Espectable señor y magnífico caballero:Si os paresce que respondo a vuestras letras tarde, echad la culpa a Palomeque, vuestro criado, que es cojo, y el caballo que le distes es manco y el camino es largo y el invierno es recio y yo también estoy siempre ocupado, aunque de mis ocupaciones he sacado poco provecho. A lo que sospecho, si ese vuestro criado tardó en llegar acá y tardó en tornar allá, fue la causa el ser en el camino enamorado; y si esto es así, ya, señor, podéis pensar cuánto querrá él más cumplir con el amor que le arde en el pecho, que no con las cartas que trae en el seno. Si me queréis creer, a hombres enamorados nunca cometeréis vuestros negocios, porque su oficio no es ocuparse en negocios, ni escrebir cartas, sino de aguardar esquinas, tañer guitarras, escalar paredes y ojear ventanas.
martes, 7 de noviembre de 2006
El oficio del hombre enamorado
lunes, 6 de noviembre de 2006
Trencacloscán, el nuevo País de Nunca Jamás
domingo, 5 de noviembre de 2006
Memorias de un hombre con alzheimer III
En un extremo de la barra –recuerda vagamente el hombre con alzheimer-, bebiendo dos coca-colas y comiendo cacahuetes, dos mujeres de algo más de treinta años.
- Le había aguantado ya demasiadas cosas.
- Yo nunca te he querido decir nada, porque no pensaras que me metía donde no me llamaban, pero no sé cómo has podido aguantar tanto tiempo.
- Por mi, le dije, como si te quieres meter el taladro por el ombligo.
- ¿No me digas?
- ¡Y más ancha que pancha, me quedé! ¡No soportaba que me mirase con caras que ya no podía entender!
- ¿Y qué te contestó?
- Que no me iba a dar el gustazo. Y se fue dando un portazo. Como si eso me impresionase a mí.
- ¿Y después?
- Me di un baño y me puse a rezar para que llamara un hombre a la puerta, cualquier hombre, para tirármelo bien tirado.
- ¿Me estás hablando de verdad?
- ¡Y tanto! Llené la bañera de sales y vacié medio bote de gel. No hay nada como el agua bien caliente y espuma, mucha espuma de baño para recuperar la sangre fría. Y cuando estaba en lo mejor, suena el timbre.
- Ay, ay ay...
- Por pocas me mato al ponerme el albornoz a todo correr. Pero ¿sabes quién era?
- ¿Cómo voy a saberlo?
- El.
- ¿El?
- El mismo. ¡Y qué cara!
- ¿Qué quería ahora?
- Recoger la ropa que se había dejado en el cesto de la ropa sucia. ¿Es eso normal?
- ¿Y qué es normal tratando de hombres?
- En eso llevas razón.
camino soltando pájaros.
Todo cuanto toco está en mí
y he perdido todo límite.
sábado, 4 de noviembre de 2006
La CIA como mecenas
Antes de seguir adelante quiero dejar clara una monstruosa incorrección política: Me parece que
Probablemente en la CIA a más de uno se le revolvería el estómago estético al defender el arte por el arte o la autonomía del artista. Pero en lo que a mi respecta, contemplo con mucha más pasión ese arte que, por ejemplo, los bloques pétreos de realismo socialista que convierten los hermosos parques de Sofia, la capital de Bulgaria, en campos de concentración estética. Vaya, que me alegro del triunfo del expresionismo abstracto.
La CIA, pues, sabía lo que se hacía al promocionar el “Free Enterprise Painting” y Pollock también al poner a una de sus obras este preciso título. Entre los representantes del
Los detalles de esta operación cultural pueden encontrarse en el libro de Frances Stonor Saunders,
El gran instrumento de difusión del expresionismo abstracto fue el llamado “Congress for Cultural Freedom”, del que algún día tendremos que hablar despacio, porque fue decisivo en la lucha gramsciana por la hegemonía cultural entre bloques de los años
A imitación de Commentary se creó en 1978 en Francia Commentaire, con el impulso de Raymond Aron y otros intelectuales franceses.
viernes, 3 de noviembre de 2006
Memorias de un hombre con alzheimer II
Una vez, a aquel que era entonces el hombre que ahora tiene alzheimer, lo invitaron a una cena pantagruélica. El anfitrión era un amigo que al fin se había librado por completo de su suegra, una alimaña, una tipeja insoportable, criticona, pendenciera y perdonavidas que le controlaba meticulosamente hasta las manchas de su rompa interior. Y que cada vez que hacia las camas se pasaba media hora poniendo las sábanas al trasluz a ver qué. Pero en fin, la biología es la biología y caritativamente se la quitó de encima. Aquel amigo se sintió libre en su casa por primera vez. Y hubiera sido hasta feliz si no hubiese sido porque a su mujer no se le ocurrió nada mejor que incinerar a la difunta y exponer sus cenizas, en una urna de bronce que le costó un dineral, en el cuarto de estar, entre los candelabros de plata. Voy a tirar por lo recto y os ahorraré detalles. El caso es que, finalmente, la cosa se resolvió de la manera más insospechada. Su mujer se fue con un francés que era representante de una famosa empresa textil catalana. Pero se fue dejándole la urna. El amigo del que os hablo esperó un par de meses y, finalmente, imaginando que ya no le reclamaría las cenizas, las tiró en el vertedero del Garraf. La urna se la trajo a casa, pensando que podía sacar por ella algún dinero. Pasó un mes y recibió una llamada de su mujer pidiéndole, por favor, las cenizas de su madre. Entonces tuvo la brillante idea de invitarnos a todos los amigos a la cena pantagruélica a la que me he referido antes. Tras los postres, sacó tres cajas de montecristos, un extraordinario surtido de licores y la urna, que puso en el centro de la mesa y que se fue llenando poco a poco a lo largo de la sobremesa con las cenizas de los puros. Dos días después, tras haber conseguido darles la apariencia adecuada, se las envió a su mujer.
jueves, 2 de noviembre de 2006
No tomarás el nombre de Cataluña en vano
O sea, que si cogemos 10 ciudadanos de Cataluña que sean perfectamente representativos del conjunto, 4, simplemente, pasan de votar. Por los motivos que sea, que ahora no importan. De los restantes, 1,9 es de CiU; 1,6 del PSC; 0,9 de ERC; 0,7 del PP; 0,6 de ICV y el 0,2 dels C. Ya os advierto que estoy haciendo la cuenta de la vieja, pero es suficiente para hacernos una idea de por dónde van las cosas. Y es que llevo todo el día imaginándome que estos 10 ciudadanos se encuentran casualmente en El Café de Ocata. ¿Quién de ellos tendría la desfachatez de hablar en nombre de los catalanes o de erigirse en portavoz de Cataluña? Quienes, democráticamente, podrían formar el partido mayoritario, el de la abstención, se abstienen de hacerlo, así que descartamos a los abstencionistas como portavoces de nadie. Pero, evidentemente, tampoco quieren que nadie se erija en su portavoz. Por eso se han abstenido. ¿O no? ¿Y del resto? ¿No deberíamos someter a una sonora rechifla a quien se atreviera a tomar el nombre de Cataluña en vano? Cada vez que oigamos a alguno de ellos sacando pecho le deberíamos preguntar a ver si es el del 1,6, el del 0,7 o quién.
Viéndolos (imaginariamente) reunidos en El Café de Ocata, me pregunto ingenuamente: ¿A qué viene tanto griterío de salvapatrias?
Memorias de un hombre con alzheimer I
Huyendo del remanso trivial de la sala de profesores, solía refugiarse en el Dulcinea, al amparo de una copa de coñac caliente y al acecho de alguna conversación con palabras nuevas. Un miércoles de principios de junio se encontró con una mujer a la que había admirado algunos años atrás, pero en el intervalo había envejecido mucho más de lo esperado. Ella se le acercó, dicharachera como siempre, y comenzó a contarle que era feliz porque al fin se había separado de un marido que se había pasado los últimos diez años de su vida en común incrustado en un sofá, frente a la tele y adherido a la prótesis del mando a distancia. Pero su felicidad -y esto lo resaltó con especial énfasis- no había coincidido exactamente con la separación. Ésta le había proporcionado libertad, pero no felicidad. Ni tan siquiera una mayor tranquilidad. La casa de repente era demasiado grande y en exceso silenciosa, con la tele apagada, y no podía pegar ojo, tan sola en la cama. Hasta que decidió hacerle un sitio a Tadj, su perro afgano. A su lado, estirado, ocupaba el espacio de un hombre. Ahora, cuando se despertaba intranquila a media noche, al sentir sus ronquidos, tan humanos, se tranquilizaba. Estiraba la mano, sin abrir los ojos, tocaba las costillas de Tadj, sentía el flujo y el reflujo de su respiración y podía dormir a pierna suelta hasta las nueve o las diez de la mañana. Él no sabía qué cara poner mientras la oía desgranar los detalles de su historia. Ni dónde poner los brazos. No se atrevía a mirarle a los ojos y le parecía descortés mirar para otro sitio. Cuando al fin pudo librarse de ella, recordó unas palabras de su amigo Medo: Sólo los fuertes saben contar, porque han domesticado la lógica y la hacen saltar a su antojo por el aro encendido de sus caprichos. Pagó el coñac y salió con prisas del Dulcinea. Llegaba tarde a clase.
Sobre a arte de ler
Estaba paseando por el acogedor jardín botánico de Valencia cuando me ha llegado la prueba de la traducción al portugués de este libro. La v...

