jueves, 28 de julio de 2016

El papa perplejo

"No tenemos miedo de decir esta verdad: El mundo está en guerra. ¿Por qué? Ha perdido la paz." -Papa Francisco.

¡Qué pruebas nos manda el Señor!


Imágenes de Ocata




Más de lo mismo


28.07.2016  Viena. 1918. Un comando de la Guardia Roja, dirigido por Egon Kisch, decidió ocupar la redacción de la Neue Freie Presse. El redactor en jefe de economía del diario, Paul Kisch, intentó hacerles frente hasta que, al verse impotente, le advirtió a Egon Kisch, que era su hermano: “Está bien, cederé a la fuerza bruta. Pero una cosa te digo, Egon, hoy mismo escribiré a mamá a Praga”. Pienso en esta anécdota y recuerdo a Camus, que se opuso al terrorismo porque su madre podría ser víctima de un atentado e, inmediatamente después, pienso también en todas esas madres musulmanas que ahora mismo se estarán preguntando qué será de su hijo en la remota Europa. Se me ocurre que podría considerarse fanático a todo aquel que respeta más su ideología que a su madre, pero no sé si todas las madres musulmanas estarían de acuerdo conmigo.

Estamos asistiendo al auge del terrorismo islamista en Europa justo cuando creíamos haber encontrado un principio no hipotético capaz de regir nuestra conducta como una ley moral autoevidente: “mi cuerpo es mío”. De aquí derivábamos, como corolario satisfecho, el derecho al goce incondicional de nuestra propiedad. Pero aún no habíamos tenido tiempo de acudir al registro para inscribir este nuevo derecho, cuando nos vemos obligados a reconocer, más perplejos que espantados –aún-, que ningún  título de propiedad nos protegerá del fanatismo.

Jean-Marie Guyau Tuillerie sostenía que para medir nuestro valor personal, debemos preguntarnos por qué idea estaríamos dispuestos a dar la vida. Si no podemos encontrar ninguna es que somos incapaces de sobrepasar nuestra individualidad y aunque no haya llegado aún el fin de la historia, es probable que nos encontremos a las puertas del fin de nuestra historia. Lo cierto es que nos cuesta  creer en verdades que no sean epidérmicas.

Decía Spinoza que no hay pensamiento más ajeno al hombre libre que el de la muerte. Nosotros, que aspirábamos a sentirnos propietarios libres de nuestro cuerpo, no acabamos de creernos lo que nos muestran las imágenes: cuerpos desamortizados por la fe ciega en un Dios desconocido y madres desconsoladas.

Quién quiera saber dónde y cuándo surge la idea moderna de libertad, que acuda a Flavio Josefo. Quien quiera saber dónde y cuándo surge la idea moderna de propiedad, que acuda a Locke.

miércoles, 27 de julio de 2016

Los príncipes valientes, de nuevo

Cuando Javier Pérez Andújar publicó Los príncipes valientes, le escribí una reseña en La Vanguardia que ahora me parece oportuno recuperar.


Javier Pérez Andújar acaba de publicar Los príncipes valientes, una novela espléndida. No me detendré en sus méritos literarios, que doctores tiene la crítica, sino en lo que tiene de manifiesto existencial de una tierra de nadie, de un no lugar de Cataluña. Porque no todas las geografías sentimentales de Cataluña caben en los mapas oficiales. Los pobladores de este no lugar son, básicamente, los hijos de la emigración de los años cincuenta, obligados a construirse urgentemente un mundo propio con lo que tenían a mano. Como las señas de identidad son tan necesarias como los códigos genéticos a veces hay que conquistarlas, especialmente si se vive a oscuras, a zarpazos. Y lo que había disponible era, por una parte, la memoria desarraigada de los progenitores y, por otra, lo que se exhibía en el mercadillo de la cultura popularmente accesible.

Los protagonistas de Los príncipes valientes son, en primer lugar, el Besós y, en segundo lugar, dos niños que disfrutan del insólito don de saber ver lo que se les muestra espontáneamente y que, en consecuencia, aman el gesto humilde de nombrar, porque en su humildad descubren que se encuentra el milagro que salva lo cotidiano de su caída en la trivialidad. Son dos niños que aún no sospechan el precio que tiene que pagar por su inteligencia el que ha nacido en un barrio en el que la imperiosidad del trabajo sólo deja tiempo libre para las frases hechas. Pero el lector sí que sabe que los mismos padres que espoleaban a sus hijos hacia un día de mañana que pasaba inevitablemente por una larga peregrinación de pupitres y maestros, los empujaban hacia el desierto del desarraigo. Ganarse el día de mañana significaba para los hijos de aquellos emigrantes hacerse extraños a su propia familia y, por lo tanto, renunciar definitivamente al cobijo que les había ofrecido el barrio de su infancia. Se formó así en Cataluña una generación tan incapaz de volver al pasado como de habitar en el día de mañana, que siempre estaba por llegar, cuando no pasaba irremediablemente de largo. Javier, sin embargo, ha hallado la manera de hacer habitable esta tierra de nadie gracias a la literatura, elaborando, desde las orillas del Besós, una hermosísima confesión de que ha vivido. Sin proponértelo ha escrito El Jarama de unos catalanes con más geografías sentimentales que patrias y que por eso nunca tuvieron vergüenza de contemplarse a sí mismos en la superficie reflectante del río Besós.  Más aún, como muestra de agradecimiento a este río y a una lengua que creció intempestiva en sus orillas, Javier ha desviado el curso del río, para permitir que desemboque en la historia de la literatura.

Mindíride o Esmindírides

Con este calor que hace, comprendo perfectamente al sibarita Mindíride, quien, según Séneca, al ver a uno que levantaba mucho la azada mientras cavaba, prohibió, entre quejas de cansancio, que se realizara este trabajo ante su vista (De ira).

Según Eliano, no se llamaba Mindíride, sino Esmindírides y cuenta que si bien un rasgo propio de todos los sibaritas era la voluptuosidad y la vida disoluta, Esmindírides los sobrepasaba a todos, pues "se acostaba sobre pétalos de rosa y se levantaba, tras dormir en ellos, diciendo que le habían salido ampollas por culpa del lecho".

lunes, 25 de julio de 2016

La escuela de la República

Cuando me invitaron de una importante ciudad catalana a hablar sobre la escuela de la República les advertí que si me invitaban a mi corrían el riesgo de oír cosas que nos les gustasen e intenté explicar por qué. Desgraciadamente creo que no me expliqué bien.

Comencé diciendo que, en sentido estricto, sólo podemos hablar de una vida escolar republicana hasta el 18 de julio de 1936. A partir de este momento, y como es perfectamente comprensible, Cataluña estaba sometida a una economía de guerra con prioridades claras. Además los maestros cambiaban con mucha frecuencia porque unos se iban al frente, otros eran purgados (a menudo tan arbitrariamente, que el ministro Manuel de Irujo protestó ante el consejero de cultura Antoni Sbert) y otros contrataban de manera irregular sustitutos para poder dedicarse a otras actividades mejor remuneradas. Añadamos que ningún profesor sabía a ciencia cierta cuántos alumnos tendría en clase al día siguiente. Piénsese en los miles de refugiados que llegaban a Cataluña y en las familias catalanas que optaron por el exilio. 

Es indudable que existió en Cataluña un formidable movimiento de renovación pedagógica, pero no nace con la República, sino que es heredero de las experiencias pedagógicas que se ponen en marcha a principios de siglo y, especialmente, de la Mancomunitat. Lo que normalmente se entiende por "escuela republicana" es la herencia de la Mancomunitat. En esta herencia hay contenidos muy heterogéneos. Para comprobarlo basta con leer una conferencia impartida en abril de 1933 por una de las grandes renovadoras pedagógicas de la época, Concepción Sainz-Amor, titulada "La escuela italiana actual", en la que se ensalza el activismo pedagógico de la escuela fascista italiana diseñada por Giovanni Gentile, Ministro de Instrucción Pública de Mussolini. "Causa verdadero placer ver el entusiasmo con que se trabaja en estas escuelas", dice. "Lástima", añade, "que tengan una finalidad militarista". Algún día, por cierto, habrá que estudiar la influencia de Reale en la escuela activa.

Los conflictos educativos en el seno de la Cataluña republicana posterior a julio del 36, especialmente entre la UGT y la CNT estaban a la orden del día y ponen de manifiesto las divergencias políticas a la hora de interpretar el papel redentor de la escuela. Ahora bien, ni los anarquistas partidarios de la escuela racionalista (la de Ferrer y Guardia), ni los anarquistas partidarios de una escuela centrada en el desarrollo del sentimiento (la de Puig Elias) ni, mucho menos, el PSUC con su "escuela de pioneros" (¡que libro se podría escribir con las cartas que los pioneros le envían a André Marty!), dudaban que la escuela debía educar contra la familia. Eduardo Zamacois escribía en 1938: "Lo más beneficioso para la sociedad sería que el gobierno confiscara los niños recién nacidos, y no los volviera a sus padres hasta pasados quince años".

Frente a la escuela de Puig Elias, el PSUC se posicionaba de manera rotunda en Treball, su periódico, criticando el "prejuicio pequeñoburgués de creer que en la escuela todos los niños son iguales y que por medio de una educación amable todos los niños serán buenos".

Una nota más, y no la menos importante: la República no ayudó mucho a dignificar el sueldo de los maestros. Diferentes artículos de Solidaridad Obrera ironizan sobre "los cuarenta durillos del maestro" y aseguran que "en su casa no ha entrado aún la revolución, que bien pudiera ser un mendrugo de pan con que mitigar la miseria de este tan traído y zarandeado maestro" (5 de enero de 1937). Otro artículos aseguran que "el maestro de escuela no se ha redimido". Se le ofrecen grandes palabras mientras se le escatima el pan (30 de diciembre de 1937). En este punto, anarquistas y comunistas están de acuerdo. Leemos en Treball que "los maestros se encuentran en condiciones económicas muy inferiores a la del resto de la clase trabajadora".

En definitiva, que tuve poco éxito.