jueves, 17 de agosto de 2017

Най-хубавият град в Света!

- Професор Лури, добре ли сте? Как сте?

- скъп приятел. Всички сме добре, но много ядосан. днес да крещи на висок глас: "Вива Europa!"

- Да живее Европа! Скъпи професор Лури! Моля се всичко да е добре в Барселона! Най-хубавият град в Света!

Conversación con mi amiga Vesselina Vassilieva, que resume otras muchas: con Ruja Popova, con B., con Jean, con Luis, con Jean-Michel, con Vladimir...

martes, 15 de agosto de 2017

Balmes

I
“En la actualidad, se piensa sintiendo”

II
“La filosofía consiste en ver en cada objeto todo lo que en él hay, y no más de lo que hay”. 

III
“Llamamos filósofo a un hombre que sabe dar a las cosas su verdadero valor”

IV
 “No hay filosofía donde no hay más que palabras, donde sólo se encuentran pensamientos atrevidos o imágenes brillantes. Sólo hay filosofía donde hay verdad”.

La educación de John Stuart Mill

John Stuart Mill, Autobiography:

“A man who, in his own practice, so vigorously acted up to the principle of losing no time, was likely to adhere to the same rule in the instruction of his pupil. I have no remembrance of the time when I began to learn Greek; I have been told that it was when I was three years old. My earliest recollection on the subject, is that of committing to memory what my father termed vocables, being lists of common Greek words, with their signification in English, which he wrote out for me on cards. Of grammar, until some years later, I learnt no more than the inflections of the nouns and verbs, but, after a course of vocables, proceeded at once to translation; and I faintly remember going through Aesop’s Fables, the first Greek book which I read. The Anabasis, which I remember better, was the second. I learnt no Latin until my eighth year. At that time I had read, under my father’s tuition, a number of Greek prose authors, among whom I remember the whole of Herodotus, and of Xenophon’s Cyropaedia and Memorials of Socrates; some of the lives of the philosophers by Diogenes Laertius; part of Lucian, and Isocrates ad Demonicum and Ad Nicoclem. I also read, in 1813, the first six dialogues (in the common arrangement) of Plato, from the Euthyphron to the Theoctetus inclusive: which last dialogue, I venture to think, would have been better omitted, as it was totally impossible I should understand it. But my father, in all his teaching, demanded of me not only the utmost that I could do, but much that I could by no possibility have done. What he was himself willing to undergo for the sake of my instruction, may be judged from the fact, that I went through the whole process of preparing my Greek lessons in the same room and at the same table at which he was writing: and as in those days Greek and English lexicons were not, and I could make no more use of a Greek and Latin lexicon than could be made without having yet begun to learn Latin, I was forced to have recourse to him for the meaning of every word which I did not know. This incessant interruption, he, one of the most impatient of men, submitted to, and wrote under that interruption several volumes of his History and all else that he had to write during those years.”

domingo, 13 de agosto de 2017

Pensar

Tiene razón Platón cuando dice que pensar es sacar a la luz explícita lo que de alguna manera llevas contigo de manera implícita. Lo que ocurre es que para llevar cosas dentro hay que llenar el depósito de conocimientos. En caso contrario se corre el riesgo de descubrir cada día el Mediterráneo. La reminiscencia es darse cuenta de que sabemos más cosas que las creíamos saber cuando nos pusimos a pensar. Estaban ahí, pero había que tirar del hilo.

Los grandes pensadores piensan pensando. Ponen sus pensamientos delante de su su conciencia y van desplegándolos en una dirección determinada, paso a paso, de manera rigurosa.

Los pensadores mediocres necesitamos seguir otro camino. Yo, al menos, para pensar necesito o hablar o escribir.

Más de una vez, después de estar hablando con alguien tengo que tomar apuntes de los argumentos que he aportado al diálogo, precisamente porque no los tenía en mente antes de ponerme a hablar. Entre asentimientos y objeciones algo que inicialmente era difuso ha ido tomando cuerpo. Pero mi manera habitual de trabajar es la de escribir primero las ideas que tengo sobre una cuestión y después leer despacio lo escrito, descubriendo que en el texto hay sugerencias de las que no era consciente en el momento de escribirlo. A veces esas sugerencias se resumen en una sola palabra, pero esa palabra, al nombrar lo que no estaba, le da la vuelta completa a un argumento. En otras ocasiones -y no precisamente las menos-  lo que la lectura me demuestra es que tengo que desarrollar más a fondo una idea y que para ello necesito recurrir a los grandes pensadores que han tratado de la misma cuestión que a mi me ocupa. No es extraño que me vea en un aprieto y que para salir de él tenga que pensar contra mi mismo, porque me doy cuenta de que, en el fondo, no comparto la tesis que defiendo. De esta forma el primer texto se convierte en un segundo, en un tercero o en un cuarto texto y frecuentemente entre el primero y el último hay muy pocas cosas en común.

El proceso puede ser agotador, pero fascinante, no tanto porque llegue a conclusiones sublimes, sino porque me obliga a ponerme a mí mismo contra las cuerdas hasta que puedo dar a lo escrito una conformidad convincente que, en ningún caso, será definitiva, porque cuanta más visibilidad toma una nueva idea en el texto, más posibilidades encuentro de desplegarla en direcciones que inicialmente no tenía previsto seguir.

He llegado al último capítulo de un libro que me ha hecho sudar la gota gorda. Del texto inicial que escribí el diciembre pasado queda poco. El actual tiene 100 páginas más y es bastante más complejo. Sé, que en el fondo, podría no acabarlo nunca. Pero sé también que probablemente mañana o pasado mañana lo daré por acabado con la sensación de que en cierta forma he cambiado yo más que el propio texto.  

El que avisa...


jueves, 10 de agosto de 2017

Mi nieto y los trenes

A mi nieto Gabriel, que tiene 3 años, le gustan los trenes. Pero el suyo no es un gusto normal para un niño de 3 años. Le apasionan. Ayer estaba viendo con tanta atención un reportaje en la tele sobre el sistema de frenado de los trenes suizos que cuando el reportaje era interrumpido por los anuncios publicitarios, protestaba de manera muy airada. Yo estaba a su lado y era incapaz de entender qué fascinaciones irresistibles encontraba la criatura en aquellas imágenes. Pero allí estaba él, sin poder apartar la mirada de la pantalla. He dicho bien: el sistema de frenado de los trenes suizos.

Le gusta ir a ver pasar los trenes y esta misma mañana ha estado a punto de marcharse solo de la Plaza de Ocata, donde estábamos desayunando, para ir a la vía. Si estamos cerca de la vía se emociona profundamente cuando ve pasar un tren y lo saluda de manera tan efusiva que muchos maquinistas sueltan un pitido rotundo cuando lo ven.

Y yo me pregunto: ¿Por qué demonios nos ha salido en la familia esta criatura tan apasionada por los trenes si a los demás las cosas de los ferrocarriles nos dejan completamente indiferentes?

No tengo ni idea y eso, en parte, me alegra, porque significa que la influencia familiar en el desarrollo de los intereses del niño, siendo, sin duda, importante, nunca es completamente determinante. Los niños, al final, salen como salen. Les puedo asegurar que nadie de mi familia -excepto Gabriel, claro- está ni remotamente interesado en el sistema de frenado de los trenes suizos. Pero por otra parte todo esto me intriga: ¿Cómo demonios aparece el interés? ¿De qué semilla crece? ¿Cómo se nutre? Y, en realidad, ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de interés?

Una carta de John Dewey