martes, 7 de marzo de 2017

La posverdad

Ingenuo de mi, creía que eso de la "posverdad" era cosa de Rorty y de los constructivistas, para quienes la verdad es una construcción o, como día Ortega, una perspectiva. Pero resulta que es un insulto que dedicamos a Trump y, de esta manera, la posverdad se afirma a sí misma.

Nuestro Saavedra Fajardo que como buen diplomático algo sabía del uso político de la verdad, dejó escrito en su República literaria: "Todo el estudio de los políticos se emplea en cubrirle el rostro a la mentira y que parezca verdad, disimulando el engaño y disfrazar los designios."

Para no remontarnos hasta Platón tras el rastro histórico de la posverdad, vayamos a Inglaterra, donde en 1712 se anunció la aparición de un tratado en dos volúmenes sobre el Arte de la mentira política” o "pseudología politiké", que trataría del arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables con visas a un buen fin. Su autor era -hubiera sido, de haberse realizado el proyecto- el escocés John Arbuthnot, médico de la reina Ana y buen amigo de Jonathan Swift, quien escribió en The Examiner: “Se nos dice ahí que el Diablo es el padre de las mentiras, y que fue un mentiroso desde el principio; de suerte que, sin lugar a dudas, la mentira es antigua y, es más, surgió por primera vez como mentira política.”

Y ya que estamos en estas cosas, recojo lo que cuenta Quintano en su columna de hoy:
Merendando una tarde en una finca de El Puerto, después de una cacería de perdices como las de Cebrián, contó Franco un “sucedido” recogido con gracia gaditana por Pemán. Con ese arte español de tocar los pitones para comprobar la embestida del toro, alguien sacó a colación el famoso dicho de Jean Louis de Lolme con que los ingleses del XVIII exaltaban la omnipotencia de su parlamentarismo: “El Parlamento británico puede hacerlo todo menos convertir un hombre en mujer o viceversa”.
 –Pues yo he podido –dijo Franco. Y contó el caso de la cantinera, “una chica listísima y bastante mona”, que hubo en el Tercio. Un día salió una orden que prohibía llevar ninguna mujer en las marchas de tropa. Entonces él anotó en el parte ordinario: “Sienta plaza en esta Bandera el legionario Pedro Pérez”. Y así siguió la cosa hasta que, al año, la chica volvió de un permiso con novio y fecha de boda

La fe política

En El Subjetivo