.
10. Maquiavelo sigue vivo: La política es básicamente correlación de fuerzas.
11. Deberían convocarse oposiciones públicas para político. Los opositores tendrían que demostrar su capacidad para sobrellevar la frustración repitiendo de manera convincente, mientras se hunden en el fango, aquella máxima nietzscheana: "Sin alegría no haya nada que salga bien".
12. No hay alternativa a la política. Debemos confiar en nuestros políticos aun en contra de su voluntad.

viernes, 9 de marzo de 2007

Aforismos de las 21:06

I

La naturaleza, vista por el hombre, ya es cultura.

II

Más me sé a mí mismo con el “se” del sabor que con el “sé” del saber. Y me se a poco, a regusto.

III

Hay gentes que el nacer los deja exhaustos.

IV

Si bien es verdad que debemos alguna fidelidad a nuestros principios, los que deben ser sagrados son nuestros prejuicios. Son los prejuicios compartidos los que permiten entendernos y hacernos compañía.

V

Emborracharse de virtud, eso sí que es onanismo.

VI

El nihilista para hacerse creíble tiene que ser poco amigo de aspavientos. Un nihilista con un faro a los hombros es un oxímoron. El nihilismo sincero sólo puede ser invisible.

VII

Efectivamente, parece que uno se va haciendo anciano a medida que se va adentrando en su pasado, hasta perder de vista el horizonte del futuro.

VIII

La prudencia es el arte de administrar la verdad soportable por el otro. La felicidad, el arte de administrar la verdad soportable por uno mismo.

IX

El día de la mujer trabajadora es un ramo de rosas ideológicas que el presente le regala a su conciencia.

X

El gusto estético que cabe, íntegro, en una historia del arte, repite sabores ajenos.

XI

¿Quién maneja los hilos? ¿El yo? ¿Y quién maneja los hilos que maneja el yo? ¿Y los hilos del que maneja, etc, etc?

XII

Es mucho más fácil amar a la patria que al vecino del quinto. El sueño del patriota: una patria sin vecinos del quinto.

XIII

Feliz: aquel que se cree propietario de lo mejor de sí mismo e inquilino provisional del resto.

XIV

La profundidad, en el pensamiento, es cuestión de fondo. Con frecuencia confundimos lo profundo con el límite de nuestra resistencia.

Retrato de español escuchando un noticiario

Vía Kutev

jueves, 8 de marzo de 2007

Una impertinencia

Hay una larga, larga tradición de desaveniencias entre los filósofos y las mujeres. El iniciador de la filosofía occidental, Tales, es también el iniciador de la historia de la misoginia filosófica. Ya hemos hablado aquí de las burlas de que fue objeto por parte de su criada tracia. A diferencia de los artistas, que tienen bula para ser bohemios y pendones, parece que la naturaleza erótica de los filósofos se desquicia cuando se la relega por la teoría.

"El filósofo -escribe Nietzsche en La Genealogía de la moral- tiene horror al matrimonio (…). ¿Qué gran filósofo ha estado casado? Heráclito, Platón, Cartesio, Spinoza, Leibniz, Kant y Shopenhauer no lo estuvieron, y ninguno pensó nunca en casarse. Un filósofo casado pertenece a la comedia, esta es mi tesis: con la excepción de Sócrates, pues el malicioso Sócrates parece haberse casado irónicamente, para apoyar mis argumentos."

Añadiré a esta lista el nombre de Antístenes, que contestó a quien le preguntó con qué tipo de mujer convenía casarse:
Si es hermosa, la tendrás que compartir, si es fea, la tendrás que soportar.
Recuerdo también a un filósofo anónimo (bien olvidado está su nombre) que cuando una tormenta alborotó el barco en el que navegaba, lanzó por la borda a su esposa en cuanto el capitán ordenó soltar lastre.

Quizás el más misógino de todos los filósofos haya sido Schopenhauer. "El amor, las mujeres y la muerte" es un libro que no deberíais regalar nunca a ninguna mujer un 8 de marzo. Eso no significa que en su juventud no le gustasen las faldas. "Me gustaban mucho -escribe por algún lugar-; ójala les hubiera gustado yo". Y es que él no le interesaba ni a su propia madre. Cuando escribió "Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente" se presentó ante ella, que entonces vivía en Weimar, a la sombra de Goethe, con el libro en la mano. Fue recibido con este comentario: "Un libro con un título tan extraño sólo puede ser apto para farmacéuticos". No seré yo quien ensalce la destreza de Schopenhauer para poner títulos a sus obras, pero, vamos, tampoco es eso...

El mundo

The St. Petersburg Declaration

Ese extraño gusto

Tras publicar el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Jean-Jacques Rousseau abandonó Ginebra y se refugió cerca de París, en Montmorency, donde madame d’Epinay le ofreció una casa que acababa de restaurar, conocida como Ermitage, amplia, cómoda y rodeada de esa naturaleza que tanto necesitaba el filósofo para sentirse auténticamente en casa. Allí se instaló, con la madre de sus hijos abandonados y con la anciana madre de ésta. Allí fue, también, donde se enamoró, morbosamente, a su estilo, de la condesa Sophie d’Houdedot, veinte años más joven que él. Claro que ella se le presentó de improviso y de una manera completamente irresistible: con pantalones de montar y, sobre todo, con una fusta en la mano. Madame d’Epinay no tenía nada que hacer ante semejante competidora.

Los biógrafos con tendencias psicoanalíticas explican la atracción de Rousseau por las mujeres hábiles con el látigo por -¿cómo no?- un trauma infantil. Alegan, y es cierto, que al morir su madre, su padre lo dejó al cuidado de un tío que, a su vez, lo entregó a un clérigo, el pastor Lambercier. Este pastor tenía una hermana atractiva, soltera y treintañera que, por lo visto, le arreaba unas samantas de aquí te espero. Es el propio Rousseau quien se encargó de dar un cuarto al pregonero, puesto que de su puño y letra escribió lo siguiente:

Incluso después de haber alcanzado la edad casadera, este extraño gusto todavía perduraba y casi me llevó a la depravación y la locura… Caer rendido a los pies de un ama impetuosa, obedecer sus órdenes o implorar su perdón se me figuraban los más exquisitos goces, y cuanto más inflamada estuviera mi sangre por los trabajos de la imaginación más viva, tanto más tomaba yo el aspecto de un amante lloriqueante.

Reconozco que esta imagen ha arruinado tanto mis lecturas de Rousseau como mi fe en el optimismo antropológico.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...