lunes, 13 de julio de 2020

Sobre la soberanía


Juan Valera, Estudios críticos, 3:

 Pp. 315-6: “Nosotros creemos que la soberanía, en su origen, está en el pueblo, instrumento de que se vale dios para concederla a quien quiere y a quien importa. No hay potestad que no venga de Dios, en primer lugar, porque no hay nada que él no venga, y en segundo lugar porque la muchedumbre, divinintus erudita, como guiada y enseñada por el mismo Dios, pone las bases y echa infalible y firmemente el cimiento de toda sociedad humana. Entendida la doctrina de este modo, no sea de negar que la soberanía reside, es inmanente en la nación; pero la nación vive y se extiende por toda la prolongación de su historia, y no se muestra como soberana y como constituyente así propia, a cada momento. 

P. 341: “Nuestra opinión sobre la soberanía es la misma de Domingo de Soto. Comentando este sabio teólogo las palabras del apóstol, dice: no est potestas nisi a Deo, no hay poder que no venga de Dios; mas no porque la república no cree los reyes y todos los poderes, sino porque lo hace por inspiración divina. Non quod respublica non creaverit principes, sed quod id fecerit divinitus erudita. Lo mismo piensan y afirman Rivadeneyra, en su tratado del príncipe, contra Maquiavelo; fray Juan de Santa María, Mariana, Lainez en el discurso que pronunció en Trento, y fray Antonio de Guevara en su sermón sobre el oficio y dignidad del rey, predicado en presencia de Carlos V emperador. El propio Antonio Pérez, no el secretario de Felipe II, sino el autor del Jus publicum, tiene idéntico sentir que los teólogos, aunque jurisconsulto, y por consiguiente, menos liberal, pues el estudio de las leyes romanas del Imperio predisponía entonces a los jurisconsultos para que fuesen absolutistas... Estos autores… al hablar, pues de la república, que divinamente inspirada se crea un gobierno, no hacían historia: lo que hacían era poner un fundamento filosófico a las potestades civiles; establecer de un modo racional el derecho a la soberanía... No era posible, ni lícito, ni podía fundarse la soberanía en la astucia, ni en el valor de un tirano, ni en la debilidad de un pueblo, ni en la usurpación, ni en la conquista. Algo debía haber por cima de esos hechos que constituyese el derecho, creando la legitimidad.”

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