jueves, 23 de abril de 2015

Las competencias y la inapetencia

Me reúno con una importante institución que organiza cursos para profesores. Me hablan de sus proyectos y de las cosas que hacen y quieren hacer, pero yo, por incordiar, me intereso por las cosas que no se atreven a hacer. 
- ¿Qué quieres decir? -me preguntan.
- No me refiero a las cosas que no tenéis dinero para hacer, sino a las cosas que veis que no tienen interés para el profesorado.
Las tres personas que tengo delante se miran entre sí.
- ¿Qué cursos, por ejemplo, si los ofreciéráis al profesorado, correríais el riesgo de que sólo vinieran cuatro gatos? ¿Qué temas son de fracaso asegurado?
- Cualquier cosa relacionada con las competencias -me dice uno y los otros dos asienten inmediatamente.

Conclusión: el día que nos atrevamos a escuchar al profesorado, comenzaremos a entender lo que nos pasa y el día que comencemos a entender lo que nos pasa, estaremos en condiciones de mejorar.

La paradoja del falo

"¿Cuál es el objeto más ligero de la tierra? El falo, pues es el único que se levanta sólo con el pensamiento".

Slavoj Zizek, Mis chistes, mi filosofía.

lunes, 20 de abril de 2015

La impaciencia de la opinión

Me paso la mañana diciendo que no a diferentes medios que insisten en que les de mi opinión sobre la conducta asesina de un alumno desquiciado. De hecho el primero que me ha llamado -una radio-, me ha pillado totalmente ignorante de lo sucedido. Nada más informarme de lo ocurrido, ya quería que le dijera algo.

¿Por qué tengo que decir algo? ¿Para decir algo a un medio no es imprescindible tener algo meditado que decir?

Yo, desde luego, no tenía nada que decir, más allá de lamentar el hecho, tan triste. Pero insistían en que les interesaba mi opinión sobre las causas, que querían saber lo que pensaba sobre las mismas. Con una periodista me he enfadado. "No sé lo que pienso, por la sencilla razón que no conozco los hechos".

Cuando la sangre arbitraria es tan evidente la prudencia es un gesto mínimo de respeto a la verdad.

¿Qué demonios sé yo de las causas de lo sucedido?

De una televisión me invitan a un debate y dan por supuesto que iré (tengo una buena relación con el director del programa). Les digo que no y explico mis razones. Me insisten en que mis razones no les convencen."A quien tienen que convencer es a mi", les digo. Me aseguran que para tratar de la conducta del alumno han llamado a una psiquiatra. Yo hablaré después para tratar de la disciplina en las escuelas. Me vuelvo a negar. Tampoco entienden que me escandalice la mera sucesión de los temas. ¿Por qué mezclar un problema psiquiátrico con los problemas pedagógicos? ¿Es que acaso hay alguien -sea médico, ingeniero, cura o músico- que esté a salvo del arrebato de un desquiciado?

Hegel hablaba de la impaciencia de la opinión como el principal mal moderno. Hay que reconocer que Hegel dice con frecuencia cosas muy sensatas.

Ya entiendo que para un periodista la noticia y la verdad no tienen por qué ir de la mano. Pero es que yo no soy periodista.

martes, 14 de abril de 2015

Tres notas sobre la educación y el futuro

"No podemos esperar que los alumnos -en ningún tipo de escuelas- vean que el trabajo escolar está de acuerdo con sus necesidades mientras los programas escolares estén fragmentados en asignaturas descoordinadas... Los programas basados en asignaturas son claramente inadecuados para conseguir una explosión de aprendizaje... La idea de que nuestras escuelas deben albergar alumnos equipados con un cuerpos de conocimientos es absurda y peligrosa. Los adultos de mañana se enfrentarán con problemas cuya naturaleza hoy no nos podemos imaginar. Tendrán que vérselas con trabajos que aún no han sido inventados. Necesitan un curriculum que les enseñe a hacer preguntas, a explorar, a interrogarse, a reconocer la naturaleza de los problemas y cómo resolverlos: un curriculum que sea un todo orgánico, relacionado con su presente y con su futuro".
Peter Mauger, en 1966.

"Los trabajos más solicitadas en 2010 todavía no existen. La escuela prepara a los jóvenes para trabajos que no existirán cuando terminen sus estudios. Los trabajadores del futuro inmediato utilizarán tecnologías que aún no han sido inventadas para resolver problemas que ni siquiera sospechamos hoy que serán problemas mañana. Dado que la cantidad de información técnica disponible se duplica cada dos años, la mitad de lo que los alumnos aprenden los será inservible cuando acaben la carrera.
Richard Riley, 2004

"¡Save time and google it first! No pagamos por pensar, si no por resolver algoritmos. Los "jóvenes" que contrato en mi equipo no saben cómo se piensa. Ni lo necesitan".
El Director de una empresa de vanguardia, ayer.

Sólo un comentario: uno constata ya rutinariamente que los futuristas ciegos que nos aseguran que no sabemos nada de cómo será el futuro, dogmatizan mucho a la hora de decirnos cómo tiene que ser el presente.

lunes, 13 de abril de 2015

A propósito del post anterior: No pagamos por pensar

El director de una importante impresa de esas que están en la vanguardia de las nuevas tecnologías, es decir, de las que supuestamente están al tanto de las competencias que serán necesarias para el futuro, ha mantenido conmigo un interesante diálogo en relación con el post anterior, que resumo, con su permiso, de la siguiente manera: 

- No nos asustes tanto... 
- Anda!!! Que no es tan difícil!
- Pero nosotros somos la generación de google, no la de tener que pensar mucho para resolver "problemas".
- Pero si tú te pasas el día pensando para resolver problemas!
- ¡Save time and google it first! No pagamos por pensar, si no por resolver algoritmos. Los "jóvenes" que contrato en mi equipo no saben como se piensa. Ni lo necesitan.
- Esto que me cuentas, lo pienso utilizar... Sin revelar la fuente, claro.
- Jaja. 
- Un abrazo.
- Keep working.

Problema de lógica...

... asústense ustedes, porque son problemas como este los que resuelven en Singapur los niños de 10 años. 


Aviso: Lo he tomado de The Guardian

The Trojan horse affair

Hace un año que Michael Gove, el anterior secretario de Educación del gobierno británico, hizo pública una carta anónima que denunciaba que el radicalismo musulmán había elaborado un plan para dominar varios centros educativos de Birmingham antes de extenderse por todo el país. Estallaba así lo que la prensa bautizó dramáticamente como "the Trojan horse affair".

El primer ministro, David Cameron, aseguró solemnemente en una visita a Birmingham que investigaría a fondo los hechos, porque "la protección de los niños es una de las primeras obligaciones del gobierno". Añadió que, aprovechando que el próximo 15 de junio se celebrará el 800 aniversario de la Magna Carta, el gobierno haría lo posible para afirmar los "british values" y reforzar moralmente el país contra los predicadores del odio. Puso mucho énfasis en afirmar que el rechazo de las leyes británicas y de la manera británica de vivir no era una opción para ningún residente en el Reino Unido. Pocos días después, Michael Gove anunció que todas las escuelas del país deberían promover los "british values" y que los docentes permisivos con las manifestaciones de extremismo en los centros serían despedidos. Se comprometió también a cerrar los centros que no fueran respetuosos con los "fundamental british values".

Ha transcurrido un año y si algo se ha puesto claramente de manifiesto no ha sido la existencia de un caballo de Troya salafista en las escuelas, sino la incapacidad de los británicos para definir nítidamente sus valores. Y eso es lo que me parece más preocupante.

Mirando con perspectiva el debate británico sobre los valores, me parece que la única persona que supo sacar provecho político de los "british values" fue Margaret Thatcher ... porque se cuidó mucho de intentar definirlos. Pero desde los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres, los británicos han considerado necesario afirmarse a sí mismos de manera positiva frente a sus potenciales enemigos y hacen listas y listas de valores que no acaban de ganarse el consenso necesario. Sospecho que Micheal Gove era consciente de esta dificultad, pero, sin embargo, insistía en la necesidad de promover desde las escuelas cuatro "valores británicos" fundamentales: la democracia, el imperio de la ley, la libertad individual y el respeto mutuo. Lo que no sospechaba era que las críticas a su propuesta le lloverían del lado "british".

Michael Goodwin, director de una de las Quaker Schools del Reino Unido, declaró que sus escuelas no enseñarían valores británicos, sino los derechos humanos o los valores internacionales. "En un momento en que el gobierno británico está enviando bombarderos a Oriente Próximo, podemos preguntarnos qué significan exactamente los valores británicos". El principio de acción de los cuáqueros -resaltó-es el siguiente: "Respeta las leyes del Estado pero guarda tu fidelidad en primer lugar para los propósitos divinos".

Inmediatamente después, la Iglesia de Inglaterra protestó porque los inspectores de educación estaban supervisando si en las escuelas cristianas se enseñaban las ideas de igualdad y diversidad. Según Nigel Genders, "chief education officer" de la Iglesia Británica, esta actitud del gobierno es antidemocrática. "No se puede ir pidiendo a los profesores pruebas de lealtad", dijo, y añadió que la definición que el gobierno utiliza de "britishness" es un test sobre la lealtad del pueblo. A estas quejas se añadieron también las escuelas judías.

Este mismo mes de abril, The National Union of Teachers ha declarado que los profesores deben negarse a informar de los alumnos que expresan puntos de vista extremistas, porque las escuelas deben ser lugares de completa libertad de expresión y la promoción de los valores británicos está restringiendo la libertad de expresión.

Esto es Europa. En el mismo momento que un europeo dice "nuestros valores son estos", otro europeo le presenta una enmienda. No me parecería muy preocupante si aceptáramos que, entonces, hay que defender con uñas y dientes el pluralismo contra todo aquel que quiera negarlo. Es decir, si estuviéramos dispuestos a diferenciar entre pluralismo y multiculturalismo. En mi opinión, no podemos ser multiculturales ante el pluralismo. El pluralismo debe ser defendido intolerantemente. Pero me parece que esta tesis no tiene muchos partidarios, porque queremos valores blandos que no nos fuercen a polemizar con ningún antivalor.

La verdad, sin embargo, es que allí donde hay un valor a defender hay un contravalor contra el que polemizar.

El conflicto entre valores es inevitable.