martes, 14 de abril de 2009

Heidegger, de nuevo II

Respondo, globalmente, a los comentarios del apunte anterior con esta nueva entrada. Espero no parecer desconsiderado.

Todos creemos tener actitudes liberales y, en general, así es: somos tremendamente liberales (y, especialmente, por estos pagos a liberales no nos gana nadie). Pero esto no significa que poseamos la sensibilidad política indispensable para sustentar teóricamente con firmeza este liberalismo. Nuestro escepticismo respecto al progreso, nuestro voluntario y muy orgulloso distanciamiento respecto a todo lo que suene a convencionalismo burgués, nuestra fascinación por los personajes carismáticos y, especialmente, nuestro continuo bla-blab-blá en favor del compromiso, la autenticidad, la identidad, las raíces... todo esto no son meros adornos de nuestro liberalismo... quizás, al contrario, todo esto nos describa cabalmente, seamos o no conscientes de ello, como hijos de Heidegger. Si así fuera, nuestro liberalismo político iría de la mano de una actitud espiritual (por llamarla de manera benévola) antiliberal, con una fascinante ambigüedad que no considera necesario preocuparse ni poco ni mucho por la contradicción que incorpora.

lunes, 13 de abril de 2009

Heidegger, de nuevo

He releído despacio, como el texto exigía, el inmenso Nietzsche de Heidegger. Jean-Pierre Faye lo tiene también por inmenso, pero por "inmensamente tramposo" (L'histoire cachée du Nihilisme, 2008). Me parece que esta reacción responde a una pataleta filosófica, de las que tanto abundan entre los que quieren desmontar la consistencia de la filosofía de Heidegger a base de mamporros dialécticos. Es una posición cómoda, pero que rehuye el problema fundamental. Hay que aceptar que Heidegger colaboró de manera entusiasta con el nazismo. Y hay que aceptarlo considerándolo como el principal filósofo del siglo XX. Es decir, como un filósofo que, intelectualmente, está muy por encima de sus críticos. Hay que aceptar entonces, sobre todo, la situación de indigencia filosófica a la que nos aboca todo esto. Me da la sensación de que con frecuencia recurrimos a argumentos falaciosos para criticar a Heidegger, haciendo así un flaco favor a nuestra crítica. Desenredar este ovillo debería haber sido la tarea de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX. No ha sido así. Nos hemos movido entre existencialistas, marxistas y analistas y hemos dejado a Heidegger un poco de lado, sin saber muy bien qué hacer con él. Pocos han sido los filósofos que se han planteado "el caso Heidegger" como el problema filosófico fundamental de nuestro tiempo. Leo Strauss ha sido uno de ellos.

Sostiene Strauss que aunque no seamos capaces de enfrentarnos cara a cara a Heidegger, sí que podemos ponerlo a dialogar con los otros grandes filósofos, para descubrir así, entre otras cosas, sus silencios. Siguiendo esta recomendación, tras leer los dos tomos de su obra sobre Nietzsche, me he embarcado en la lectura de la interpretación heideggeriana de la
Segunda consideración intempestiva de Nietzsche, en mi opinión uno de los textos fundamentales del autor de Así habló Zaratustra. Se trata del curso que impartió Heidegger en el semestre de invierno de 1938-1939 en Friburgo. Aquí sí que me ha defraudado Heidegger, no tanto por lo que dice como por lo que no dice: por la lectura de Nietzsche que no se atreve a llevar a cabo: No se atreve a pensar a fondo al relación entre verdad, historia y vida. Y esta reticencia (¿cobardía?: recordemos la fecha del curso) me parece especialmente significativa.

Añado que en los dos tomos del Nietzsche de Heidegger no aparece ni una referencia a la Segunda intempestiva. Se centran en la consideración de la voluntad de poder y el eterno retorno como fundamento ontológico de lo real. Mientras Heidegger desarrolla gran historia del Ser se olvida de las pequeñas historias de los hombres.

viernes, 10 de abril de 2009

Viernes Santo

Visiones de ángeles, las copas de los árboles
tal vez son raíces, bebiendo los cielos;
y en el suelo, las raíces profundas de un haya
se les antojan silenciosas cumbres

Rilke, Vergeles, XXXVIII

*

Nos faltan alas, pero tenemos siempre bastante fuerza para caer.

Claudel, Positions et propositions.


*
¡Apáganse las luces, todas, todas!
Y sobre cada forma estremecida
cae el telón, cortina funeraria,
con fragor de tormenta.
Y los ángeles pálidos y exangües,
ya de pie, ya sin velos, manifiestan
que el drama es el del "Hombre", y que es su héroe
el Vencedor Gusano.

Edgar A. Poe, Ligeia.

sábado, 4 de abril de 2009

Derechos

A la hora de considerar el concepto de "derecho" y, muy especialmente, para prevenir que la defensa -a rajatabla- de la dignidad humana no haga de nosotros unos ciudadanos hiperexigentes con nuestras pretensiones e hiper acomodaticios con nuestras obligaciones, convendría siempre tener presente que:
  • El derecho al trabajo no nos garantiza el derecho de propiedad sobre "ese" trabajo en concreto.
  • El derecho al matrimonio no nos garantiza una persona que quiera casarse con nosotros rendida de amor por nuestros huesos.
  • El derecho a la libertad de expresión no nos garantiza una audiencia. Y mucho menos una audiencia condescendiente.
  • El derecho a la educación no nos garantiza un aprendizaje sin esfuerzo.
  • etc
  • etc

miércoles, 1 de abril de 2009

De visita al quirófano

Tengo que decir, para comenzar que no soy precisamente el hombre más valiente del mundo frente a una intervención quirúrgica. Si no hubiese sido porque mi rodilla parecía un monedero con calderilla chocando a cada paso, para rato me ven la cara en la Clínica del Remei. Pero como me gusta andar, darme largas caminatas y no estoy dispuesto a renunciar a mi poquito de montaña de vez en cuando, haciendo de tripas corazón, bajé la testuz y me encaminé hacia el sacrificio. A las nueve de la mañana cruzaba las puertas de la clínica luchando contra el imán que me tiraba hacia fuera, hacia "la calle. Una vez en la habitación me metí humildemente (metí humildemente lo que pude de mi) en una bata dos tallas menor de lo que mi cuerpo exigía y, antes de tener tiempo para pensar, me vi sometido a dos enfermeras empeñadas en rasurarme la pierna con una dedicación estajanovista. Inmediatamente después, tumbado en una camilla estrecha de la que me colgaban los pies, me llevaron al quirófano. ¡Cómo se agradece la amabilidad en estos trances! ¡Y con cuánta me encontré! ¡Con deciros que me trataron como si fuera un adulto! Me explicaban lo que me hacían y por qué, se interesaban por mis reacciones y suspicacias y me invitaron a disfrutar, a través de un monitor que tenía delante, de las interioridades de mi rodilla, en la que el cirujano se entrometió con una cámara microscópica. Y así asistí, atónito, a mi propia artroscopia, en un ejercicio de teleintrospección que me parecía cargado de simbolismo. ¡Este es un mal vicio filosófico: uno no puede asistir en paz a ningún espectáculo sin ponerse a teorizar! (lo cual, obviamente no significa que lo teorizado tenga consistencia). El caso es que a las siete de la tarde ya estaba al cabo de la calle y clausuré el día cenando a la boloñesa (o sea, que lo que nos congregó fue Bolonia) en un restaurante del centro. Lo más curioso de todo es que al salir de la Clínica me dirigí a la recepción para ver si tenían algo así como una hoja de agradecimiento. Me parecía natural pensar que si en los hospitales tienen hojas de reclamaciones bien pueden disponer de hojas de agradecimiento y yo quería dejar constancia documental de lo magníficamente bien que me habían tratado. Sin embargo, tras recuperarse de su inicial sorpresa por lo –al parecer- insólito de mi demanda, la recepcionista me entregó un formulario con una encuesta. Fue éste el único gesto despersonalizado que recibí en la clínica.

La escuela que enseña

Artículo publicado en el diario ARA: Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba la escuela a la que me hubiera gustado ir. La pregunta es pe...