lunes, 4 de noviembre de 2019

El miembro fantasma

De repente siento su falta, unas veces como un vacío y otras, como un miembro fantasma. En todo caso, lo que echo de menos es algo que forma parte de mí, que es tan mío como yo soy suyo. Es una prótesis existencial, como el carrito en el que se apoyan los ancianos de la plaza de Ocata para llegar al Petit Cafè, que parece un carrito de la compra en el que la carga son ellos mismos. Si estoy cerca de casa, no lo dudo, vuelvo sobre mis pasos. Si estoy lejos, me maldigo a mí mismo y dudo si dar media vuelta o no. Si sigo adelante, sé que estaré todo el día sintiendo su ausente presencia. Me refiero al móvil, claro. Esta mañana ha vuelto a pasar, pero, por suerte, estaba cerca de casa.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Ese momento...

... en que le das al icono de "enviar" y sale irremediablemente disparado el texto de tu libro para el editor es bien contradictorio. Por una parte, experimentas una agradable sensación de levedad. Ya está. Ya lo has acabado. Respira hondo, mira al horizonte. Hay más cosas en la vida que tus obsesiones. Por otra, ya se sabe que post coitum... Sé muy bien que pasaré unos días descentrado, pero asaltado de vez en cuando por un insidioso bombardeo de flashes:  Aquel capítulo quizás está mal acabado; la referencia a Y debería haberse completado con otra a X; entre el capítulo 3 y el 4 la transición no está bien lograda... y, lo peor de todo, sé que algún amigo bien intencionado cometerá la imperdonable maldad de enviarme un imporantísimo artículo que se me ha pasado por alto. ¡Dios lo confunda!  En fin, el estricto sino del neurótico.

Al amparo de las Geórgicas

Jorge Freire sobre El amparo de las sombras

sábado, 2 de noviembre de 2019

Mañanas de sábado

Las mañanas de sábado son mañanas de compra, que es una tarea gozosa y difícil y, al mismo tiempo, una especie de vicio solitario que me reservo con el celo de una intimidad.

Es difícil porque estamos en una situación vital en la que nunca sé si comeremos mi mujer y yo solos o nos vendrá toda la familia y, entonces habrá que poner ocho platos. Tengo que hacer, pues, equilibrios culinarios estratégicos, aunque, por experiencia contrastada, bien sé  que, cuanta menos compra haga, más poblada estará la mesa. Pero algo singular sucede en estas ocasiones. Aunque aparentemente no tengo nada para poner sobre el mantel, voy rascando de aquí y de allí y acabo produciendo el milagro de la multiplicación de las migajas. Suelen ser éstas comidas de mil platos en las que cada uno encuentra algo que le gusta.

Es gozosa porque soy adicto a mis puestos de compra habituales, en los que ya casi no hace falta que pida, comenzando por la cafetería. El fin de semana comienza para mí con el regalo del aroma de ese café, delicioso, espeso, casi untuoso, heraldo de la sacra normalidad. "Estas acelgas están hoy muy bien", me dice la verdulera, y yo obedezco dócilmente. Si pido salmón en la pescadería y veo que el pescatero me pone mala cara, me dejo orientar por su mirada y compro rape. "Si coge esta paletilla, le hago descuento", me ordena, más que dice, la carnicera, que me trata de "corazón" en cuanto me ve. "¡Corazón! ¿Qué quieres hoy?!" Pero aunque pregunte mi parecer, acabré comprando lo que ella me diga.

Me duele el día que llego a uno de mis puestos como a una etapa progamada de un viaje y me lo encuentro cerrado, por defunción o, lo que es más habitual, por jubilación. Alterar mi rutina de los sábados es un ejercicio para el que ya no tengo cintura. Las rutinas son el exoesqueleto de los jubilados.

Hoy, la mañana era magnífica. He visto asomarse el día por el horizonte marino y parecía que la noche levantaba las persianas y por las rendijas se colaba la luz rosada e incandescente de la amanecida. Un sol radiante y calles vacías, porque la gente ha aprovechado para salir de puente a lugares que, seguramente, no tendran estas espléndidas mañanas, dejando a sus difuntos en su soledad habitual. Para ellos, todas las mañanas son iguales.

Llego a casa. Saco la compra del carro, la voy colocando en su sitio y espero a que mis hijos me llamen para decirme si este fin de semana pasan o no por la Fonda Luri, siempre a su servicio, claro.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Cosas que pescan tus amigos por la red



Gracias, Rafael

Todos los Santos

Si la vida es, en cada momento, aquello en que la conciencia recala, nuestros muertos forman parte muy viva de nuestra vida, como todo ese mundo que va quedando relegado, poblado de caras, animales, objetos, paisajes, olores, sabores...  que ya no existe, pero nos va cercando. Efectivamente, una parte importante, y creciente, de nuestra vida tiene que ver con lo que ya no está vivo, comenzando por la cara de nuestra madre.

Todos los mamíferos hemos tenido una madre que nos ha amamantado, pero los animales, cuando se apartan del pecho de su madre, se olvidan de ella. En nuestro caso, nos olvidamos de su pecho, pero su cara está ahí, sin envejecer, eterna, como una luz acogedora que nos sigue protegiendo de las tinieblas de la desmemoria.

Hoy no es el día de todos los santos, sino el de nuestra memoria melancólica, que se rinde tributo a sí misma porque quiere seguir recordando. Hoy es el día en que, para aseguramos que nuestra memoria sigue viva, la alimentamos con el recuerdo de los muertos, que sigue creciendo. Hoy nos ponemos un ramo de crisantemos a nuestros pies para convocar a las voces antiguas, para que vuelvan con el sonido, tan querido, de las hojas de los álamos mecidas por el viento, con la imagen de los mayores que trabajan en el campo, con el canto del martín pescador y con nosotros mismos, tumbados sobre un montón de heno, mirando el desfile silencioso de las nubes, desde la sinecura de la infancia.

Tontoleando con Hispanoamérica

Cuando oí a un indio de Bolivia el verbo «tristear», pensé que teníamos que importarlo a España. ¿Y qué me dicen del verbo «tontolear» con e...