sábado, 14 de julio de 2018

Mis recorridos por las peluquerías barcelonesas

Entro en una peluquería del barrio de Horta. Podríamos estar en cualquier barrio periférico de cualquier otra gran ciudad de España. La puerta está abierta de par en par, con la ilusa pretensión de que corra un poco de aire. Hay dos peluqueras de unos 40 años y tres clientas, entre ellas una señora mayor. Les pregunto a ver si tienen un hueco y me dicen que en media hora. Les contesto que  bien, que estaré en el bar de enfrente tomando un café en la terraza y que en media hora vuelvo. No me hace esperar tanto. A los 15 minutos una de las peluqueras viene a por mi. 

¡Cómo me gustan estas peluquerías de barrio: marujanudas, pequeñas, sin aire acondicionado, en las que se habla de todo sin conciencia de lo políticamente correcto y además, te cortan el pelo bien y barato! Estas peluquerías son uno de los últimos reductos de la libertad de palabra de este mundo, especialmente después de que las peluquerías masculinas fueran copadas por los hipsters. 

Me siento ante un espejo a la izquierda de la señora mayor, a la que no le acaba de gustar cómo la están dejando. La peluquera que la atiende intenta justificar lo que hace diciéndole que al ir perdiendo pelo por delante, es mejor echarle un poco del centro sobre la frente. La señora mayor no contesta pero es evidente que no se siente cómoda con la imagen de sí misma que ve en el espejo. "Yo siempre me he peinado de la misma manera", me dice a mi. "¿A usted le parece que tengo poco pelo?". "¡Yo la encuentro guapísima!", le digo, sin miedo de que me expulsen de allí por machista, como a Francisco Ayala de la universidad a la que a lo largo de su vida ha donado más de un millón de dólares.

La mujer me toma confianza y me cuenta que cuando su hija se va "a vete tú a hacer qué", la trae a la peluquería y aquí la deja hasta que viene a buscarla. "Mejor eso que abandonarla en urgencias de Vall de Hebrón", le dice una peluquera. El Hospital de Vall de Hebrón está aquí mismo. "Eso sí", acepta la anciana. "Pero a mi no me gusta este corte de pelo, y después dicen que el que paga manda". La peluquera sigue en sus trece y le dice que así es como está bien. "Vendrá a por mí cuando le parezca, que nunca tiene prisa en estos casos", se me lamenta la mujer, refiriéndose a su hija. 

Las dos peluqueras y una clienta que acaba de entrar comienzan a hablar de sus hijas adolescentes. "De los 12 a los 14 son tonterías, que cansan, pero son tonterías, pero a partir de los 14, no. ¡De tonterías nada!". "Tranquilícese, señora", le digo. "¿Qué me tranquilice?", me  pregunta. "Sí, que la adolescencia no dura para siempre, para los 30 años se supera". Se echan a reír y comienzan a nombrar casos de adolescentes de 30 años que andan por el barrio "al buen tun-tún". 

Me acaban de cortar el pelo. 5 euros. Antes de salir, me despido de la anciana, a la que han dejado como la peluquera ha querido. "¡Aún tardará un rato en venir!", me dice. 

viernes, 13 de julio de 2018

La última agenda


Llego, finalmente, a la última agenda de Victor Serge, la de 1947. 

Serge murió el 17 de noviembre de este año, supuestamente de un ataque cardiaco en el interior de un taxi. El taxista no se enteró de lo ocurrido hasta que no llegó al destino. Me imagino que al morir llevaba esta agenda en el bolsillo de la americana. La última anotación es del día 15, pero en la última página hay garabateado con pulso tembloroso un texto en ruso que le he enviado a un amigo moscovita para que me lo descifre y traduzca, si puede ser. No negaré que estoy impaciente por recibir la respuesta. ¿Y si fueran las últimas palabras se Serge?

Nada más abrir la agenda se ha caído al suelo una estampita. Al principio me ha parecido entrever a una santa, pero no, la imagen es la de arriba. El autor de la misma es Jesús Helguera. O sea, Jesús Enrique Emilio de la Helguera Espinoza (1910-1971), hijo del emigrante español Álvaro de la Helguera.

La primera anotación es la del martes 31 de diciembre de 1946: "Minuit chez Eleonora [Carrington]".

miércoles, 11 de julio de 2018

¡Atrévete a salir al encuentro del saber!

Jean-François Revel cuenta en un capítulo de sus memorias (El ladrón en la casa vacía) su experiencia como profesor en Italia y entre otras cosas dice lo siguiente: “La ciencia y paciencia del profesor pueden recorrer la mitad del camino para acudir al encuentro con el alumno, pero no pueden reemplazar el esfuerzo inherente al acto de aprender. Históricamente y hasta el final de los tiempos, no ha habido ni habrá resultado educativo si la mitad del camino no está recorrido por la curiosidad y voluntad del alumno”. Por eso el mensaje “¡Atrévete a saber!” se puede expresar también de esta manera: “¡Atrévete a ser activo, a salir al encuentro del saber!” O de esta otra: “Atrévete a transformar y experiencia y la ajena en ideas ordenadoras de tu conducta”.

domingo, 8 de julio de 2018

1945

Me falta la agenda de 1944. Una pena, pero estas cosas suelen pasar. Han transcurrido muchos años y lo sorprendente es que haya conseguido todas las otras.

La agenda de 1945 confirma varias cosas que ya se insinuaban en las anteriores: la soledad creciente de Serge; que la vida con su compañera, Laurette, es un campo minado de depresiones y silencios lacerantes, de situaciones en las que la ruptura definitiva parece inminente a las que suceden, a veces, como por milagro, tardes plácidas en las que parece posible la esperanza; el predominio de las páginas en blanco; la aparición de páginas con una sola palabra, "rien"; y la reducción de la letra, cada vez más difícil de leer...  

Entre las sorpresas que me ha deparado esta agenda, resalto estas dos:

En primer lugar, el encuentro, el 6 de septiembre, con el socialista español Fernando de los Ríos, que mucho antes que Serge ya había defendido un socialismo humanista y que se atrevió a reivindicar ante Lenin la importancia existencial de la libertad.


En segundo lugar, ese objeto: ese pequeño y humilde lápiz, que me parece un objeto íntimo, muy personal, y, por eso mismo, emotivo: es el lápiz de un escritor.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...