viernes, 29 de agosto de 2025

Sócrates no se acaba nunca

No sé cuántas veces habré leído, con subrayados y notas al margen, la Apología de Sócrates. En 1997 impartí un seminario sobre ella en la Sociedad Catalana de Filosofía. Como quedé satisfecho del resultado, le di forma de libro y se lo envié a Alejandro Sierra, de la Editorial Trotta. A los pocos meses estaba en la calle El proceso de Sócrates. El 2004 publiqué, también en Trotta la Guía para no entender a Sócrates, y en el 2011, en la editorial sevillana ECOEM firmé la Introducción al vocabulario de Platón, que fue traducido al búlgaro. He escrito artículos, he dado charlas, he participado en obras colectivas... y en el 2015 Ariel me publicó ¿Matar a Sócrates? A lo largo de este tiempo volví una y otra a la Apología. Pero ha sido estos últimos días, preparando la reedición de ¿Matar a Sócrates? cuando me he dado cuenta de que no había entendido nada de lo que está en juego en el texto platónico, lo cual me lleva a la convicción de que no sé leer, porque lo que creo saber me oculta lo que no sé. Hasta la semana pasada no he descubierto que al final de su intervención ante el jurado ateniense que ha decretado su muerte, Sócrates no encomienda la educación de sus hijos a sus amigos, sino a sus enemigos, es decir, a sus acusadores y a los que han votado contra él. Lo que me enfada conmigo mismo no es que todo se me haya vuelto confuso, sino que hasta ahora no había tropezado con lo evidente. Hace unos días recibí una nota de una entrañable amiga, la búlgara Vesselina Vassileva, que me decía: "Felicidades al mejor amigo de Platón. Nunca olvidaré el primer saludo en el aeropuerto". Pues ya ves, Vesselina, aquí un aprendiz con miopía.

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jueves, 28 de agosto de 2025

Flâneur

Hay dos conductas humanas que siempre me han emocionado: la de los novios adolescentes, que están entrenado el uso amoroso de sus cuerpos, y la de las parejas de ancianos que caminan de la mano como dos adolescentes. En los primeros es su mirada la que me llama la atención, por su voracidad, que parece insaciable; en los segundos es el hecho de que sus manos entrelazadas sea su punto de gravedad, un puente sobre las corrientes del tiempo. Los adolescentes parecen cada vez más niños y los ancianos... Los ancianos se parecen cada vez más a mí. En la Ética a Nicómaco dice Aristóteles que el ser humano es «syndiastikós» (1162a), es decir, emparejado: «La relación (phylía) entre marido y mujer parece darse por naturaleza. El hombre, por naturaleza, es antes un "syndiastikós" que un "politikós"» 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Marañas

Tengo que admitirlo: soy demasiado viejo para aprender ciertas cosas, por muy fundamentales que sean. La más importante de todas: aprender a decir que no. No sé cómo, pero siempre acabo envuelto en una maraña de compromisos que devoran mi tiempo. Y soy de los que creen que la palabra comprometida es sagrada. El caso es que mis actividades pueden variar de contenido, pero, a la hora de la verdad, su número varia muy poco. Quisiera poder decir que soy así y así me gusta ser. Pero no. No me gusta ser así. Me gustaría hacer muchas menos cosas y ser el dueño totalitario de mi rutinaria agenda. Mañana por la mañana tengo una videoconferencia con Madrid para preparar lo que se avecina: un espacio semanal de unos diez minutos en la COPE, los  viernes, en un programa que dirigirá Jorge Bustos.

martes, 26 de agosto de 2025

El oficio de estilita

Cada vez me resulta más evidente: cuanta más edad tengo, más me cuesta escribir un artículo para la prensa. Admiro profundamente a los que son capaces de escribir varios artículos semanales y todos resultan redondos (el monstruo García Máiquez), pero yo necesito tener la idea esbozada el domingo, para ir trabajándola de lunes a miércoles y enviar el resultado al diario el jueves por la mañana. Nunca la envío completamente satisfecho. Ya sé que el arte de escribir artículos en los medios consiste, entre otras cosas, en la capacidad de ocultarle al lector todo lo que te has dejado en el tintero y, sobre todo, aquella objeción que, callada, pero terca en su inquisición, lanza sobre mi una sombra de decepción.  Quizás la cultura consista en esto, en ocultar las complejidades de la vida para poder creer que hay alguien al mando y, por lo tanto, que podemos distraernos de vez en cuando. Esta noche, en uno de mis desvelos habituales, recordaba cuando era columnista fijo -con doce y trece años- en el periódico escolar. No me resultaba difícil. Al contrario, me divertía. Y cuando me leía, tras la publicación, me sentía la mar de satisfecho. 

Hormigas blancas

Le digo a B. que si este Café de Ocata está abierto, la culpa es suya. Y solo suya. Bien es cierto que saber que una parisina entrañable, sofisticada y buena gente pasea por la plaza del Vosges dando vueltas a las cosillas de este café tiene, ¡a qué negarlo!, su qué. El calor húmedo sigue entrometiéndose en nuestras vidas haciéndolas pegajosas e inconsistentes. A veces en el cielo se hinchan las nubes y recorren con sus grises amenazadores los cielos de Ocata, dejan caer unas gotas, que incrementan el sofoco general, y siguen su camino. Me entretengo estos días leyendo a don Antonio Alcalá Galiano, de quien aprendo mucho más que en los eruditos y aburridos libros de historia. Don Antonio te mete en la historia. He dado así en sus páginas con la letra de una canción popular que se cantaba en Sevilla en 1823 y que, sin duda, gustará a Javier Sánchez Menéndez (ha sido leerla y pensar en él y en los carabineros de Huelva, amén):

“Murióse el cigarrón, tendió las zancas,

Lleváronle a enterrar hormigas blancas.

¡Fuerza del consonante a lo que obligas!

A decir que son blancas las hormigas.


lunes, 25 de agosto de 2025

Odios de hombre austero

Encuentro en la muy problemática biografía que Antonio Alcalá Galiano escribe sobre su enemigo don Agustín Argüelles, este tremendo párrafo: «Soltó más la rienda a sus antiguos odios, y los avivó; odios profundos, enconados; odios de hombre austero, los peores de todos, porque se figuran un monstruo de iniquidad en cada enemigo.» Me interesa mucho el siglo XIX. A mi querido José María Marco le sorprendió que yo defendiera públicamente en una ocasión que en España el orgullo nacional ha sido con frecuencia volcánico y efímero porque hemos tenido poca patria, aunque, ciertamente, hayamos tenido más patria que Estado. Marco valora más que yo los resultados de los esfuerzos de los liberales españoles por construir un Estado. Pero el siglo XIX comienza con una guerra, la de la Independencia, en la que la patria estaba en la boca de todos y el Estado no estaba en ningún sitio. Sigue con las guerras civiles carlistas en la que todos eran patriotas, pero se mataban por su concepción del Estado. Añadamos los gobiernos efímeros, los continuos pronunciamientos militares, el caciquismo y, como guinda, la crisis del 98. Maura se quejaba, con sobrada razón, de que «el divorcio entre el Estado y la sociedad» no fue curado por «los esfuerzos que durante el siglo XIX hizo una pléyade de hombres ilustres.» Y ahí nos sigue doliendo.

domingo, 24 de agosto de 2025

El problema de Sócrates

 


Este libro se publicó en el 2015. Cinco años después tuvo una reimpresión y en julio de este año me comunicaron en la editorial Ariel que querían reeditarlo. Obviamente, me alegré, porque es un libro al que le tengo mucho cariño. Pero del 2015 para aquí ha variado mi visión del «problema de Sócrates». Tanto es así que voy a pedirle a Ariel que en la reedición le quitemos los signos de interrogación al título y que cambiemos el subtítulo por algo así como «El camino a la cicuta». Quisiera, igualmente, reducir algunos capítulos, para hacer más ágil la lectura, y ampliar otros, para hacerla más radical. Hoy veo mucho más claro el papel de Atenas y entiendo mucho mejor las razones del cambio que experimenta Sócrates de la Apología al Critón. En definitiva, entiendo mucho mejor lo que suponía para Atenas el paso de una sociedad cerrada a una ciudad abierta y, en este sentido, entiendo también de manera más precisa por qué «el problema de Sócrates» es el problema de toda sociedad abierta y, especialmente, de las sociedades aceleradamente abiertas, como la nuestra. Este problema se podría resumir con esta pregunta: ¿Qué religiones están más capacitadas para afrontar los retos de la sociedad abierta, el judaísmo y el Islam o el cristianismo? De este último se ha dicho que es la religión de la salida de la religión.

Sócrates no se acaba nunca

No sé cuántas veces habré leído, con subrayados y notas al margen, la Apología de Sócrates . En 1997 impartí un seminario sobre ella en la S...