lunes, 27 de febrero de 2017

Scandinavian kitsch

Asegura Alan Finkielkraut en Lo único exacto que en cierta ocasión en que se encontraron Philip Roth y Hannah Arendt, el primero le confesó lo mucho que le había gustado una película de Bergman que acaba de ver "y ella, entre dos bocanadas, le dijo: Scandinavian kitsch. El veredicto puso fin a la conversación."

7 comentarios:

  1. Estoy releyendo estos días a ratos perdidos La derrota del pensamiento, que es una maravilla, una más de las que le debo, D. Gregorio, y me alegro mucho de saber otro libro, este reciente, traducido al español, de Finkielkraut.
    Es triste que un autor tan lúcido, y que es todo menos sectario, se haya convertido en blanco de los denuestos de la progresía francesa.
    Acabo de ver esto y me alegra verlo, porque está en El País: http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/27/actualidad/1488186245_628784.html

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    1. A Finkielkraut hay que leerlo siempre, porque es una lectura higiénica. Como bien dice usted, es todo menos sectario. Me atrevo a hacerle a usted una pregunta: ¿Conoce a Roger Scruton? También me parece otro pensador imprescindible para estos tiempos de penuria.

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    2. He leído muchos artículos suyos en medios digitales y me interesó. Hace tiempo que no leo nada de él, y la idea que me había quedado es un poco que de él yo no podría decir lo que dije de Finkielkraut: que no es nada sectario.
      Finkielkraut hace un esfuerzo muy grande por presentarnos una visión de los hechos, naturalmente que es su visión, fruto de una reflexión profunda, y cuando llevamos varias páginas, podemos constatar que no nos está contando una historia de buenos y malos. No hay esos guiños al lector a los que los españoles llevamos décadas acostumbrados, ese "ya sabes lo que quiero decir", esa búsqueda de una complicidad basada en que, en el fondo compartimos sin matices una opinión que es la única posible. No en Finkielkraut: escribe como si respetase al lector, como si le diese vergüenza tratarle como un inferior. Estoy seguro de que le respeta, le daría vergüenza.
      Me gustó mucho el conservadurismo de Scruton, sobre todo por lo que tiene de excepcional en el mundo académico británico, pero en sus escritos me parece que su voz se dirige a convencidos, el lector es necesariamente alguien con quien el autor comparte una visión de las cosas. Pero el que usted le mencione me va a hacer prestarle más atención.

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  2. Si sirve de algo mi experiencia lectora diré que lo primero que leí de Finkielkraut fue "Nosotros, los modernos". Me resultó un libro revelador. Aunque no tanto como "Los antimodernos" de André Compagnon, quien creo que explicaba el fenómenos de la antimodernidad de una forma más rigurosa y menos sentimental que Finkielkraut. En el aeropuerto de Marsella hace unos años volví a encontrarme ante el dilema Finkielkraut-Compagnon. Esta vez lo que Compagnon tenía que ofrecerme en aquella estantería de la librería del aeropuerto eran unos ensayos sobre Montaigne. Ganó el último libro de entonces de Finkielkraut: "L'identité Malheureuse" que me acompañó durante una larga espera en la terminal de vuelos baratos. Siempre me agrada Finkielkraut, pero creo que no acaba de romper con el paradigma ilustrado al que regresa (¿acríticamente?) en última instancia como toda referencia. Mala cosa para el mejor intérprete reciente de Charles Péguy. Sinceramente, creo que nuestra época nos pide otra cosa. Y sé que es peligroso. Pero es así. Compagnon sólo expone... pero abre un mundo que Finkielkraut acaba siempre negándose a explorar. A pesar de que resulta cada vez más evidente que "il faut l'explorer, malgré tout".

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    1. Me parece muy interesante lo que dices, pero ya sabes lo de las afinidades electivas... "Finkie" es un viejo compañero y uno le tiene cogido cariño a su prosa y a su capacidad para sintetizar en sentencias luminosas ideas complejas. Bien es cierto que últimamente lo encuentro no sé si deprimido o melancólico (en el caso de que sean cosas distintas), como si estuviera viendo desde la última fina de un cine en ruinas una película cuyo final deprimente ya conoce. No me gusta esta actitud porque, aunque pudiera tener razón, no habría que hacerle caso. Entiendo que no le resulte agradable que lo traten de reaccionario y que cada día se desayune con unos cuantos indultos de grueso calibre en las redes sociales. Pero, si lo tuviera cerca, le diría que no puede rebajarse hasta el punto de ofrecer el argumento del pesimismo a sus detractores.
      Entre mis sueños imposible está el de organizar un ciclo de pensamiento francés con estos nombres: Brague, Finkielkraut, Manent, Michéa, Minc.

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    2. Tiene razón en lo que dice que le diría a Finkielkraut, claro, pero es imposible no entender el pesimismo. El pensamiento único se está imponiendo como nunca se podría haber imaginado que iba a ocurrir en una sociedad que parecía ir tan claramente hacia mayor libertad.
      En la más libre de las sociedades, la estadounidense, donde uno puede ser nazi o comunista o miembro del Ku Klux Klan, obrar en consecuencia con la enseñanza de la iglesia, o con la de Aristóteles, en asuntos "sensibles" puede acarrear la pérdida del trabajo, sanciones o cárcel.
      El cardenal Francis George, que fue arzobispo de Chicago y presidió la conferencia episcopal estadounidense dijo en una ocasión: espero morir en la cama, pero creo que mi sucesor morirá en la cárcel y su sucesor en el martirio en la plaza pública.
      No suele citarse la nota de "optimismo" que dijo a continuación: "His successor will pick up the shards of a ruined society and slowly help rebuild civilization, as the church has done so often in human history".

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    3. ¡Claro que es imposible no entender el pesimismo! Pero no es una buena arma dialéctica para alguien que, como el amigo Finkielkraut vive inmerso en la dialéctica. Para un polemista el pesimismo debiera ser un ejercicio solitario.

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