lunes, 29 de octubre de 2012

Los viejos o los exiliados

"-Habla usted de los viejos como si fueran cafres o esquiroles -le dicen a Lucy Tantamount, muchacha ultramoderna, en una novela de Huxley.
-¿Y qué? ¿Es que no lo son? -contesta Lucy-. Muy inteligentes a su modo, pero es imposible entenderse con ellos porque no pertenecen a nuestra civilización y vienen a ser como una especie de extranjeros"

Esto lo cuenta irónicamente Julio Camba en su Haciendo de República, y os lo transmito yo melancólicamente, con la cabeza gacha, inclinado ante la evidencia. Envejecer es exiliarse.


1 comentario:

  1. "Has tomado posesión de la ciudad. Y una desconocida sed de medineo te empuja a la endeble aventura de recorrer tus dominios para despedirte de ellos, porque sabes que nunca más vas a estar en la misma disposición de ánimo que ahora mismo, ni tan solo, posiblemente. Pura pose más, por supuesto. ¿Cuánto tardarás en cansarte de tu vagabundeo de privilegiado? Tu vida no ha tenido marco, fantasmón. ¿La ciudad? Es topos, sí, pero tú jamás excavaste en ella tu madriguera. Sí, sí, tu juventud está hecha de calles y de cafés, todos de mala muerte, ¡a ver si no!, pero la erosión especulativa y tu vocación anacoreta han conseguido que te muevas ahora por ella como un recién llegado: sin conocer nada, sorprendiéndote de todo.
    Rara vez, aquí o allá, una fachada, un comercio ruinoso o algún indolente caserón reacio a la restauración te recuerdan que sigues viviendo en la misma Barcelona de tus años mozos. Como buenos enemigos de opereta, os habéis dado la espalda mutuamente, y ya no puedes ni debes quejarte. Tú creíste crecer hacia dentro; ella se hizo una agresiva cirugía estética. No es de ahora, torpón, que tengas la sensación de que te hayan desterrado.
    Durante muchos años, ¿diez, quince, veinte?, tuviste la sensación de que la ciudad te pertenecía, que había sido creada para ti, que eras su rey sin mando; todas las calles te rendían vasallaje. El ritmo de la ciudad era el ritmo de tu corazón. Un mal día, de repente, ¿hace diez, cinco, tres años?, percibiste que habías sido despojado de tu dominio ficticio. Tus primeros alumnos -¡ay, esa fijación!- te habían destronado. Por primera vez te diste cuenta de que envejecías. La realidad seguía sin ti, como siempre lo ha hecho.
    Extramuros de la gran ciudadela, eras ya el residuo que eres hoy, ahora, aunque inconsciente de ello. Ponlo en términos de fuerza, si te consuela, o de deseo ciego. ¿Y te lamentarás de que el peso vivo de las generaciones pujantes desaloje el agua muerta de las claudicantes? Por supuesto que es incómodo que te den la patada cuando aún crees que te faltan un par de líneas de tu papel por decir; pero, visto lo visto, y decidido lo decidido, ¿a qué viene el planto? Flojeas de remos, morlaco, flojeas."

    Dimas Mas. La derrota del persa.

    ¡Caramba con la coincidencia! Sea desde la reflexión, sea desde la ficción, está claro que a los sesentones quieren darnos puerta. Yo siempre me remito a san Isidoro y su clasificación de las cinco edades del ser humano. ¡Anima tanto saber que, tras la tercera, aún nos saludan dos más desde el horizonte!

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