martes, 5 de diciembre de 2006

Fenomenología del yo


Die Sorge geht über den Fluß

Quien quiera que se el Hugo Chavez ese, no me gustan sus impúdicas confesiones de amor a Venezuela. Ortega decía que el amor es una alteración de la atención que nos convierte en transitoriamente imbéciles. Por eso desconfío de quienes tienen que publicitar su amor a los cuatro vientos, como esos que necesitan acudir a un programa de televisión para declarar ante el mundo su amor eterno. Si además esta declaración televisiva es permanente, ¿verdad, Chavez?, entonces de transitoriamente imbéciles, nada. En política el amor tiende a sustituir con facilidad la incapacidad para la prudencia, que es la virtud política fundamental. Además a diferencia de lo que ocurre con las amadas de carne y hueso, que uno no está dispuesto a compartir su amor con nadie, con la patria tan amada el amor ha de ser colectivo, para convertirse en entusiasmo (que es el opio del pueblo). Si alguien no ama a la patria tanto como tú y, sobre todo, de la misma manera que tú, es un traidor. ¡Pobre del que le de un desplante!

Y no sólo no me gustan, sino que me abochornan, las confesiones de amor más o menos veladas de cierta intelectualidad lustrosa europea hacia el chavismo. ¿Por qué demonios tantos intelectuales europeos de izquierda están dispuestos a apoyar para terceros países políticas nunca incluirían en los programas de los partidos en los que militan?

No me quiero extender. Sólo pretendía mostrar mi solidaridad con Subal y su Aliada. Tengan ustedes una muestra de afecto: Die Sorge geht über den Fluß, de Stefan Schädler (1989). Si hay algún comentario que hacer a esta partitura se lo dejo al sabio Espía de Mahler.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Un experimento

Resulta, amigos, que un periódico me ha pedido un artículo sobre el juego para dentro de un par de semanas. Se trata de un texto corto de 2.600 caracteres que se titulará "El placer de jugar". Normalmente suelo escribir un borrador, lo dejo descansar un par de días y lo corrijo después. Pero esta vez he pensado que podríamos ensayar una escritura conjunta. Así que pongo el borrador en vuestras manos y le hacéis las correcciones, críticas o sugerencias que consideréis oportuno. No os cortéis. Tampoco quiero engañaros: Me reservo la última palabra. Pero a ver qué ocurre. Prometo, en todo caso, que os tendré al corriente.


El placer de jugar

Los niños de tercer curso de la Escuela El Cim de Teià hacían una excursión por la montaña a principios de este mismo mes. El camino que seguían era bastante fácil pero en un momento dado descendía bruscamente entre matorrales y ramajes hacia una hondonada. Algunos niños bajaban con miedo, necesitando de la mano de la maestra, otros, seguros de sí mismos, competían envalentonados por ser los primeros. Diferenciándose de unos y otros, un grupo de cinco niños zigzagueaba entusiasmado por entre los troncos de los árboles. La maestra, al ver su cara de felicidad, les preguntó si les ocurría algo. “Es como estar dentro de un juego de la ‘play’”, le contestaron.

Comentando la anécdota, pensé que en mis tiempos yo bien pudiera haber dicho “es como estar en una película de indios”. En cualquier caso, no me costó reconocer en los tres grupos que me describió la maestra a los niños de mi infancia.

¿Es el juego un placer? No estoy nada seguro. O al menos me parece que tiene muy poco que ver con lo que normalmente se entiende por placer. Con frecuencia el juego es agotador y no es raro que sea peligroso. De ahí que con no es nada raro que los niños jueguen a espaldas de sus padres. Construir una cabaña entre las ramas de un árbol con maderas halladas en una casa abandonada y colchones cogidos de un vertedero, es un juego tan apasionante para los niños como inquietante para los padres. Y así tiene que ser.

El juego es para los niños lo que la aventura para los adultos. Se trata de una experiencia en la que desarrollamos una actividad que desearíamos que no se acabase nunca, a diferencia del trabajo, que es la actividad que se lleva a cabo contando lo que falta para la salida. Tanto es así que los esfuerzos invertidos en el trabajo los consumimos en el tiempo libre intentando proporcionarnos algo parecido al juego o la aventura.

“Cuando termines los deberes, podrás jugar un rato”, les decimos a nuestros hijos. “Al salir del trabajo, quedamos en tal sitio”, decimos los adultos.

Lo que caracteriza al juego y a la aventura es no se les exige nada más allá de la actividad en la que nos sumergimos. No hay un “para qué” del juego. Se juega porque jugando las preguntas utilitaristas que le dirigimos a la vida desaparecen. En el juego no hay rutina. Y cuando aparece, dejamos de jugar. Se acaba el juego.

En el juego nos reencontramos con una parte más leve de nosotros mismos y que a lo largo de la rutina cotidiana debe ser aparcada para mantenerse en alerta ante el cumplimiento inexorable del deber. Y así debe ser.

La vida cotidiana es una vida reglada por el reloj, sometida al imperio del tiempo y a las componendas con los otros. Por el contrario en el juego el tiempo, literalmente, pasa volando, se diluye. La acción adquiere tal protagonismo que todo lo que no entra en su campo visual se esfuma. La atención se concentra en una actividad absorvente.

Con frecuencia oigo a psicólogos o pedagogos justificar la importancia del juego. Es un mal síntoma. El juego no debería justificarse, es decir, no debería ser visto como instrumento de algo, como actividad al servicio de algo extrínseco al propio juego (el desarrollo psicológico, la sociabilidad, etc.). El juego es un milagro del que todos tenemos experiencia precisamente porque en él nos encontramos en el ámbito de lo absolutamente gratuito, de lo no utilitario, de lo que no sirve para nada, de lo completamente inútil.

Pues a mi me gustaban (y mucho)

domingo, 3 de diciembre de 2006

El sinsentido

I

Vengo de ver Grbavica, la conmovedora película de Jasmila Zbanic. Hablaba con mi mujer, de vuelta a casa, de que las guerras no las pierden los países, sino las personas y, más unas que otras, porque los listillos siempre encuentran la ocasión para medrar en medio de la desolación colectiva. Algunos llevan la huella de la pérdida durante generaciones. Dice Nietzsche por algún sitio que una filosofía que se interrogue por el sentido de la vida lleva en esa misma interrogación su impugnación. Así que dejemos a la vida sin sentido. ¿Pero tanto sinsentido?

II

Ser hombre es estar en disposición de abrazar con entusiasmo el sinsentido.

III

El primero de enero de 1854 David Livingstone, tras durísimas jornadas por el corazón de África, alcanzó el paso de los Mambaris, donde esperaba encontrar inéditas maravillas que lo recompensaran de los agotadores esfuerzos de su aventura. Pero sólo halló un fragmento de acero de una cadena de reloj, posiblemente fabricado en su propia patria. No escribió sus sentimientos. Se limita a contarnos que a eso de las once entró en la aldea Chikondo, situada en las orillas del Loncoyé, y que regaló a las mujeres del jefe manteca para que se ungieran la cabeza y los pies y que después pasó al país de la reina Pyemoena, quien confundió su cabellera rubia de inglés bien nutrido con la melena de un león.

IV

Cuando J.H. Speke relató su descubrimiento de las fuentes del Nilo comenzó recordando sus esfuerzos que “fueron recompensados con creces”. Sin embargo un poco más adelante matiza: “Aunque era bellísimo aquel paisaje no resultó exactamente lo que había esperado

V

Cuando Gregorio Luri volvió a casa después de haber visto Grbavica, la azorante película de Jasmila Zbanic, dejó constancia de ello en su blog y se volvió a sus quehaceres, porque había dejado por la mitad del último capítulo el libro que estaba leyendo: “Du principe de contradiction chez Aristote”, de Jan Lukasiewicz.

Sobre a arte de ler

Estaba paseando por el acogedor jardín botánico de Valencia cuando me ha llegado la prueba de la traducción al portugués de este libro. La v...