domingo, 25 de marzo de 2018

Escúchame, para que piense

A veces Ortega llamaba por teléfono a José Gaos a primera hora de la tarde para comunicarle que pasaría a recogerlo. Necesitaba su interlocución para pensar. 

Se iban, por ejemplo, a las estribaciones de la Sierra y "sentados en las rocas graníticas, sombreados por la carrasca, aromados por los olores, todos secos, de las hierbas serranas -tomillo, cantueso, romero-, mirando a las dos llanuras castellanas, la parda y la azul, pero sin verlas, absorbidos por la conversación, absortos en ella, Ortega, que precisaba su pensamiento hablándolo, me utilizaba como el oyente perfecto -de esto voy a presumir-, el que se vuelve 'postlocuor' sólo en y por aquellos momentos en que siente que el 'prelocutor' necesita de una breve interrupción, sea para confirmarle, encomiarle y colmar su entusiasmo, con el que proseguir, sea para hacerle un reparo enderezado a ser superado con una invención corroborativa y precisa de lo sostenido, sea para darle el respiro indispensable a la presentación de una idea que se esquiva. Mientras tanto, a alguna distancia, se paseaba por la carretera Lesmes, el paciente chofer vasco de Ortega, con su uniforme, su gorra de plato y visera de charol y sus polainas de cuero, todo color café, que le daba aire de agente de alguna Gestapo encargado de proteger nuestro alejamiento, o más bien de impedirnos salir de él".

José Gaos, Confesiones profesionales.

2 comentarios:

  1. Cuàn importante es para teorizar filosóficamente, o contemplar el paisaje de lo humano, encontrar una buena roca granítica sobre todo, en la que apoyarse el culo.

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