lunes, 17 de abril de 2017

La memoria también está hecha de desgarros

Permitidme que os cuente algo muy íntimo.

Hoy he tenido que sacrificar a nuestra gata, Bacallà Salat. Padecía una enfermedad que se ha complicado gravemente en las últimas horas y hemos decidido ahorrarle sufrimientos innecesarios.

Y la casa se nos ha quedado vacía de repente.

Ya no tendremos que gritarle porque nos destroza los sofás o porque se sube a la mesa mientras comemos o porque se mete en nuestra cama cuando tiene frío o por su manía de beber agua de la ducha o por sus maullidos tan espectaculares, por los celos que sentía de nuestros nietos, por su insistencia en pasearse por el teclado del ordenador cuando yo estaba escribiendo alguna cosa urgente, por...

Ya no tendremos que lamentar la cantidad de pelo que dejaba por todas partes, ni que se pase a la terraza del vecino a mear en sus macetas.

Me la encontré un día por casualidad al bajar del coche. Casi la piso. Era una gatita de pocas semanas, abandonada, sucia, enclenque, enferma. Como me había jurado a mí mismo no volver a tener animales domésticos después de que se nos muriera una perra que habían crecido junto a nuestros hijos, decidí no hacerle caso y la dejé junto al coche. Pero horas después me la encontré a mis pies en el instituto en el que trabajaba entonces, el IES Thalassa de Montgat. No sé cómo consiguió entrar ni menos aún cómo hizo para localizarme, pero el hecho es que una cosa es pasar de largo ante una gata abandonada y otra desembarazarte de una gatita que ha venido a buscar cobijo entre tus pies.

Recuerdo perfectamente la cara de sorpresa que pusieron mi mujer y mis hijos cuando la traje a casa.

Siempre tuvo un genio considerable. En el veterinario la temían. No dejaba entrar en casa a extraños, si la contrariabas protestaba de manera airada y le costó mucho ir aceptando a nuestros nietos (con el pequeño aún tenía sus más y sus menos).

Pero estaba ahí con un estar ahí que es imposible de explicar a quien no se haya quedado nunca atrapado por la mirada de un gato ni haya sentido nunca sus neurosis deshacerse en su ronroneo.

Sus dos últimas fotos, esta misma tarde, en el veterinario:




Ayer, en Valencia

Magnífico día, el de ayer en Valencia. Creo que esta es una ciudad en la que podría vivir. Cordialidad y agotamiento, pero ese agotamie...