martes, 16 de agosto de 2016

El hígado de Prometeo


No sé qué nombre ponerle a lo que siento por Jorge Bustos. Es una extraña mezcla de admiración, ternura, agradecimiento de alumno y -si me respetan la seriedad de la palabra- de amor. Es necesario que diga esto último para alejar de mí cualquier tentación de subjetividad. Quizás alguno de ustedes piense que después de la declaración inicial, lo que correspondía era una justificación defensiva de mi subjetividad. Pero es que yo pienso, como los neoplatónicos -¿verdad, querido Siriano?-, que sólo la mirada erótica es capaz de descubrir en el objeto lo que hay en él. No es el amor lo que nos hace ciegos, sino el desinterés. Lo dijo Percy Shelley y lo repitió beatamente Ortega. El amor -esto lo digo yo-  es el microscopio de la clarividencia.

O sea, que me considero en condiciones de asegurar que Jorge Bustos está destinado a ser el Lionel Trilling de la cultura española. Tiene argumentos de sobra para ello: cultura amplia y asentada, curiosidad, estilo, picardía, sagacidad, intuición, ironía, agilidad en la argumentación, ambición, imprudencia y una cierta percepción (en esto todos vamos a tientas) de por dónde van los tiempos (por cierto, Jorge, si no conoces The moral obligation to be intelligent, de Trilling, me gustaría regalártelo).

He andado estas últimas semanas enredado con filósofos políticos, de Donoso a Freund, pasando por Kristol (padre, madre -la Himmelfarb- e hijo) y Carl Schmitt y cuando me enredaba en exceso, acudía para desenredarme, a la prosa de Jorge, un magnífico disolvente de espesuras. Me leía uno de los deliciosos capítulos de su libro y volvía a creer que aunque dos y dos no necesariamente sean cuatro en todos los mundos posibles, cuando vas a comprar al mercado conviene tomarse la aritmética popular  muy en serio.

Jorge Bustos se define a sí mismo por su voluntad de no poner todos sus huevos (usted perdone, Jorge) en la cesta de la actualidad. Es de los que creen que un porcentaje, aunque sea ligero, de inactualidad le va de maravillas a la inteligencia: "no se dejen embaucar por mi aspecto: en realidad soy un hombre muy anciano, un occidental enrolado voluntariamente en su propia tradición, un anacrónico partidario del canon contra la liquidez posmoderna." Y, por si fuera poco, va a clases de boxeo y es del Madrid.

Jorge es un rezagado voluntario, que es la condición imprescindible para escribir con sentido en una España que tiene la rara singularidad de ser pospatriótica sin haber sido nunca cabalmente patriótica.

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