miércoles, 8 de julio de 2020

Ahora es cuando tengo miedo

Hace unos días, cuando aún me llevaba bien con la verticalidad, contemplé horrorizado uno de los espectáculos más lamentables que he visto en mucho tiempo: cómo los bañistas de la playa de Ocata tomaban al asalto el tren de cercanías un domingo por la tarde como si fuera el metro del lunes en hora punta. La mayoría no llevaba mascarilla, pero todos pugnaban por entrar, empujando como fuera, en unos vagones ya abarrotados. De repente me invadió una profunda tristeza. En realidad ya me había dicho a mí mismo varias veces que no aprendemos nada de la historia, pero es que aquella nada que estaba contemplando era tan lamentable... Un vigilante intentaba infructuosamente convencer a los pasajeros para que esperasen al siguiente tren, que pasaría en pocos minutos, pero los bañistas, con sus bolsos, sus toallas, su piel tostada y sus cuerpos semidesnudos, seguian empeñados en conseguir lo imposible. Volví a casa convencido de que estamos condenados a una y mil recaídas. Hay aún muchas muertes esperándonos en los próximos meses.

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