jueves, 24 de abril de 2014

Día del libro


Lo comienzo en la plaza de Cataluña, en Abacus, convencido de que tendría trabajo. Pero lo que he tenido es a un par de mediáticos al lado, de cuyo nombre no se me antoja acordarme, que  no paraban de firmar. Las pilas de libros desaparecían a su alrededor como si se evaporasen. Y yo, mirando al mar, soñé. Una señora mayor ha pasado varias veces a mi lado mirándome con cara de pena. Finalmente se ha presentado ante mí con un papel blanco en la mano que ha debido de encontrar por el suelo. "Como veo que usted no firma nada", me ha dicho, "si quiere puede poner su autógrafo en este papel". El día ha sido largo, agotador y entretenido. A resaltar las fans de Miguel Ríos, reverdeciendo sus libidos otoñales sin pudor alguno; el Albert Rivera, al que le llevaban los libros a firmar de tres en tres; una autora muy joven a la que sus admiradores le llevaban de todo, desde mermelada casera hasta un sombrero; el Javier Urra, con el que me ha tocado al finalizar la tarde y con quien he creado un entorno foral que no sé cómo se nos ha llenado de navarros: de Buñuel, de Ablitas, de Pamplona...



Ha habido un rato que tenía a mi izquierda a Albert Ribera y a mi derecha a la monja Maria Victòria Molins. La conocí hace un par de años y me dijo que se dedicaba a tratar con el mal ladrón. Respondiendo a mi curiosidad me añadió que el mal ladrón es aquel que mientras le ayudas a vomitar, aprovecha para robarte la cartera. 

En las Ramblas, hablando con una señora a la que le estaba firmando un libro, he descubierto que su abuela era de mi pueblo y que tenemos el apellido Luri en común. ¡Si es que la sangre no es agua!  Ha habido algunos momentos entrañables, pero no se los voy a contar.

miércoles, 23 de abril de 2014

Hay libros y libros


La vida...

… es una intuición narrativa.

martes, 22 de abril de 2014

Concurso filosófico

El Café de Ocata convoca un emocionante concurso filosófico: Para participar basta con contestar a esta pregunta: ¿Quien es este filosofo con pelo? (es que sin pelo lo conoce todo el mundo).


Por supuesto, el premio es participar.



Por si no podéis aguantar sin conocer la respuesta, clocar AQUÍ

La creatividad es el hijo bastardo del mito del progreso

No hay mito más indestructible entre los pedabobos que el de la inmaculada infancia. Este mito nos ofrece como dogma de fe las ruedas de molino de que el niño nace no solamente bueno, sino científico, artista y poeta, pero la escuela, esa madrastra sin alma, le va agostando poco a poco las dotes con que lo trajo al mundo la madre naturaleza. Leyendo a algunos, uno no puede reprimir la sensación que que están convencidos de que la infancia es la culminación de la vida del hombre, y viven en consecuencia.

"La escuela mata la creatividad", repite el memo de Sir Ken Robinson. Pero para ser coherente con esa premisa, Sir Ken debiera añadir: "nadie que haya pasado por la escuela ha dado muestras de creatividad jamás de los jamases". Y a continuación nos debiera demostrar que la creatividad de Shakespeare, de Renoir y sus hijos y de todos los premios Nobel que han pasado por la escuela es sólo un espejismo. Si esto es pedirle demasiado, que nos diga, al menos en qué escuela se garantiza que todos los niños podrán desarrollar su creatividad hasta culminarla en la genialidad.

La creatividad es el hijo bastardo del mito del progreso. 

Pero dejemos a Sir Ken en paz, y volvamos a la infancia, porque lo que pretendía con este apunte es invitarles a leer un artículo de Daniel Willingham titulado Kids Don't Learn Better Just Because They're Young, 'Little Sponges': What Really Works. Una vez defendí esta misma idea en una facultad de pedagogía de Barcelona. No me han vuelto a invitar.


De Diderot a Leopardi



Tras devorar las 600 páginas de la biografía de Diderot de Jacques Attali, me lanzo a por las 500 de la de Leopardi escrita por Pietro Citati. Del primer libro me han interesado muchas cosas pero, especialmente, el empeño de los enciclopedistas por susurrar sus consejos en los oídos de los déspotas. Déspotas que, por supuesto, no les hacían mucho caso. Conversaban con los ilustrados, pero obedecían a Tácito. Y aquí hay mucho que rumiar. Del segundo libro poco puedo decir, puesto que voy en la pagina 47, pero les contaré un par de cosas del padre de Giacomo, Monaldo. Giacomo cuenta en el Zibaldone que su progenitor no sólo no podía soportar la realidad, sino que ni siquiera podía admitir la idea del menor acontecimiento. ¿Me creerán ustedes si les digo que a mi me está comenzando a pasar eso mismo? Miro a mi alrededor, a mi familia, a mi mujer, a mis hijos, a mi nieto de cuatro años,  a mi segundo nieto que está a punto a punto de llegar, a mi gata Bacallà Salat y… quizás alguno de ustedes me comprenda sin necesidad de añadir nada más. Era un tipo admirable, este Monaldo. Un ejemplo: En su lecho de muerte llamó junto a sí a sus hijos para exhortarlos a que aprendieran "cómo se muere en conversación".

Por cierto, esto de leer biografías tiene que ver con un proyecto de cuatro conferencias que tengo programadas para el invierno próximo y del que ya les mantendré informados.