viernes, 15 de junio de 2018

Steven Pinker que estás en los cielos

Cuando abro la puerta de casa tengo a la izquierda una pequeña terraza y a la derecha unas escaleras que descienden hasta la puerta metálica que da a la calle. Serían las 11 de la mañana cuando estaba bajando estas escaleras y de repente me ha caído un paquete del cielo. Menos mal que no me ha dado. Lo he abierto y contenía el último libro de Steven Pinker, En defensa de la Ilustración. Estaba intentando resolver mi perplejidad cuando me ha sonado el teléfono. Un empleado de una agencia de transporte me ha informado que había llamado al timbre de mi casa y al no contestarle nadie, había decidido  tirar el libro por encima de la puerta de la calle. 

La Ilustración en el fondo es esto: dado que con frecuencia vienen a nuestro encuentro las respuestas que resuelven nuestras perplejidades, ha de haber respuestas para todas nuestras perplejidades. O sea, el desencanto del mundo.

A mi Pinker me parece un tipo simpático que utiliza con gran agilidad los arguments que le convienen, que vienen a ser todos aquellos que apoyan su fe en que la verdad nos hará libres, que es, por cierto, una fe evangélica, de la misma manera que la probidad intelectual es una fe bíblica. Fue Heidegger quien, en Davos, le dirigió a esta fe la pregunta para la que aún no tiene respuesta (se la dirigió al ilustrado Cassirer, pero ustedes ya me entienden): ¿Y por qué la verdad ha de ser consoladora?

Los que hemos leído a Strauss sabemos que eso de la iLustración se dice de varias maneras y que a la Ilustración de Spinoza se le puede oponer la Ilustración de Maimónides. Si le hacemos caso, no tardamos en descubrir que Maimónides sabe todo lo que sabe Spinoza y un poco más. Este poco más tiene que ver con la función política de la verdad.

Bueno, que agradezco mucho a la editorial Paidós que me haya hecho llegar este libro, del que ya me he leído los tres primeros capítulos y el apartado -lamentablemente no muy bien informado- que dedica al "Efecto Flynn". Gracias sinceras, pero yo soy más de Strauss que de Pinker.

jueves, 14 de junio de 2018

Como un borracho a caballo


De Madrid al cielo (casi)

A las 9:10 de la mañana me suena el móvil justo cuando estaba dejando la habitación en el hotel Miguel Ángel de Madrid.
- ¿Señor Gregorio Luri?
- Sí, soy yo.
- Soy el taxista de cabify. Le espero en la puerta del hotel.
- Bajo en dos minutos.
- Está bien.
Cuando abandono el hotel veo que hay varios coches esperando en la calle. Pregunto uno por uno, pero ninguno es el mío. Hay también un coche negro sin nadie adentro. Me esperan para grabar un vídeo y no me quiero retardar, pero obviamente allí no está el coche que debía estar. Pasados unos minutos llamo al teléfono desde el que me habían llamado anteriormente.
- Hola, soy Gregorio Luri.
- Perdone usted, pero es que me encuentro muy mal.
- ¿Qué?
- Muy, muy mal. ¿puede llamar a una ambulancia, por favor?
Me cuelga.
¿Qué hago?
Debo llamar a una ambulancia, pero ¿a dónde le digo que tiene que ir? Obviamente al Hotel Miguel Ángel, no. Aquí no está. 
Vuelvo a llamar. Nadie contesta.
Intento encontrar algún policía municipal para contarle lo que pasa. No veo ninguno. ¿Y si al hombre le está dando un ataque al corazón?
Llamo a la empresa que hace el vídeo. Les cuento lo que ocurre y les ruego que se pongan en contacto con cabufy. Me dicen que me envían otro taxi.
Suena el teléfono. 
- Señor, me encuentro un poco mejor. He llamado yo a una ambulancia. ¿Puede usted dar de baja el servicio? Por favor, ¿Puede dar de baja el servicio?
Respiro un poco más aliviado.
En este tiempo al verme con una maleta a las puertas de un hotel, se han parado varios taxis preguntándome si necesitaba sus servicios. Al primero le he dicho que esperaba un coche de cabify y prefiero no reproducir aquí sus exabruptos.
Suena una sirena. Sí, es una ambulancia. Viene por Castellana. Gira en Gregorio Marañón y se detiene frente al hotel. Se bajan dos enfermeros. Miran a su alrededor sin ver a nadie. Me acerco para contarles lo que sé. En ese momento un hombre de unos 50 años que está sentado en las escalerras del hotel con un móvil en la mano, levanta el brazo. Es el taxista. He estado todo el tiempo a su lado sin fijarme en él. Lo introducen en la ambulancia.
A los pocos minutos llega el segundo coche de cabify. Le cuento al nuevo taxista lo ocurrido y va a la ambulancia. Vuelve preocupado. Intenta llamar a alguien sin éxito. Poco después se nos acerca un enfermero.
- Parece que está bien. Saldrá por su propio pie. Se va él. Ya está bien.

miércoles, 13 de junio de 2018

Sueños al pie de una cuna

Emilia Pardo Bazán le escribió una carta a Manuel Cossío el 3 de septiembre de 1894 en la que, además de felicitarle por su reciente paternidad, le hacía este comentario: "Sé todo lo que se sueña al pie de una cuna. Creemos que allí va a realizarse lo que nosotros, por torpeza, no hemos podido o sabido conseguir y este mesianismo sostiene a la humanidad, que si no tuviese ilusiones, se daría a los demonios. Y, sin embargo, estas ilusiones rara vez dejan de ser vanas (...). En lo electivo el ideal puede encontrarse, y, por lo menos, cabe correr tras él, pero en lo que impone la naturaleza, hay que estar, como dicen los jugadores, a la que salte. Ese cariño es instintivo, animal (ustedes [los de la ILE] no se asustan de la palabra) y así resiste a los desencantos, o, mejor dicho, no los conoce."

La nada nadea

Geraldine Javier - The Absurdity of Being (2007)