jueves, 5 de enero de 2017

Dos viejos amigos en la plaza de Ocata

Se han encontrado inesperadamente e, inmediatamente, la memoria ha comenzado a hervir, trayendo hasta la superficie tantas cosas que andan habitualmente sumergidas bajo la espuma de los días.

Han hablado, claro, de sus mujeres y han coincidido, como no podía ser menos, en que no hay nada que una mujer desee con más intensidad que ser oída (sobre lo que les cuesta a ambos amigos mantener la ficción de la escucha atenta, habría mucho que decir, pero sería muy indiscreto además de políticamente incorrecto, pero están de acuerdo en que el deseo de mantener la ficción es una prueba de amor, porque ellos lo practican exclusivamente con casi todas las mujeres, aunque uno de los dos ha refinado el arte de la escucha aparente con tal maestría que es digno de observar cómo se transforma, se pone un dedo en la mejilla, inclina la cabeza, adquiere un aire ligeramente desvalido... y piensa en cualquier otra cosa). No es que no quieran oír. Su intención es buena, pero su resistencia escasa. Sus mujeres, que los conocen muy bien y hace mucho tiempo que no se dejan engañar, estaban presentes y los han tratado de criaturas. Ellos no solamente han estado de acuerdo, sino que han vuelto a coincidir en que un hombre tiene muchos motivos para casarse (con una mujer, se entiende), pero que el principal de ellos es su necesidad de que haya un adulto en su casa. Entonces ellas se han desinteresado de ellos y ellos han podido seguir haciendo comentarios infantiles impunemente, como si se creyeran todo lo que dicen. 

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