jueves, 18 de abril de 2019

El logos inaudito

En El Subjetivo

Los parámetros de los movimientos sociales: un paradigma formal

En 1958, exasperado por la jerga que infectaba las ciencias sociales, el sociólogo Daniel Bell escribió, con intención de ridiculizarla, un pequeño ensayo titulado "Los parámetros de los movimientos sociales: un paradigma formal."

Comenzaba asegurando que pretendía presentar una dicotomización taxonómica que podría permitir comparaciones unilineales. De esta manera se podría aspirar a distinguir las variables relevantes que determinan las especificidades funciones de los movimientos sociales. “Cualquier esquema clasificatorio -añadía-, es, esencialmente, una respuesta a otro esquema implícito. En este caso, es un intento de responder a las diversas teorías hylozoicas que niegan que las categorías sociales puedan ser separadas”.

Bell dividió los movimientos sociales en dos tipos: homólogos y metónimos. 

Los movimientos homólogos se distinguen por las variables que consideran, que pueden ser estructurales (monocotiledóneos y dicotiledóneos), matriciales (ultramontanos y antinómicos) o de proceso (sincretista y diastrófico). 

Los movimientos metónimos, en cambio, están marcados por las definiciones de sus objetivos (trascendental o escatológico), una matriz de cambio que puede ser quietista o quiliástica (esta última, a su vez, puede ser sectaria o lacrimosa) y un modo de cambio que es inmanente o informado por kairos (diástais).

Bell aseguraba que envió el ensayo "a dos amigos sociológicos, que creí que podrían apreciar su intención". Uno le envió una carta seria discutiendo algunas de las categorías; mientras que el otro, sin saber si se trataba o no de una parodia, escribió: Usted es un sociólogo demasiado bueno como para no haber creado algo que, en sí mismo, es bastante útil".

(En Dwight Macdonald, Parodias, 1960.)

miércoles, 17 de abril de 2019

Sant Jordi


Unamuno sobre don Marcelino, su maestro

“Ha venido a dar a mis manos la nueva edición de la Historia de los Heterodoxos Españoles, de mi venerado maestro Menéndez y Pelayo, y cuyo sétimo y último volumen acaba de aparecer. ¡Y qué de actualidad! Porque parece de hoy la quijotesca batalla que don Marcelino libró hace más de medio siglo contra los campeones de la revolución liberal de España. 

(…)

En otro pasaje dice de Feijóo don Marcelino que fue “filósofo” sin duda, aunque no de la generosa madera de Santo Tomás, de Suárez o de Leibnitz, sino con esa filosofía sincrética y errabunda, a cuyos devotos se llama hoy “pensadores”... ¿Y él, don Marcelino? Él, el periodista que compaginaba en robustos volúmenes hojas volantes, pensador —o investigador más bien— sincrético y errabundo más que filósofo. Benedetto Croce ha visto muy bien que le faltó filosofía. Y yo, que fui su discípulo directo —y hasta oficial—, que le quería y le admiraba, tengo motivos para creer que la honda filosofía, la contemplación del misterio del destino humano, le amedrentó, y que buscó en la erudita investigación una especie de opio, un anestésico, un nepente, que le distrajera. No se atrevió a mirarle ojos a ojos humanos a la Esfinge, y se puso a examinarle las garras leoninas y las alas aguileñas, hasta a contarle las cerdas de la cola bovina con que se sacude las moscas de Belzebú. Le aterraba el misterio. Y por esto él, que tan hondamente sintió a Lope de Vega, no llegó a penetrar en todo el trágico sentido de Calderón, el de “la vida es sueño”. Y es que temía que este sueño le quitase el sueño.

Unamuno, “Don Marcelino y la Esfinge”, en El Sol (Madrid), 10 de mayo de 1932.

martes, 16 de abril de 2019

¿Nos gusta engañarnos a nosotros mismos?

En El Mundo

Je vous salue, Marie

Je vous salue, Marie, pleine de grâce;
Le Seigneur est avec vous;
Vous êtes bénie entre toutes les femmes;
Et Jésus, le fruit de vos entrailles, est béni.
Sainte Marie, Mère de Dieu,
Priez pour nous, pauvres pécheurs
Maintenant et à l’heure de notre mort.
Amen.

lunes, 15 de abril de 2019

Don Emilio Castelar de rosa y frente a un chiflado

He terminado de leer las notas que Ginés Alberola escribió sobre su venerado Emilio Castelar, de quien fue durante años su secretario personal (Emilio Castelar. Memorias de un secretario). He de decir que la lectura ha estado empañada por el zumbido de un moscón morboso que no me ha dejado en paz ni aun después de concluida.

Me explico.

Aquilino Duque cuenta en Mano en Candela que en una ocasión Camilo José Cela y Fernando Quiñones, paseando por la ciudad de Cadiz, fueron a parar a la plaza de la Candelaria, donde toparon con la estatua de Castelar. "Al llegar ambos ante el monumento, comentó Camilo, según Quiñones: Ahí donde lo ves, le quitó un amante a mi tía la Pardo Bazán." 

La vida de Castelar, leída desde las posibilidades interpretativas que brinda esta anécdota -que, sin embargo no creo que Duque pueda garantizar, conociendo a Cela, que recoja fielmente la verdad de los hechos-, se tiñe con un color más rosado, lo cual, obviamente, no le resta nada a su dimensión política, pero sí da otro posible significado a algunas anécdotas, aunque no sea el caso de la siguiente.

Alberola relata con su habitual vehemencia, que al finalizar Castelar una de sus clases en la universidad, mientras recogía sus libros y apuntes, se presentó ante él, súbitamente, "un hombre escuálido, larguirucho, de rostro atezado, con bigotes negros  ... y unos ojos fulgurantes que en vez de mirar despedían rayos."

Castelar le pregunto qué deseaba y el recién llegado se lo aclaró sin alterarse:

- Nada en particular, señor Castelar. No se asuste. Vengo desde América exclusivamente a proponerle a usted un desafío. Yo necesito hacerme célebre y no veo medio mejor que, en noble lid, cruzar con usted unos tiritos o una espada. Eso lo dejo a su elección.

- ¡Pero buen hombre -le contestó Castelar- , si yo no le he inferido , ni usted a mí, ninguna ofensa!

- No importa -replicó el otro.

Castelar comenzó a gritar pidiendo auxilio. El visitante sacó del bastón que llevaba un estoque y persiguió al prohombre hispano entre mesas y sillas. La persecución sólo acabó con la llegada del bedel.

Un niño en el hogar.

El pasado día 8 participé en Vic en la inauguración del curso escolar y aprovechando el viaje, me perdí un rato en Costa Llibreter, la libre...