domingo, 2 de diciembre de 2007

En este punto, no.

"En este punto, no –le dijo Paul Nizan a su amigo Sartre-, ahí no hay nada que hacer, en esto no han cambiado nada

Y Nizan era comunista para cambiar, justamente, lo relativo a “este punto”.

Es cierto que mantuvo su fidelidad a la causa durante unos años más, convencido de que era preferible el estalinismo, con sus imperfecciones, al nazismo. Pero no es menos cierto que su fidelidad se había hecho crítica. Por ello no resistiría el impacto de los pactos de Stalin con Hitler.

En los primeros años de la revolución defendió a la Unión Soviética como el país en el que “l’angoisse” había desaparecido, pero en 1934, tras un largo viaje por el país que comenzó en Moscú y lo llevó hasta Satalinabad, en Tadjikistan, comprendió que sus expectativas habían sido completamente desmesuradas. "Incluso en la Rusia soviética -le confesó a Sartre a su regreso-, los hombres continúan padeciendo la angustia de la muerte".

En 1977 Sartre recordó a Paul Nizan de esta manera: “Fue a Rusia porque quería averiguar si la gente, después de la revolución, ya no tenía miedo a la muerte, si la muerte se había convertido en algo secundario para ellos.”

Hoy la actitud de Nizan nos parece de una ingenuidad extrema. Pero la conciencia de esta ingenuidad es también la descripción de nuestra situación de hombres que habiéndose librado (supuestamente al menos) del peso de la metafísica han descubierto que sus miedos esenciales permanecen.

sábado, 1 de diciembre de 2007

El ajoarriero y la dama de la carreta

13:49, Salgo de casa con la cazuela de ajoarriero. Tengo que llegar a Tiana y una vez allí dar con la casa de Glauka (la dama de la carreta)...

19:43, regreso a Ocata, el alvariño, magnífico. Tanto que ha contagiado de alegría al teclado, que se empeña en que no pueda escribir en paz.

21: 09, "con la alegría -dice Arrebatos- se le ha colado una V en el albariño". No era la alegría arrebatos, sino las teclas, que no se quedaban quietas.

21:33: Receta del ajoarriero:
Ingredientes básicos
- Bacalao con piel
- Aceite (de calidad)
- Ajos
- Tomate
- Patatas
- Pimentos secos (si son de Lodosa, mejor que mejor).

Se pone el bacalao a remojo, cortado en trozos pequeños, 24 horas, removiendo el agua de vez en cuando. Transcurrido este tiempo, se desmigaja.
En una cazuela de barro se pone aceite y varios ajos pelados y ligeramente machacados. Se doran y se retiran. Se retira también el aceite para que baje de temperatura y se añade el bacalao desmigajado. Se vuelve a poner en el fuego y se va meneando con suavidad para que el bacalao vaya soltando sus jugos y ligando con el aceite, de esta manera se va formando una salsa espesa. Esta es la clave de este plato.
Previamente se ha preparado un sofrito de tomate que se añadirá al bacalao, juntamente con una patata frita en láminas muy finas. Esta es la receta básica.
En mi caso he introducido alguna variación.
- Tras retirar los ajos del aceite, he dorado en la cazuela un bogavante, dejando que fuera soltando su salsa. Cuando me ha parecido, lo he retirado. Después he añadido un pimiento verde cortado a tiras muy finas y cuando ya estaba hecho, las pieles del bacalao y, posteriormente el bacalao.
- Al sofrito de tomate le he añadido los jugos que ha soltado el bogavante mientras le sacaba la carne que he añadido a la cazuela del bacalao. Cuando el tomate ha alcanzado su punto, lo he agregado también a la cazuela, juntamente con una docena de gambas peladas.
- Desde el día anterior tenía en remojo un par de pimientos secos y una guindilla. Lo he añadido todo en el último momento, cortado en trozos muy pequeños.
- Lo he dejado reposar hasta hoy al mediodía que lo he calentado para servirlo en la mesa. Y esto ha sido todo.

Un festín digno de catalanes ligeramente hedonistas. El día ha estado acompañado de un sol de regalo que, de verdad, no animaba a poner cara de cabreo. Por disfrutar de un sol así nos deberían duplicar los impuestos a todos los que vivimos en la costa.

Discurso del método

De Maistre no dice ninguna tontería en la quinta conversación de Les Soirées de Saint-Pétersbourg cuando, tratando del método filosófico, sostiene que "No hay filosofía sin el arte de despreciar las objeciones". Claro que precisamente esto es lo que son incapaces de descubrir los funcionarios del Espíritu que escriben -que creen escribir- el relato interna y necesariamente coherente de la historia de la filosofía. ¡Qué magnífico libro sería el que pusiera de manifiesto la historia del desprecio filosófico de la objeción!

Postales filosóficas: Hume

"Fue en su primera juventud, en la edad de las dulces ilusiones y bajo el suave clima de Anjou, cuando por un vano deseo de celebridad, intentó tambalear los fundamentos de todas las creencias y socavar las bases de todas las religiones.
... una vez en el borde del abismo, no lo supo respetar"

WALCKENAER, Charles-Athanase, artículo "Hume", en la Biographie universelle, ancienne et moderne, ou Histoire, par ordre alphabétique, de la vie publique et privée de tous les hommes de Michaud (1811-1828).

viernes, 30 de noviembre de 2007

Buitre a la Higa de Monreal


Ando de cocinillas, preparando una cazuela de ajoarriero según la receta que el Bombachos de Sangüesa le enseñó a mi hermana. Mañana tengo que aparecer con el resultado en un remoto lugar de Tiana. Ya os contaré.

Mientras andaba desmigajando el bacalao me han venido a la memoria los platos antiprometeicos de la olvidada cocina Navarra. Me refiero a epopeyas gastronómicas tales como las alubias con mochuelo, al cuervo en salsa, las grajillas con arroz, la picaraza en salsa, el calderete de renacuajos, la ardilla en salsa… y (de ahí el nombre genérico que le he dado) el magno “buitre a la Higa de Monreal”. Pertenezco a un pueblo que en lugar de andar lamentando el suplicio de Prometeo se dedica a practicar lo de “ave que vuela, a la cazuela”. Esto daría lugar a muchas exégesis e incluso a ese post que me reclama y al que me resisto con tanta fuerza sobre la manifestación de mañana en Barcelona, pero hoy me voy a ceñir a la gastronomía.


Monreal, la patria chica de mi suegro, es un pueblo bucólico que se encuentra cerca de Pamplona, en dirección a Sangüesa, a los pies de una montaña conocida como la Higa de Monreal.

Respecto al cuervo –ave ahora tan protegida que se dedica a atacar incluso a ovejas vivas-, quienes lo cocinaban insistían en la formidable dureza de su carne, por lo cual aconsejaban armarse de paciencia. La receta que os ofrezco lleva el nombre de “Buitre a la Higa de Monreal”:

Una vez limpio ha de dejarse a serenar durante varios días (tres mejor que dos). Después se corta en pedazos que se fríen en aceite de oliva, depositándolos, conforme se van haciendo, en una olla, en la que se ha de ir guisando con abundante cebolla y el aliño que se considere adecuado de ajos, vinagre, laurel, coñac y caldo. Cuanta más edad tenga el cuervo, más tiempo de cocción será preciso. Pero (a no ser que se use una olla exprés) piénsese en un mínimo de cinco horas.

Gide, tan francés él, creía estar inventando algo cuando concluye su Prometeo mal encadenado (1899) con un banquete de buitre. Claro que en este banquete Prometeo estaba devorando su inquietud, mientras en Navarra simplemente matábamos el hambre con una gastronomía lo más variada posible.

¡Estos gabachos!

¿De dónde era la mujer de Caín?

Hay saberes que necesitan del concurso de muchas generaciones de estudiosos, que vayan proporcionando estratos y más estratos de datos, para dar lugar a un "¡Eureka!". Probablemente el ejemplo más claro es el de la astronomía. Las revoluciones celestes sólo son comprensibles cuando el saber acumulado por cientos de observadores de estrellas se ordena rigurosamente. Cada astrónomo interroga al cielo desde lo alto de la pirámide formada con todo este saber precedente.

Por eso a Filón de Alejandría no le salían las cuentas. No conseguía ver del todo claro que Adán fuese el primer hombre. La duda la hallaba en el interior de la Biblia, en Abraham, al que tenía por un astrónomo tan excelente que no le parecía creíble que en el espacio cronológico existente entre Adán y él hubiese habido tiempo suficiente para recoger y ordenar las observaciones necesarias para sustentar su saber.

En 1655 Isaac La Peyrère, judío francés convertido al catolicismo, se tomo muy en serio esta cuestión y llegó a la conclusión de que era imprescindible ampliar el intervalo de tiempo entre el primer hombre y Abraham. De esta manera creó la hipótesis de los preadamitas. Sus argumentos están recogidas en su Sistema Theologicum ex Preadamitarum hipótesis.

Hablo de argumentos porque la teoría de La Peyrère se sostiene sobre varios puntales. Uno es el del Abraham astrónomo. Otro es el de la esposa de Caín. ¿Dónde encontró Caín a su mujer? Y, además, ¿de dónde procedían los habitantes de la ciudad que fundó? Su respuesta fue la hipótesis de los preadamitas.

Las teorías de La Peyrère dieron lugar en poco tiempo (porque hay saberes que necesitan muy poco tiempo para formarse: les basta una justificación que les garantice un mínimo de coherencia formal) a la teoría del poligenismo, según la cual las diferentes razas habían sido creadas de manera aislada. De esta manera el preadamismo se convirtió en uno de los soportes teóricos de la esclavitud y, posteriormente del extraño teísmo de movimientos racistas, como el de algunas facciones del Ku Klux Klan.

Otros, aunque defendían el poligenismo, sostuvieron que los preadamitas, que habrían sido hombres sin alma, habrían desaparecido en una catástrofe llamada “Diluvio de Lucifer”, que habría tenido lugar entre los versículos 1 y 2 de Génesis.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Fenomenología del instante

Ayer fue el día de la conferencia sobre “Fenomenología del instante”. La Maga se empeñaba en que tenía que cambiar el título. ¿A dónde iba con esa palabreja, “fe-no-me-no-lo-gí-a”, tan poco poética? Pero es que esa era la clave de la conferencia. Tenía bastante claro lo que me proponía y unas cuantas ideas perfiladas. Sin embargo el ensamblaje se me resistía. No había manera de hincar el diente a un par de problemas, más duros de roer de lo que había supuesto, pero como no había más remedio, me dirigía a la conferencia con el texto tuerto bajo el brazo, insatisfecho con su contenido, pero esclavo de la palabra dada. Le había prometido a Conxa Peig que iría a su seminario sobre “La cultura del temps i processos de la memòria”. Y allá iba, temerario de mi.

La conferencia era a las 3, pero como tenía que hacer un par de cosas antes, salí pronto de casa con la intención de comer en Barcelona. Y fue comiendo cuando se presentó ante mí el instante decisivo y me abrió las puertas de sus secretos. “Mírame bien –me dijo- éste soy yo”. Y lo vi, y lo entendí, e inmediatamente me puse a rehacer la conferencia, a tachar, a trazar flechas de aquí para allá, a escribir por los márgenes y el dorso de las hojas. Y, finalmente, me quedé satisfecho.

¿Que qué forma tenía el instante?

Pues la de una mancha de aceite que fue a caer, redonda y oronda, sobre mi camisa azul celeste, tan mona ella, y se incrustó en mi pecho como un lamparón filosófico. La camarera incrementó mi inspiración al aparecer rauda y solícita sacudiendo un spray y dejando medio dedo de espuma blanca sobre la mancha. Me advirtió que debía secarse bien, pues de lo contrario, quedaría marca.

Claro está que no le conté nada de esto ni a Conxa ni a los que me escuchaban, que uno tiene su orgullo académico. Pero es lo que ocurrió. Tal cual. Aquella gota de aceite abrió los caminos obturados de mi discurso, permitió que las ideas circularan y el resultado, parece, no fue insatisfactorio. ¡Estaba necesitado de un flash!

Entre los asistentes se encontraba Josep Olives Puig, autor de un libro impresionante, “La ciudad cautiva. Ensayos de teoría sociopolítica fundamental”, editado por Siruela el año pasado. Es hijo de Jaume Olives Canals, traductor del Fedón de Platón al catalán para la “Fundació Bernat Metge”. Me regaló el libro con una dedicatoria en la que me tiene por "company del diví Plató”.

Y como estaba con una compañía entrañable el tiempo se me fue en un voleo y de repente eran las siete y veinte, estaba en un rincón de Barcelona, en la Calle Inmaculada, y había quedado a las siete y media en el bar del Palau de la Música Catalana con Zlatina Rousseva, directora de cine búlgara.

Tuve la suerte de dar con un suicida que mientras me contaba sus cuitas de pintor argentino transmutado en taxista barcelonés, voló en línea recta de las faldas del Tibidabo al centro de la ciudad, dejando a su paso un reguero de cláxones enloquecidos.

Con el corazón aún encogido me senté al lado de Zlatina y escuché encantado su propuesta. Quiere que me vaya con ella la próxima primavera a Bulgaria a rodar una película sobre los tracios.

De vuelta a casa, en el tren, de pie, como de costumbre, me fijé que había quedado en la camisa un fondo de perfiles difusos de la mancha del mediodía. Tengo la camisa guardada sin lavar. Posiblemente le recorte la huella de la mancha y la conserve como recuerdo de este día.

Tontoleando con Hispanoamérica

Cuando oí a un indio de Bolivia el verbo «tristear», pensé que teníamos que importarlo a España. ¿Y qué me dicen del verbo «tontolear» con e...