jueves, 11 de octubre de 2018

Diario de un viaje, V

Domingo 23 de septiembre

17:00. Hotel Portón de Bogotá. Bogotá. Colombia. Tumbado en una cama inmensa que debe tener no menos de 2,5 metros de ancho.

Me ha sorprendido la nitidez del aire nada más salir del avión, su transparencia, que permitía perfilar con nitidez las montañas del Oriente y he recordado cómo bautizó Humboldt (que también estuvo por aquí) al valle de la Ciudad de México: La región más transparente. La verdad es que después, en las calles de la ciudad, la transparencia se hizo menos evidente, pero la primera impresión que te ofrece una ciudad cuenta mucho en tu consideración global de la misma, aunque después los hechos la corrijan.

Ayer por la noche vino Laura, la hija de Ramón Mercader, al Hotel María Cristina. Le entregué lo que me había pedido que le trajera de España: una bota de vino y un porrón de cristal. 

Hablamos, como no podía ser de otra manera, de su familia. Ella me insistió mucho en la gran ternura de su abuela Caridad. Tenemos ya suficiente confianza entre nosotros como para reconocernos que la versión de cada uno es una perspectiva parcial sobre unos personajes poliédricos y complejos. Yo le repliqué con ejemplos que mostraban una Caridad muy poco tierna. Sin duda, los dos teníamos razón. Laura recordó también, con tristeza, el vacío que le hicieron a su padre sus camaradas del PCE y del PSUC cuando se instaló en Moscú, en 1960. Se sentía solo, abandonado, relegado. Era alguien cuya conducta había dejado de ser heroica para convertirse en “un caso” del que era mejor no contaminarse con ninguna proximidad. A veces padecía pesadillas terribles en las que se ponía muy violento. En alguna ocasión llegó a morder a su mujer, Roquelia, con la misma saña con que Trotsky lo mordió a él tras descargarle el piolet en la cabeza. Sólo Laura, podía, en parte, calmarlo. “Mi padre me consentía todo”. Con mayor tristeza aún recordó la enfermedad mortal de su padre, el cáncer de huesos, que lo mantuvo en la cama de un hospital con los dos brazos enyesados. Se le iluminaron un poco los ojos al rememorar cuando se hacía el dormido al recibir alguna visita que le resultaba molesta. En estas ocasiones, Laura le cogía la mano y se comunicaban entre sí con pequeños apretones.

Yo, por mi parte, le transmití mi última versión de lo ocurrido aquel 20 de agosto de 1940 en que Ramón Mercader acabó de forma tan dramáticamente violenta con la vida de Trotsky.

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