miércoles, 28 de noviembre de 2012

Depuraciones y memoria histórica


Nos molestan profundamente las depuraciones franquistas de maestros republicanos por razones ideológicas. Y está muy bien que sea así.

Pero...

... si resulta que las asociaciones que defienden la memoria histórica sólo se acuerdan de los depurados del franquismo, están actuando, de hecho, como tribunales ideológicos y, por lo tanto, están condenando a no pocos represaliados a la desmemoria histórica por estrictas razones ideológicas.

Pienso en primer lugar en los docentes que fueron expulsados de sus centros por ser religiosos. Muchos fueron maltratados y en numerosas ocasiones, sádicamente asesinados. No sé cómo eran los centros de educación religiosos en el resto de España, pero en Cataluña muchos de ellos estaban practicando metodologías modernas. Había en Barcelona escuelas de monjas que usaban el método Montessori, por ejemplo.

Pero pienso también en todos aquellos que fueron acusados de desafección al régimen republicano. En ninguno de los dos bandos era suficiente con no ser culpable: uno podía ser condenado por no ser manifiestamente entusiasta del régimen vigente. ¡Cómo tendrían que estar las cosas para que el 22 de abril de 1937 desde Valencia, el ministro Manuel de Irujo se dirigiera al "conseller" de cultura de la Generalitat, Antoni Sbert, quejándose de la destitución arbitraria de numerosos maestros de la escuela pública!

Entre los maestros de las escuelas republicanas había de todo. Los hubo que hasta el último momento se ocuparon en cuerpo y alma de sus clases. Pero no faltaron los nombrados a dedo por su sindicato (especialmente en el caso de la CNT) sin tener ningún título. Los había -y no pocos- que no asistían a clase y se dedicaban a otros asuntos mientras le pagaban cuatro reales a un sustituto. Y no hemos de olvidarnos que -especialmente los maestros de las escuelas nacionales- continuaron estando durante la República muy mal pagados. "En la casa del maestro no ha entrado aún la revolución", se quejaba un docente anarquista en Solidaridad Obrera (5 de enero de 1937). Esa revolución que reivindicaba no era otra que la de no pasar hambre.  Otro escribía en el mismo diario (30 de diciembre de 1937): “El maestro de escuela no se ha redimido”. Todo el mundo le dirigía grandes palabras, pero de su bienestar material nadie parecía especialmente preocupado.

Olvidémonos ahora de los docentes que colaboraron con el SIM o con el NKVD.

Cuando el hambre apretó en la zona republicana, las autoridades recibieron muy bien las ayudas de los cuáqueros y de otras instituciones religiosas norteamericanas. Hay una fotografía de Robert Capa muy explícita al respecto. Es de noviembre del 38. Nos muestra a un grupo de niños sentados en el patio del Grupo Escolar Dolors Monserdà, de Sarrià, a los que reparten un vaso de leche y un mendrugo de pan. Al fondo se ve la Torre Sagnier de la calle Anglí, que era la sede de los Amigos Cuáqueros que, bien en sus propias cantinas o bien por medio del servicio que ofrecían en escuelas, colonias y centros de refugiados, distribuían leche, pan y cereales a miles de niños.

Me voy a Jaén