jueves, 29 de septiembre de 2016

Ars nesciendi

Joaquín Bartrina (1850-1880):

Sé que el rubor que enciende las facciones es sangre arterial.
Que las lágrimas son las secreciones del saco lagrimal.
Que la virtud que al Hombre al bien inclina y el vicio sólo son
partículas de albúmina y fibrina en corta proporción.
Que el genio no es de Dios sagrado emblema: no, señores, no tal.
El genio es un producto del sistema nervioso cerebral.
¿Hay nada, vive Dios, bello como la fórmula algebraica C=π r 2?
Mas, ¡ay!, que cuando clamo, satisfecho, ¡Todo lo sé!
Siento aquí, en mi interior, dentro mi pecho, un Algo... ¡un no sé qué!

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Cosas curiosas

Me acabo de encontrar la Oda a la Pàtria de Aribau, tal como la ven, en catalán...


... en este libro de Ernesto Giménez Caballero de 1946...


... que era un libro de texto de bachillerato.

Habría que repasar la relación de los falangistas catalanes con la cultura catalana. Hubo una escuela en Barcelona que nunca interrumpió la enseñanza en catalán a sus alumnos... precisamente porque estaba protegida por un poderoso falangista. No intento hacer de la anécdota categoría, pero Destino no surgió de la nada.

Al pasar página me encuentro con estos versos de Verdaguer:
Mes si fuigs de terra plana
quedat en la montanya.
¡Oh, bandera catalana,
abrigans fins a morir!

Vino, arte y literatura

Conferencia en la Casa Mediterráneo: El vino en el arte y la literatura.

Yo, con erudición cuánto sabría

Un día entretenido, el de hoy. Tras acabar la correspondencia entre Menéndez Pelayo y Valera, le he hincado el diente a Pepita Jiménez, intentando comprender qué podía ver don Marcelino en esta novela de su amigo para alabarla tanto. De postre, El diablo mundo, de Espronceda, donde se encuentra la exclamación que da título a este post. Mientras leía a Pepita Jiménez me iba enfadando conmigo mismo por haber dedicado tanto tiempo de mi vida a leer memeces mientras tenía a mi lado novelas magníficas, como ésta, cuya lectura iba postergando hasta no sé qué ocasión. Es evidente que a don Marcelino le tenía que gustar: Pepita Jiménez es una obra maestra. Al diablo mundo he ido a parar porque de repente he pensado que su protagonista, Adán, es nuestro Frankenstein. He encontrado abundantes motivos para apoyar esta tesis. Pero explicar todo esto sería demasiado largo. No sé si a ustedes les interesa y, sobre todo, ahora mismo son las 2:32. 

Llevo audífonos. Una burrada de caros. Van incrementándose las prótesis. Hoy he sabido por qué los días anteriores no me funcionaban: ponía mal las pilas. Tras haber vuelto locos con mis quejas a los otorrinos, me siento bastante ridículo y avergonzado.

Otro día les hablaré de México. He recibido una invitación del Ateneo Español. La firma ni más ni menos que Carmen Tagüeña.